PREFACIO A LA EDICION ESPAÑOLA
Los diez años transcurridos desde la publicación de la edición francesa de este trabajo no parecen haber desvirtuado sus conclusiones ni el método seguido en su elaboración. Permítasenos incluso afirmar lo contrario. La historia del partido comunista (bolchevique) de la Unión Soviética constituye sin lugar a dudas uno de los datos clave para la comprensión del mundo contemporáneo pero muchas de las explicaciones ofrecidas a este respecto desde hace medio siglo chocan contra una serie de puertas cerradas a piedra y lodo, y ello cuando no se pierden en los tortuosos laberintos de la razón de estado, caminos estos igualmente cerrados por barreras no menos infranqueables.
El pasado debe servirnos para comprender e interpretar el presente y esta convicción es la que nos ha sugerido la necesidad de lleva a cabo un balance para nuestros lectores españoles con ocasión de esta nuestra primera edición de «El Partido Bolchevique» en lengua castellana.
Los acontecimientos que, desde hace diez años han venido desarrollándose en la Unión Soviética y en los demás países del Este, constituyen una especie reveladora de la validez de los análisis que con anterioridad han sido llevados a cabo a su respecto. E1 estallido a plena luz del día del conflicto entre los partidos comunistas de China y Rusia, las consecuencias de lo que en China ha dado en llamarse la «revolución cultural», las polémicas e incluso las crisis que se producen en el seno de los partidos comunistas de todo el mundo. grandes o pequeños, legales o clandestinos, ya ocupen el poder o se encuentren en la oposición, resultaban hasta cierto punto previsibles para todo aquel que en su análisis histórico hubiese empleado un método científico. Probablemente el lector de la primera edición de nuestra obra no se habrá visto sorprendido ni por la crisis interna del partido comunista checo, y su decisión de enero de 1968 de inaugurar una etapa de reformas en profundidad ni por el movimiento de los estudiantes, los obreros y los intelectuales, que se lanzaban a la brecha abierta desde la cúspide del partido, ni tampoco por la intervención armada del 21 de agosto de 1968 que sancionó, en contra de la manifiesta voluntad del pueblo, la vuelta a un cierto orden que en honor de la ocasión recibió el apelativo de ”normalización”. Igualmente previsible era la espontánea revuelta de los obreros de los astilleros de Gdansk y de Szczecin en diciembre de 1970, y el papel asumido en ella por los comités de huelga transformados en verdaderos soviets que trataron de igual a igual a los organismos oficiales del partido y el Estado. Y es que el conocimiento y la comprensión de los mecanismos de la historia pretérita iluminan las fuerzas que se enfrentan hoy, pone de relieve la continuidad o bien la resurrección de unas tradiciones profundas o de unas corrientes reprimidas durante largos años, disimuladas tal vez por la utilización de un mismo 1éxico o por las continuas referencias a una ideología común al menos en lo que a los principios se refiere.
En resumen, en nuestra opinión, este trabajo, publicado en 1962, constituye un instrumento que permite comprender la crisis por la que atraviesan en nuestros días los partidos y Estados que se autodenominan socialistas y usufructúan de un modo u otro la experiencia de la Unión Soviética, y opinamos así porque continuamente se hace referencia en sus páginas a la acción de unas fuerzas y de unas presiones sociales que nunca ha n desaparecido por completo y que siguen constituyendo la estructura, contradictoria a veces, de tales partidos y Estados. Cualquier tipo de explicación global, ya se refiera al “marxismo-leninismo” concebido como un dogma o bien a su naturaleza «totalitaria» o «dictatorial», resulta de todo punto inoperante a este respecto, es decir, en cuanto concierne a las realidades contemporáneas de crisis, desgarramiento, antagonismos y conflictos en el propio seno del sistema. Incluso la versión que durante varios años defendió el llorado Isaac Deustcher, aquella que se refería a la posibilidad de una «reforma desde arriba», avalada durante cierto tiempo por la experiencia jrushoviana, revela plenamente en la actualidad su impotencia, .a la hora de interpretar una crisis que se traduce en una serie de conflictos de carácter puramente revolucionario. De hecho, el tema que aquí se aborda es tal vez el másdifícil que puede plantearse la Historia contemporánea. En efecto, sobre esta cuestión, nadie puede alardear de neutralidad y el historiador puede hacerlo tan poco como el político o el periodista-, todo autor, todo lector, expresan, consciente o inconscientemente, una serie de apriorismos hostiles o favorables que no son sino los reflejos de una concepción del mundo que no se siente obligada a tener en cuenta el imperio de los datos objetivos o la constelación de rigurosas exigencias que se imponen al trabajo del historiador. Por otra parte, los acontecimientos cotidianos y 1o que éstos ponen en juego, contribuyen, en tales cuestiones, a falsear los datos básicos de la propia labor historiadora, aunque sólo fuese por su contribución, directa o indirectamente, a la deformación, falsificación, sustracción o supresión de los documentos que integran su insustituible materia prima.
A este respecto resulta además altamente significativo el hecho de que la trama básica de condiciones de investigación acerca de la Unión Soviética, desde la revolución de octubre de 1917 hasta nuestros días, tanto desde el punto de vista de la ubicación de documentos como desde el de la mera historiografía, se articule de forma perfectamente natural en torno a las .fechas que suponen decisivos virajes en la historia política del país. Así, 1924 supone la muerte de Lenin pero también el enunciado de las premisas de lo que sería dictadura estaliniana y 1956 marca el principio de la denuncia del «culto a la personalidad» de Stalin a cargo de sus lugartenientes de ayer convertidos en sus sucesores.
Después de la revolución, los primeros años del nuevo régimen presenciaron un enorme esfuerzo dirigido hacia la publicación de los materiales de la historia para la Historia, panfletos y artículos, actas y documentos oficiales, memorias y recuerdos, encuestas, antologías de artículos o de discursos fueron así dados a la luz en una actividad cuya única limitación fue la mediocridad de los medios materiales disponibles y las imperiosas presiones primero de la guerra civil y más tarde de la reconstrucción económica. No obstante esta abundancia, de incalculable valor para la investigación histórica y la reflexión política , fue tristemente efímera. A partir de 1924, la política cotidiana de los dirigentes domina directamente no sólo la elaboración del propio proceso histórico sino también la mera publicación o al menos la disponibilidad de los documentos más elementales. A partir de su tercera edición, las obras completas de Lenin aparecen mutiladas de todas aquellas frases que podían ser interpretadas como una premonitoria condena de la política de sus sucesores, mientras que la mayor parte de su correspondencia es ocultada a los investigadores y, naturalmente, al público en general. Las obras de los autores que han sido anatemizados en el terreno político como Trotsky, Bujarin, Ziníviev y muchos más son retiradas de la circulación y su impresión queda terminantemente prohibida, mas no se detiene en este punto la represión cultural contra los vencidos, también las obras menos importantes, aquellas que se limitan a mencionar a estos hombres, dando una visión justa del papel desempeñado realmente por ellos en la fundación del nuevo régimen, son objeto de idéntico tratamiento. La conclusión para el estudio es que todo documento proveniente de la Unión Soviética debe ser objeto de un examen cuidadoso no ya en función de su contenido sino con vistas a la fecha de su publicación, resultante en casi todos los casos de un cálculo político basado en los intereses del momento y desprovisto de todo tipo de interés para la historia política.
En tales condiciones, este documento, al que es necesario aplicar la duda metódica por principio, pierde toda significación por sí mismo convirtiéndose en un mero indicio de un trasfondo que permanece inaccesible. El trabajo de investigación se torna entonces punto menos que imposible. La situación se hace todavía más grave a partir de 1930; durante todo el periodo posterior a esta fecha los documentos oficiales de la U.R.S.S. son prácticamente inutilizables en su totalidad. Por esta época se produce, como buena prueba de lo dicho, la somera condena de que Stalin hace objeto al historiador Slutsky, que se suicidó tras de su expulsión del partido, con el siguiente somero veredicto que convierte de paso a la historia en un menester impracticable: «¡Sólo los burócratas incurables y las ratas de biblioteca pueden fiarse de unos documentos que no son más que papel!» Esta es la tónica general hasta 1956.
Sin embargo, el historiador dispone de algunas fuentes documentales. Para el periodo que va de 1917 hasta 1939 cuenta con los importantes archivos de León Trotsky que fueron depositados en Amsterdam y Harvard tras su expulsión de la Unión Soviética; se trata de una serie de documentos, densos y continuos hasta 1928, que empiezan a serlo menos posteriormente; no obstante, 1a mayor parte de la correspondencia está vedada a la investigación hasta 1980. Los documentos más esenciales de estos archivos han sido reproducidos en las principales obras de Trotsky y en la prensa «trotskista» internacional. Hasta 1939, el historiador podía contar además con otros datos de valor: los aportados en los escritos de Victor Serge, si bien estas informaciones debían ser contrastadas cuidadosamente pues el escritor había reproducido sus informaciones de memoria al haberle sido incautados sus archivos en Moscú, y las memorias del veterano comunista yugoslavo Anton Ciliga, que consiguió escapar de un campo de concentración donde tuvo ocasión de recoger un sinnúmero de confidencias personales y de interpretaciones de los grandes acontecimientos de la historia de la U.R..S.S.. Asimismo, el estudioso puede contar con las informaciones vertidas en las publicaciones mencheviques como CourrierSocialiste del historiador Boris Nikolayevsky, al que debemos la publicación de la misteriosa «Carta de un viejo bolchevique», repleta de informaciones inéditas sobre el período anterior e inmediatamente posterior al asesinato de Kirov.
A partir de 1945 el investigador ya no dispone de fuentes como estas, perfectamente utilizables a pesar del compromiso político de sus detentadores o autores. El lugar ocupado por estos testimonios de los grandes protagonistas queda ocupado por un verdadera avalancha de relatos, memorias, e informes que emanan en general de «personas desplazadas», es decir de una serie de ciudadanos soviéticos que se negaron a ser repatriados a su país de origen al finalizar la guerra. La materia de análisis es pues abundante, excesiva incluso puesto que su origen la hace sospechosa en la generalidad de los casos. En efecto, los testimonios directos son elaborados a posteriori y las encuestas son realizadas por una serie de especialistas de la acción psicológica, cuya preocupación fundamental no es, sin duda, la consecución. de la verdad histórica. Al propio tiempo se crea una verdadera «industria» de supuestas memorias susceptibles de convertirse, merced a la acción de unos falsificadores habilidosos, en una pingüe fuente de ingresos: a este respecto podríamos evocar la aventura de un gran especialista anglosajón en historia soviética que sin duda no habrá olvidado todavía la confusión que le hizo tomar por auténticas ciertas falsas memorias de1 comisario del pueblo Maxim Litvinov. Por otra parte, de todo el conjunto de materiales recogido de esta forma, sólo se publican los documentos que se consideran rentables, es decir, vendibles, ya sea en el plano puramente comercial –lo sensacional como en el político el más burdo esquematismo. De todo el alud documental de la posguerra sólo puede citarse una excepción de gran importancia: los archivos de la organización del partido de la región de Smolensk, recogidos primero por el ejército alemán en 1941 y pasados en 1945 a las manos del ejército americano; en base a ellos, el historiador americano Merle Fainsod ha escrito un estudio que constituye una ventana abierta sobre los mecanismos del poder y de la vida cotidiana en la Unión Soviética sin precedentes para ningún otro país.
En cuanto a la historiografía, su destino parece coincidir de forma natural con el de los documentos. Hasta 1956 a partir la muerte de Lenin , la historiografía soviética no es sino la versión, manipulada por añadidura, de la historia del país conforme a lo que en todo momento quieren hacer creer sobre ella los dirigentes, se trata de una justificación de su política, la pasada o la actual, es decir, de una especie de artificio político policíaco opuesto objetivamente a la realidad. Sin duda, el investigador puede, con algún fruto, estudiar las diferentes versiones y comparar las sucesivas ediciones para tomar nota de las contradicciones y supresiones con el fin de ofrecer una interpretación política de la situación durante el período de la publicación,, pero eso es todo... Semejante quehacer sólo puede engendrar una serie de mitos, efímeros algunos y duraderos los más, carentes todos ellos de una verdadera ligazón con la realidad histórica y válidos únicamente a la hora de conocer las necesidades políticas de los hombres que detentaban el poder en la coyuntura de su elaboración.
Comparada con la historiografía soviética, la anglo sajona ilumina ampliamente la etapa que nos ocupa. Ciertamente dispone de muchos menos materiales de primera mano pero en cambio se beneficia de una gran flexibilidad en la organización de sus tareas. Durante los últimos años algunas universidades han comprado, pagando su peso en oro, todos los documentos a los que podían acceder, han alquilado los servicios de los más eminentes investigadores emigrados y formado valiosos equipo de trabajo. En general la información básica que sustentan las obras de estos historiadores es de una solidez a toda prueba y aun en nuestros días es considerada como un caudal enormemente valioso por el propio investigador o estudiante soviético que no ha tenido este material a su disposición. No obstante, su interpretación de los hechos suele a menudo ser discutible, y ello en primer lugar porque los emigrados tienen una tendencia inevitable a escribir la historia dejándose guiar por su rencor, pero también porque dan prueba en ciertas ocasiones de una cierta sensibilidad a las exigencias de la competencia en el mercado, que les suele llevar a ciertos excesos de audacia en la interpretación y a una serie de afirmaciones perentorias en lo referente a algunas cuestiones susceptibles tal vez de una mayor prudencia y circunspección. Además, esta historiografía, como la anterior, responde casi siempre a una serie de objetivos que perturban su rigor científico en la medida misma en que se trata no ya de analizar una realidad histórica de difícil aprehensión, compleja y contradictoria, sino de justificar la superioridad de un sistema sobre otro o de sancionar la victoria de una ideología o de un bando; es esta pues, en definitiva, una concepción tan dogmática como la precedente y a manera de reverso de la misma medalla, tan estéril como ella, incluso cuando llega a unas conclusiones perfectamente utilizables cuando la honradez de ciertos historiadores les permite ofrecer, a falta de una autentica interpretación, los materiales fundamentales sobre los que tal interpretación debería basarse. Este es el caso sobre todo de la obra de Edward Hallett Carr, su monumental Historia de la Rusia Soviética, cuyos siete primeros volúmenes han sido publicados. ¿ Qué decir de la historiografía francesa sobre este tema durante los últimos años? En general destaca por su mediocridad como consecuencia de una prudente tradición en materia de investigación histórica que ha !venido prescindiendo sistemáticamente de los temas demasiado recientes o excesivamente polémicos; pero no es esta la única razón de estas limitaciones, pues también tiene una considerable influencia la prudencia comercial necesaria donde existe un poderoso partido comunista mantenedor de una determinada versión de la historia de la U. R. S. S. y del partido bolchevique.
Hasta aquí la tónica general de hace no demasiados años, pero los datos básicos del trabajo histórico se han visto brutalmente influidos por lo que ha dado en llamarse la «desestalinización,». Y ello no sólo por el número y la importancia de las «revelaciones» de Nikíta Jruschov y sus lugartenientes como se apresuró a vocear en sus titulares la prensa de todo el mundo. De hecho no hubo entonces ninguna verdadera revelación en el sentido estricto sino una serie de confirmaciones de gran importan cia ciertamente. A favor de este proceso se publicaron las Cartas de Lenin cuya existencia habla ya sido afirmada por Trotsky cuando el régimen de Stalin negaba que hubieran sido siquiera redactadas. De esta forma el texto de la «Carta al Congreso», conocida con el nombre de Testamento de Lenin, divulgada años antes en Occidente por el americano Max Eastman y confirmado en su autenticidad por Trotsky, en la actualidad ha sido sacado a la luz por los epígonos de Stalin. Asimismo las «rehabilitaciones» que empiezan a producirse a partir de 1956 ofrecen, por medio de las biografías de los personajes históricos a los que se refieren, un valioso cúmulo de datos a la historia económica, social y política e incluso a la puramente fáctica. Los discursos de Jruschov ante el XX y el XXII Congresos confirman y dan peso y consistencia a los análisis de Trotsky acerca de los orígenes del terror de la década de los treinta así como a la hipótesis, formulada desde 1935 por él, de que la pista dejada por los asesinos de Kirov conducía directamente a Stalin y a su camarilla cuando este crimen había sido ya imputado a los «trotskistas», desencadenando una tremenda ola de persecuciones. A su vez, un articulo de Iván Shumián, publicado con ocasión del XXX aniversario del XVII Congreso, ha confirmado rotundamente que por entonces se produjo en la cúspide del partido una conspiración cuyo objetivo era instalar a Kirov en el lugar de Stalin, corroborando pues, en lo más esencial, lo que ya habla afirmado la famosa «Carta de un viejo bolchevique» muchos años antes. El fin de las represalias contra las familias ha permitido que se desvelasen igualmente algunos secretos: por ejemplo, Nikolayevsky, sin poner en peligro a los supervivientes de la familia de Bujarin, ha podido revelar en las páginas del Courrier Socíaliste que había sido él mismo quien había redactado la «Carta» basándose para ello en las informaciones que le había dado Bujarin personalmente durante una estancia en París.
No obstante, esta revolución en materia documental apenas si ha tenido fruto en la propia U.R.S.S. quedando tan limitada la «revolución historiográfica» como la propia «desestalinización», tras algunos efímeros intentos prohibidos casi inmediatamente como el del historiador Burázhalov que intentó precisar el papel verdaderamente desempeñado por Stalin en 1917. El balance de esta escaramuza resalta en sus grandes líneas la pobreza persistente: sustitución de nuevas versiones que siguen siendo parciales y carecen de una reelaboración del contexto histórico en su conjunto, nuevas supresiones de hombres y de hechos que hacen de la trama general algo incomprensible –pues la «eliminación» de Stalin es tan absurda como la de Trotsky- ; desprecio de unos documentos que se consideran «des/asados» por el mero hecho de ser antiguos, persistencia de mutilaciones, cortes y falsificaciones inclusive, una vez más, en las propias obras de Lenin, mantenimiento de archivos cerrados, negativa a la publicación de todo tipo de memorias o trabajos históricos que se consideren susceptibles de adquirir nuevas resonancias en el momento presente o de nutrir intelectualmente a una oposición al régimen. El resultado de todas estas restricciones es la circulación bajo cuerda, en forma de samizdat, de abundante literatura histórica que, al traspasar las fronteras resulta en definitiva mejor conocida por los extranjeros que por los propios soviéticos, como lo prueba, por no dar más que un ejemplo, el éxito obtenido en Occidente por la obra de Roy Medvedev, auténtica «summa» acerca de El Estalinismo, que todavía no ha sido publicada en el país donde fue escrita.
En consecuencia, ha sido la historiografía occidental la que ha recogido todos los beneficios de la «desestalinización» es decir, de la relativa apertura de las fuentes documentales y de la fehaciente contrastación de unas fuentes que hasta la fecha han sido discutibles. Isaac Deutscher, al que apenas se conocía por su Stalin, obra en la que se esforzaba en justificar la presencia del dictador por la existencia de un «principio de necesidad» y en la que llegaba a sostener la tesis del «complot de los generales» de 1937, se hace sensible a las nuevas corrientes, .y se convierte en el insigne biógrafo de... Trotsky. Los autores anglo sajones como Schapiro, Robert V. Daniels y los franceses como Pierre Sorlin, Jean Jacques Marie, F. X. Coquin y Marc Ferro, en lo sucesivo dejan de vacilar en la consideración de determinados documentos de dudosa autenticidad hasta la fecha y pasan a utilizar todos aquellos de los que disponen, basando sobre ellos diferentes interpretaciones acordes con su s respectivas ideas políticas o filosóficas; es indiscutible que todos ellos han llevado a cabo una enorme aportación al fondo de nuestro conocimiento histórico precisamente en el momento en el que una moda novísima volvía a poner a disposición de los lectores los escritos protagonistas de la historia rusa del último medio siglo que durante mucho tiempo habían sido prácticamente inaccesibles.
Fue en el seno de estas nuevas condiciones decididamente favorables cuando decidimos emprender la tarea de escribir la historia del partido bolchevique: un estudio que considerase los hechos en todo su espesor, sus contradicciones, su luz y sus sombras, sus hechos ciertos y sus incertidumbres, la vida y la muerte de hombres y cosas y no ya una historia en blanco y negro de buenos y malos, con «hijos del pueblo» y «víboras lúbricas». Salvo en forma de alusión o de ilustración, nadie debe esperar encontrar aquí ese cliché que presenta a los bolcheviques como unos hombres con el cuchillo entre-los-dientes o con la no menos proverbial máscara de asesinos de niños, pero tampoco hallará el lector de estas páginas la versión que les presenta como un ejército de arcángeles infalibles e hiperlúcidos que todo lo habían previsto, que todo lo habían preparado, que eran capaces de realizarlo todo. No pensamos que ni el movimiento comunista, ni su organización ni sus partidos constituyen, dentro de la Historia, una privilegiada categoría que pueda escapar a sus leyes. No creemos que exista una esencia del «comunismo» y menos aún que ésta pueda ser «buena» o «mala». Muy al contrario, opinamos que el comunismo su partido y su Estado no son más que fenómenos humanos, nacidos en un contexto preciso que, a su vez les ha influido y modificado y que, como contrapartida, han recibido su influencia, modificándose a su vez ellos mismos por su influjo de manera profunda. De los partidos pensamos al igual que Valéry opinaba respecto de las civilizaciones que son mortales, que el partido de Lenin murió bajo Stalin y que tras la muerte de éste, no ha resucitado si bien aún puede renacer y erguirse ante la caricatura que lleva su nombre y, por último, que tendrá que luchar duramente si quiere sobrevivir...Tales afirmaciones parecen corroborarse con la crisis generalizada de los partidos comunistas, con el desconcierto que se trasluce tras los enfrentamientos ideológicos entre los diferentes partidos y en su propio seno, y con la serie de conflictos que se producen en el ámbito socialista con una ferocidad creciente: los «partidos» incluidos los partidos comunistas no son omnipotentes instrumentos de la Historia sino meros fenómenos históricos y, como tales, contingentes.
Así pues, al apartar cualquier tipo de prejuicio exterior al tema de nuestra investigación, lo que inevitablemente nos habría obligado a suprimir algunos hechos para hacer hincapié sobre otros, hemos tratado ante todo de reconstruir un movimiento histórico adoptando como punto de vista general la única hipótesis metodológica verdaderamente fecunda para un trabajo histórico, a saber, la de considerar el hecho tan obvio y tan olvidado de que nada estaba realmente «escrito» de antemano, que sin embargo, tal movimiento resultaba históricamente necesario y que el nacimiento del partido bolchevique no era ni un accidente ni un mero fruto del azar, pero también que su victoria o su derrota en 1917, su pleno y fecundo desarrollo o su posterior degeneración estaban en ambos casos hondamente arraigados en las realidades de la época. En otras palabras, hemos trabajado guiados por la certidumbre de que, tanto antes como después de 1917, en la Unión Soviética se enfrentaron una serie de fuerzas sociales, económicas y políticas, antagónicas y contradictorias , en un escenario común y casi siempre bajo un pabellón idéntico, dando como resultado una serie de conflictos cuya solución no estaba determinada de antemano.
A estas alturas resulta tal vez innecesario precisar que tal actitud por parte del historiador implica una gran dosis de simpatía por su tema, la comprensión, e incluso a veces el amor, por todos aquellos que intentan hacer o rehacer la historia, cambiando el mundo y la vida, llegando a compartir a posteriori su convicción de combatientes de que todo es posible y de que son los hombres los dueños de su propia historia a condición de que se dé en ellos la consciencia de que bien pudiera ocurrir que resultase una historia diferente de la que ellos habían querido.
Esta fue, esta es aún nuestra postura y, por ello queremos advertir a nuestros lectores: el historiador no es ni un censor ni un juez, simplemente trata de devolverle un hálito de vida al pasado humano y no de reconstruir unos mecanismos inhumanos. Mutilará la vida todo aquel que, en sus páginas, no deje arder la pasión, que consumió a otros hombres, florecer la esperanza o llorar la decepción, todo aquel que no siga creyendo, como el viejo bolchevique Preobrazhensky, hace tiempo asesinado por los suyos, que poco importa que perezca el sembrador con tal de que algún día la cosecha madure.
P. B.
Grenoble, 27 de noviembre de 1972
CAPÍTULO 1
RUSIA ANTES DE LA REVOLUCION
Durante los últimos años del siglo XIX y los primeros del XX, para el pequeño burgués francés, Rusia era el paraíso de los capitales «los empréstitos rusos», garantizados por el poder del autócrata, parecían inversiones tan seguras para los pequeños ahorradores como para los bancos de negocios. En la actualidad, sabemos hasta qué punto se incurría con ello en un grave error de apreciación, que sólo disimulaba parcialmente la posterior denuncia de la «mala fe» de los bolcheviques que, ciertamente, resultaron unos malos pagadores. Por otra parte la historia conformista y la gran prensa se han complacido desde entonces en subrayar episódicamente los vicios y las debilidades de la monarquía zarista: la evocación de la sombra de Rasputin, el pope curandero, el borracho tarado, la «bestia sensual y astuta», sirve así para explicar el derrumbamiento del «coloso de pies de barro» al que siempre suelen referirse los manuales de historia. . Estos puntos de vista tan tradicionalistas como rutinarios reflejan, no obstante, a su manera, el verdadero estado en que se encontraba Rusia antes de la Revolución, así como los rasgos profundamente contradictorios que la caracterizaban: Era un país inmenso, poblado por campesinos primitivos - esos mújiks tan parecidos a los villanos de nuestra Edad Media pero era también el campo de expansión de un capitalismo moderno y americanizado, que utilizaba un proletariado muy concentrado en las grandes fábricas. En el espacio ruso, las grandes fincas de la nobleza y las comunidades campesinas coexistían con los monopolios industriales y financieros, A este país de analfabetos pertenecía también una intelligentsia abierta a todas las corrientes del pensamiento y que ha dado al mundo algunos de sus más grandes escritores. A principiosdel siglo XX, Rusia era, por otra parte, el último reducto de la autocracia, convirtiéndose posteriormente en el primer campo de batalla victorioso de una revolución obrera.
Otro lugar común lo constituye la afirmación de que Rusia, intermediaria entre Europa y Asia en el mapa, lo es también por el carácter de todas sus estructuras. De hecho, su doble naturaleza europea y asiática se trasluce no sólo en la historia sino en la propia vida social rusa. La civilización rusa, nacida en las lindes del bosque de la zona templada, ha visto extenderse ante ella tiempos y espacios casi infinitos. Hasta, el siglo XX la clave de su historia parecía ser la lentitud de su evolución: se explica así lo atrasado de su economía, su primitiva estructura social y la mediocridad de su nivel cultural. En el siglo XIX es un mundo inmenso, tan rico en recursos como detenido en el tiempo, el que, durante la guerra de Crimea, se plantea por primera vez el parangón con la civilización occidental: el zar Alejandro II puede entonces, evaluar las debilidades de su imperio y comprender que la mera inercia es incapaz ya de depararle las gloriosas victorias con las que sueña. En este sentido, la evolución de Rusia durante el último siglo apenas difiere de la de los países atrasados, coloniales y semi coloniales o «sub desarrollados», como suele llamárseles en la actualidad. A principios de nuestro siglo, se enfrenta al mismo problema que preocupa en nuestros días a la mayoría de los estados africanos, asiáticos o sudamericanos; a saber, que la asimilación por sociedades más avanzadas provoca el desarrollo simultáneo de fenómenos cuya sucesión ha sido constatada anteriormente en diferentes circunstancias históricas y que, por una serie de combinaciones múltiples, suscita un ritmo de desarrollo e interrelaciones altamente originales. Esta es la ley que los marxistas -los únicos en haber dado una explicación científica a este proceso llamaron del «desarrollo combinado», que Trotsky definió como «la combinación de las diferentes etapas del camino, la confusión de distintas fases, la amalgama de las estructuras arcaicas con las más modernas»[1] y que, en definitiva, constituye la única explicación seria de la Revolución rusa. El antiguo régimen cedió así en pocos meses su lugar a un partido obrero y socialista; este último había sabido encabezar una revolución que, como lo afirma de nuevo Trotsky, asociaba «la guerra campesina, movimiento característico de los albores del desarrollo burgués, y el alzamiento proletario, el movimiento que señala el ocaso de la sociedad burguesa» [2].
Una economía atrasada
Rusia, hacia el final del siglo XIX su primer censo data de 1897- cuenta con 129 millones de habitantes. En 1914, tiene más de 160. La tasa de natalidad es de 48 por mil: durante dicho periodo su población aumenta en más de dos millones por año.
Ahora bien, el 87 %. de los rusos vive en el campo y el 81,5 %, está compuesto por agricultores. Cuando la población aumenta, las parcelas se hacen cada vez más pequeñas: en 1900 su superficie media es inferior en un 55% a la de 1861. El espacio cultivable es, pues, tan exiguo como en Europa. Por añadidura, dicho espacio se cultiva tan extensivamente como en América del Norte y con unos métodos mucho más rudimentarios. El campesino ruso utiliza unas técnicas agrícolas primitivas, en ninguna parte ha superado la rotación trienal de cultivos, privándose de esta forma de un espacio del que podría disponer; además, la presión demográfica le obliga gradualmente a practicar un cultivo continuo que, incluso a corto plazo, resulta completamente devastador. Su pobreza y la urgencia de las necesidades que le han inducido, por lo general, a renunciar a la ganadería, le privan al mismo tiempo del estiércol y de la fuerza de trabajo animal. Sus aperos, sobre todo el arado, son de madera. Los rendimientos agrícolas son bajísimos, equivalen a la cuarta parte de los rendimientos ingleses y a la mitad de los franceses; son sensiblemente comparables a los de la agricultura india. Entre 1861 y 1900, disminuyen una vez más entre un 60 y un 80 acrecentándose ininterrumpidamente el número de campesinos que no poseen caballerías. Durante el invierno de 1891 92, treinta millones de individuos se ven afectados por el hambre, sucumbiendo 100.000 personas en un área de 500.000 kilómetros cuadrados. Rusia tendría que haber importado entonces el trigo necesario para alimentar a una población cada vez mayor. Sin embargo, la voluntad de sus gobernantes pretende hacer de ella un país exportador. Los cereales, la mitad de cuya producción está constituida por el trigo, representan, junto con los productos alimenticios, el 50 % de sus exportaciones, y la mayor parte del resto, el 36 %, está constituido por materias primas. Las mismas razones que hacen de Rusia un país de economía agrícola atrasada, la someten a una fuerte dependencia del mercado mundial.
En el campo industrial, este fenómeno se presenta con idéntica nitidez. La tercera parte de las importaciones rusas está integrada por productos manufacturados que provienen de la industria occidental. La industria rusa, que nació en el siglo XVIII del empeño de «occidentalización» de los zares, empezó en seguida a estancarse como consecuencia del origen servil de la mano de obra. La «razón de estado» le dio un nuevo impulso en el siglo XIX. Las reformas sociales de Alejandro II le abrieron camino: liberada de la cadena de la servidumbre, la mano de obra campesina pudo, a partir de entonces, afluir a las empresas industriales, en las que el rendimiento del trabajo «libre» es infinitamente superior al del trabajo «servil». A pesar de la debilidad del mercado interior, que no consigue compensar un fuerte proteccionismo, se beneficia de la aportación de técnicos y capitales extranjeros, que exige, durante la última mitad del siglo, la construcción de vías de comunicación. Después de 1910, se beneficia de los pedidos masivos de armamento y, hasta cierto punto, de la extensión del mercado interior que suscita el desarrollo de las ciudades y de la vida urbana. En 1912, la industria rusa produce cuatro millones de toneladas de fundición, nueve millones de toneladas de petróleo, veinte mil toneladas de cobre y las nueve décimas partes del total mundia1 de platino. De hecho, esta industria, deseada, alentada, e incluso, en algunos aspectos, creada por el estado zarista, escapa por completo a su control: son sociedades inglesas las que manejan la extracción del platino y capitales franceses y belgas losque dominan (con más del 50%) el conjunto de las inversiones efectuadasen la industria del Donetz;; por otra parte, la electrotecnia se encuentra en manos de capitales alemanes En tales condiciones, el comercio exterior se halla forzosamente subordinado al mercado mundial, dependiendo en alto grado y directamente de los capitalistas e intermediarios extranjeros. Como lo afirma el profesor Porta «el capitalismo internacional en conjunto convertía a Rusia, forzando un poco los términos, en una especie de colonia económica» [3].
Una estructura social primitiva
La sociedad rusa anterior a la revolución está constituida fundamentalmente por los mujiks. Alejandro II los ha liberado de la servidumbre asignándoles parte de las tierras que cultivaban y que ahora deben comprar: la comunidad campesina, o Mir, debe supervisar la periódica redistribución de ellas para que quede garantizada su igualdad. Sin embargo , la presión demográfica disminuye su extensión. El impuesto que debe pagarse al zar y la anualidad necesaria para comprar la parcela pesan intensamente sobre la explotación agraria. En estas condiciones se encuentran aproximadamente cien millones de campesinos, que se reparten el 60 % de la superficie cultivable, perteneciendo el resto a la corona, a un pequeño sector de la burguesía urbana y, en su mayor parte, a la nobleza campesina. Tras haber defendido el mír como institución tradicional que garantiza el conservadurismo del mujik, el gobierno zarista decide «fragmentarlo» con las reformas de Stolypin: tres millones y medio de campesinos eran propietarios en 1,906, en 1.913 son ya cinco millones y sus tierras ocupan un sexto de la superficie total. Como la población no ha dejado de aumentar, el hambre de tierra no ha disminuido. Dada la situación de la técnica, se necesitan de seis a doce hectáreas para la estricta manutención de una familia campesina. Sin embargo, el 15% de los ..campesinos carecen por completo de tierra., el 20% posee menos de doce hectáreas y solo el 35 % posee terreno suficiente para asegurar su subsistencia. Teniendo en cuenta el pago debido a los usureros y las malas cosechas, de un 40 a un 50 % de las familias campesinas tienen ingresos inferiores a lo que puede entenderse como «mínimo vital». Por añadidura, suelen endeudarse por años al verse obligadas a vender su cosecha a los recios más bajos, dada su falta de reservas y dependen continuamente de un mal año o de un acreedor exigente. La minoría de campesinos acomodados, o ku1aks, no representa más del 12 % del total. Por último 140.000 familias nobles poseen la cuarta parte de las tierras. En los inicios del siglo XX, se observa una clara tendencia a la disminución de las propiedades nobiliarias, que, en la mayoría de los casos, redunda así siempre en beneficio del kulak, intermediario entre el propietario noble y los aparceros o braceros que contrata.
La inmensa mayoría, por lo menos un 80% de los campesinos son analfabetos, y la influencia de los sacerdotes rurales, de los popes mediocres, ignorantes y a veces deshonestos, se hace notar en la supervivencia del oscurantismo. Desde hace siglos, el mujik vive al borde mismo del hambre, sumido en una resignación supersticiosa: inclina su espalda humildemente y se siente infinitamente pequeño ante la omnipotencia de Dios y del Zar. No obstante, en ocasiones, el miedo y la humillación se transforman en cólera, de forma que la historia agraria rusa constituye una sucesión de alzamientos campesinos breves pero salvajes, todos ellos reprimidos ferozmente. A principios de siglo, la necesidad de tierra crece al mismo ritmo que el número de bocas que hay que alimentar. El mujik puede ignorar las propiedades de la aristocracia tanto menos cuanto que, a menudo, se ve obligado a trabajar en ellas: su lucha por la tierra será, por tanto, uno de los más poderosos motores de la revolución de 1917.
Las estadísticas que permiten evaluar el número de obreros son muy ambiguas, dado que una gran masa de hombres, tal vez de tres millones, oscila permanentemente entre el trabajo industrial y las labores campesinas. Se trata de una verdadera mano de obra flotante, que pasa años, o a veces solamente meses o semanas, trabajando en la ciudad, sin abandonar por ello el ámbito familiar y social campesino. Los obreros propiamente dichos son aproximadamente un millón y medio en 1900 y tres millones en 1912. Salvo, tal vez, en San Petersburgo, son muy escasos los que no son hijos de campesinos o no tienen ya parientes cercanos en el campo a los que deban ayudar o de los que recibir algún socorro cuando están parados. Por lo general se asemejan mucho a ellos por su nivel cultural y por su mentalidad; son analfabetos y supersticiosos y están sometidos a condiciones laborales sumamente duras. En la práctica, no se aplican las leyes que limitan la duración de la jornada de trabajo a once horas y media en 1897 y a diez horas en 1906. Los salarios son bajísimos, muy inferiores a los que se pagan en. Europa o en América. Suelen abonarse a menudo en especie, al menos en parte, proporcionando este sistema al patrón unos beneficios sustanciales y lo mismo ocurre con la generalización de las gravosas multas que castigan las faltas a la disciplina laboral y disminuyen los salarios como media en un 30 o 40 por 100. Sin embargo, tales proporciones varían mucho de una región a otra, e incluso de una ciudad a otra.
Los obreros forman, no obstante, una fuerza mucho más peligrosa que la infinitamente más numerosa masa campesina. Están muy unidos, ya que los salarios son uniformemente bajos y, escasean los privilegiados; se agrupan en grandes fábricas: en 1911, el 54 por 100 de los obreros rusos trabajan en fábricas que utilizan más de 500 asalariados, mientras que la cifra correspondiente en los Estados Unidos es de un 31 por 100; el 40 por 100 se encuentra en fábricas que utilizan de 50 a 500 asalariados; sólo un porcentaje inferior al 12 por 100 trabaja en fábricas de menos de 50 obreros. Por oposición al campesino, encerrado en un ámbito limitado, los obreros tienen movilidad, pasan de una fábrica, de una ciudad o de un oficio a otro y cuentan con un horizonte más amplio. Por su concentración, sus condiciones de trabajo y de vida, por lo moderno de las máquinas que utiliza y por su actividad social, la clase obrera constituye un. proletariado moderno cuya espontaneidad le conduce más fácilmente a la revuelta y a la lucha violenta que a la negociación o al regateo, mucho más frustrado pero también mucho más combativo que el de los países de Europa Occidental, fuertemente vinculado al mundo rural y muy solidario aún, por carecer de una auténtica «aristocracia obrera» de especialistas.
La oligarquía financiera está constituida, por unas cuantas familias que controlan la actividad industrial. La crisis de 1901-1903 ha acelerado el proceso de concentración, poniendo a laindustria en manos de los monopolios. Por ejemplo, en la metalurgia, la sociedad comercial Prodamet, fundada en 1903 y que se ha convertido en un verdadero trust del acero,que controla las treinta empresas más importantes, el 70 por 100 del capital y más del 80 por 100 de la producción, utilizando el 33 por 100 de la mano de obra. En los últimos años de la preguerra, dicha sociedad está presidida por Putilov, que se halla igualmente al frente del consejo de administración del Banco Ruso Asiático, dominado por capitales franceses (60 por 100); se trata de una personalidad fuertemente vinculada al grupo Schneider y que mantiene estrechas relaciones comerciales con los Krupp. En las empresas textiles, los capitalistas rusos cuentan por lo general con la mayoría; sin embargo, en la generalidad de los casos, las empresas industriales están controladas por los bancos y estos, a su vez, por los capitales extranjeros. Estos últimos constituyen el 42,6 por 100 de los dieciocho mayores bancos: el «Credit Lyonnais», el Banco alemán del comercio de la industria y la «Societé Genérale» belga son los verdaderos directores del crédito y, por ende, de la industria rusa [4].
No existe, por tanto, una verdadera burguesía rusa, sino –y es esta una característica común a todos los países atrasados- una oligarquía que integra, en idéntica dependencia del imperialismo extranjero, a la vez a capitalistas y propietarios; estos mismos, se encuentran a su vez, en la cúspide del aparato estatal. En 1.906, veinte dignatarios del Consejo del Imperio poseen 176.000 hectáreas de tierras cultivables, es decir, una media de 8.000 por familia. Como afirma el profesor Portal, «la alta administración se reclutaba, en conjunto, entre la aristocracia campesina» [5]. Asimismo, los trabajos de Liáschenko han mostrado la compenetración existente entre las más altas esferas de la burocracia y aristocracia, por una parte, y de las sociedades industriales y bancarias por otra: los grandes duques son accionistas de los ferrocarriles y los ministros y altos dignatarios pasan al servicio de los bancos cuando abandonan las tareas estatales si es que no se dedican a trabajar para ellos desde sus cargos oficiales. Los rasgos más característicos de la burguesía rusa son, por tanto, su pequeñez, su conexión con la aristocracia campesina y su debilidad económica respecto de la burguesía mundial de que depende. Entre la oligarquía y la masa de obreros y campesinos se intercala un verdadero mosaico de clases medias; pequeño-burgueses de las ciudades, kulaks campesinos, la intelligentsia de las profesiones liberales, de la enseñanza y, hasta cierto punto, de las capas inferiores de la burocracia. Estos sectores sociales, privilegiados respecto a la masa por sus posibilidades de acceso a la cultura, pero apartados de la decisión política por la autocracia, sienten la influencia de diversas corrientes y se hallan a merced de influjos contradictorios sin poder aspirar, por falta de base, a un papel independiente, ante el que, por añadidura, suelen retroceder, dadas sus contradicciones.
La autocracia
El Estado zarista es también producto del desarrollo combinado, y resultado de la lenta evolución. rusa. Se ha mantenido, frente a una Europa en plena expansión económica, a base de monopolizar la mayor parte del patrimonio público, vigilando atentamente a las clases poseedoras, cuya formación la ha reglamentado y a las que gobierna mediante una especie de despotismo oriental. En el siglo XVII, doblega a la nobleza ofreciéndole en contrapartida a la clase campesina encadenada por la institución servil. El estado es el primero en fomentar la industria, iniciando la modernización con las reformas de 1861 y abriendo camino, con la abolición de la servidumbre, a las nuevas transformaciones económicas y sociales. Al disponer de una rígida jerarquía de funcionarios tan sumisos como arrogantes y tan serviles como corruptos así como de una moderna policía muy al tanto de los métodos de vigilancia, soborno y provocación parece ostentar una solidez a toda prueba y constituir una muralla inexpugnable contra toda subversión, e incluso contra toda liberalización. Sin embargo, hacia el final del siglo XIX se acentúa la contradicción entre las necesidades del desarrollo económico, la expansión industrial, la libre concurrencia y las exigencias que plantea el crecimiento del mercado interior, por una parte, y las formas políticas que obstaculizan cualquier control sobre el gobierno por arte de aquellos que podían considerarlo indispensable para su actividad económica. La autocracia zarista ejerce una verdadera tutela sobre la vida económica y social del país, justificando sus métodos de coerción con una ideología paternalista basada en la gracia de Dios. Por ejemplo, una circular de 1897 a propósito de la inspección laboral amenazaba con sanciones a aquellos directores de fábrica que satisficieran las reivindicaciones de los huelguistas. Convencido del carácter sagrado, no sólo de sus funciones, sino del conjunto de la estructura social, el zar Nicolás II cree realizar su misión divina al prohibir a sus súbditos todo tipo de iniciativa, sin esperar de ellos otra cosa que no sea la sumisión al orden establecido; frente al estallido revolucionario, se revelará impotente e indeciso. Tras establecer un brillante paralelismo entre 1917 y 1789, y entre Luis XVI y Nicolás II, Trotsky dice refiriéndose a este último: «Sus infortunios provenían de una contradicción entre los viejos puntos de vista que había heredado de sus antepasados y las nuevas condiciones históricas en que se hallaba colocado» [6].
Las fuerzas políticas
De hecho, el zar y sus partidarios, la Centuria Negra, que organizaba las matanzas de judíos, así como su policía y sus funcionarios, podían, en el peor de los casos, ganar tiempo con la represión, con el sistemático recurso a la diversión de las fuerzas hostiles, con la «rusificación» de las poblaciones no rusas y con la utilización del chovinismo ruso. La necesidad de tierra de los campesinos los empujaba inexorablemente hacia las fincas de la nobleza, aunque ni siquiera éstas hubieran bastado para satisfacerla. La acción obrera chocaba en sus reivindicaciones, incluso en las más insignificantes, con el poder del zar autócrata, bastión de los capitalistas y guardián del orden. Una «modernización» que hubiese colocado a la sociedad rusa en la misma línea del modelo occidental habría requerido largos decenios de diferenciación social en el medio rural así como la creación, de un amplio mercado interior, que, para su realización habría exigido cuando menos la desaparición de las propiedades nobiliarias y la supresión de las cargas que pesaban sobre los campesinos; tal modernización habría supuesto además un ritmo de industrialización que la propia debilidad del mercado interior hubiera hecho insostenible y que, por otra parte, no interesaba a los capitales extranjeros predominantes. A pesar del ejemplo prusiano, la modernización de la agricultura parecía imposible si no se acompañaba de la industrialización. El imperialismo y la búsqueda de salidas exteriores hubieran podido representar a la vez el papel de diversión y de válvula de seguridad que algunos le asignaban; sin embargo, en un mundo desigualmente, desarrollado, tales ambiciones chocaban con fuertes competencias exteriores –y así lo demostró la absurda guerra contra el Japón , que, en definitiva, acrecentaban los peligros e conmoción en el interior.
Sólo así puede comprenderse la extrema debilidad de los liberales rusos. El movimiento liberal, nacido en el seno de los zemstvos o asambleas de distrito a las que acudían los personajes notables, no tenía ni podía tener sino un programa político de limitación del absolutismo monárquico y de adaptación a las nuevas condiciones económicas merced a la asociación a las responsabilidades políticas de sectores más amplios de propietarios. El partido constitucional demócrata K. D., llamado «cadete», nacido oficialmente en 1905 y cuyo portavoz y teórico es el historiador Miliukov, cuenta con una evolución pacifica al estilo occidental como consecuencia de la liberalización del régimen. Permanece ajeno y en gran medida hostil a las reivindicaciones más concretas e inmediatas de las masas campesinas y de los obreros, a quienes sólo preocupa la lucha cotidiana contra una patronal respaldada por el estado. Seriamente amenazado por el «Cuarto estamento», este «Estado Llano» renunciará a la lucha, a partir de las primeras concesiones de la autocracia en 1905, para no desempeñar el papel de aprendiz de brujo; quiera o no, se ve obligado a aliarse con la oligarquía para hacer frente a la amenaza común que supone la acción obrera y campesina. Los populistas o narodniki, esperaron pacientemente, intentando preparar el. alzamiento campesino que parecían presagiar las luchas que se llevaban a cabo desde hacia siglos, así como la propia masa de los mujiks. Los populistas eran conscientes tanto de las particularidades nacionales como de las tradiciones y, deseosos de permanecer fieles al espíritu popular en su intento de crear un mundo más justo y mas fraternal, creyeron ver en el mir y en las prácticas comunales un signo de predestinación del pueblo ruso, el punto de partida y la base posible de un socialismo de tipo agrario. Sin embargo, la campaña con la que se dirigieron al pueblo les decepcionó hondamente: en su esfuerzo propagandístico tomaron conciencia del inmenso obstáculo que constituía la ignorancia y la apatía delas masas campesinas, así como su diseminación, que les hizo emprender el camino del terrorismo, forma de acción similar, por otra parte, a las que, espontáneamente, utiliza la masa rural empobrecida y esclavizada. Su impotencia para movilizar a los millones de mujiks con su propaganda, unida a su impaciente deseo de destruir el yugo intolerable de la autocracia, les llevaron por último, a la exaltación de la acción individual, del valor del ejemplo y del gesto generoso y del sacrificio de los héroes.
Ellos son los que, a principios del siglo XX, inspiran la creación del partido socialista revolucionario, continuador del populismo por su fe en el papel revolucionario deparado al campesinado en. su conjunto y en el terrorismo político considerado como forma de acción. Los que pronto han de ser social revolucionarios conocidos familiarmente como s.r. matizan sus tesis bajo el influjo del desarrollo económico, aceptando incluir al proletariado industrial. entre las fuerzas revolucionarias, y admitiendo que la diferenciación que se opera en las filas del campesinado provoca el surgimiento de reflejos políticos divergentes. El «socialismo constructivo» que, a principios de siglo, defiende Victor Chernov, personaje familiarizado con el socialismo occidental, prevé dos fases necesariamente sucesivas de la revolución. El programa de los s. r., al distinguir entre reivindicaciones mínimas y reivindicaciones máximas, facilitará por ello la aproximación de éstos al «socialismo populista» de los sectores pequeño burgueses. Sólo una segunda etapa revolucionaria podrá realizar e1 socialismo agrario con el mír como base. La tarea inmediata es la construcción de una república democrática. La inmensa mayoría de la intelligenisia y un importante sector de la pequeña burguesía integran los cuadros de este partido cuya base es campesina. No puede por tanto extrañarnos que, en sus filas, se encuentren codo con codo nacionalistas exaltados, demócratas avanzados, revolucionarios campesinos próximos a los libertarios y liberales en busca de apoyo popular.
Sin embargo, la misma evolución que contribuye a modernizar las tesis populistas, sirve al propio tiempo para fortalecer 1a oposición de sus adversarios en el seno del movimiento revolucionario. El marxismo se extiende por toda Rusia en la época del desarrollo de la gran industria y del crecimiento del proletariado. Su más importante exponente será Jorge Pléjanov, antiguo populista que, en 1881 y con el nombre de «La emancipación del trabajo», funda el primer grupo marxista ruso. El mismo traduce y difunde en lengua rusa las principales obras de Marx y Engels y, sobre todo, inicia la lucha ideológica contra los populistas, sentando así las bases de la victoria posterior de los social demócratas sobre los s. r..Al refutar la convicción populista de que la economía y la sociedad rusas se benefician de un desarrollo tan original como privilegiado que les daría acceso al socialismo sin necesidad de pasar por una fase de capitalismo industrial, Pléjanov se empeña en demostrar que, por el contrario, el desarrollo capitalista es una etapa insoslayable, que, gracias a la generación del proletariado, permitirá en un último estadio derrocar al sistema y asegurar la victoria del socialismo por el desarrollo de las fuerzas productivas. La idea fundamental de los social demócratas será que el proletariado, por su concentración, sus condiciones de trabajo que favorecen la conciencia de clase y la organización, habrá de desempeñar, a pesar de su poca importancia numérica, el papel de vanguardia que se niegan a atribuir a la informe masa campesina atomizada por el incipiente desarrollo capitalista. Pléjanov, en su polémica, ataca con especial vehemencia la concepción de los populistas sobre la función de los individuos en la historia: afirma que sólo pueden desempeñar un papel decisivo cuando su acción se ejerce en el mismo sentido del desarrollo objetivo de las fuerzas económicas y sociales, condenando por ende cualquier práctica. terrorista que se apoye en la idea de despertar a una masa campesina históricamente condenada a no ser sino una retaguardia revolucionaria.
De esta forma y frente al populismo, se define en gran medida el pensamiento marxista ruso. En muchos aspectos podía parecer, a los ojos de un observador de su época, más moderado éste que aquél: acepta la inminencia de un desarrollo capitalista al que algunos de sus componentes, los «marxistas legales», llegarán a apoyar en la práctica, a pesar de las resistencias obreras que suscita; así mismo condena el terrorismo individual que parecía ser la más extremista de las formas de acción revolucionarias. Sus perspectivas fundamentalmente parecen abarcar un plazo mucho más largo. Los s. r. partiendo del estado presente del país y de una determinadaconcepción de su pasado, preconizan la acción directa, revolucionaria e inmediata. Por su parte, los social demócratas plantean sus principios de acción en virtud de un análisis histórico: la revolución que preparan se sitúa en un futuro más alejado, más allá de una etapa burguesa y capitalista de paso obligado para la sociedad rusa. En definitiva, estos últimos parecen constituir por muchos aspectos una amenaza menos inmediata para el régimen.
En realidad, por encima del radicalismo de sus consignas y de sus formas de lucha, los s. r. no tienen más objetivo que el de una democracia política que a todas luces carece de bases objetivas. Los social demócratas, por una parte, preconizan y preparan una revolución social, es decir que, a corto plazo, apelan a la organización y a la acción obreras, a la movilización por la tierra de los campesinos pobres: al comportarse de esta forma, desde un principio, ponen en cuestión el equilibrio de la sociedad del mañana, contribuyendo a aumentar as contradicciones reales. Por otra parte, sus perspectivas no son estrictamente rusas, sino internacionales, lo cual aumenta su influencia en un imperio que oprime a numerosas nacionalidades diferentes: sus planteamientos no se basan en la supuesta predestinación de un «pueblo», sino en el lugar ocupado en el proceso productivo por una clase que, en todos los países occidentales, crece con la revolución industrial. La Historia mostrará en seguida que su aparente moderación no hace sino disimular unos objetivos revolucionarios infinitamente más radicales: en la situación actual, por encima de las apariencias y de las tradiciones, distinguen perfectamente lo que ha quedado desfasado de lo que está naciendo. En el seno de las contradicciones del presente, los marxistas analizan el sistema de fuerzas que se está creando con el fin de preparar el porvenir.
Sin embargo, a principios de siglo, el movimiento social demócrata ruso es el único que no ha conseguido fundar un auténtico partido obrero. Tras las brillantes polémicas que encabezó Plejanov, sus discípulos y sus compañeros se plantean el problema práctico de la siguiente forma: por la importancia misma de los obstáculos que la autocracia opone a cualquier organización incluso a niveles mínimos, los socialdemócratas de Rusia, más aún que sus correligionarios de Occidente, van a dedicar, como marxistas consecuentes, toda su atención a crear el instrumento que les servirá para transformar un mundo al que, siguiendo a Marx, no se trata ya de interpretar. El joven Uliánov Lenin es el que mejor define esta búsqueda cuando, tras de una corta experiencia de organización, escribe en la emigración su folleto sobre Las tareas de los social demócratas. «No perdamos un tiempo valiosisímo, afirma en su conclusión. Los social demócratas rusos deben aportar un esfuerzo inmenso para satisfacer las necesidades del proletariado que está despertando, para organizar el movimiento obrero, fortalecer los grupos revolucionarios, su vinculación recíproca, suministrar a los obreros literatura de propaganda y de agitación, unir a los círculos obreros y a los grupos social demócratas dispersos por todos los rincones de Rusia en un solo partido obrero social demócrata» [7]. En la búsqueda de su instrumento histórico, en la construcción de su partido será donde, por primera vez, pondrán a prueba los marxistas rusos tanto sus fuerzas como sus métodos.
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[1]Trotsky, Historia de la Revolución Rusa, Ed Ruedo Ibérico, t. I, pág. 9.
[2] Trotsky, ibídem, t. I, pág. 50.
[3]Portal, La Russie de 1894 a 1914, pág. 34
[4] Liáschenko, History of the national economy of the U. S. S. R.., 678 708.
[5]Portal, Op. cit., pág. 23.
[6] Trotsky, op. cit., t. I, pág. 89.
[7] Lenin,. Oeuvres choisies, t, I.. pág, 170.
CAPÍTULO II
EL BOLCHEVISMO ANTES DE LA REVOLUCION
Las referencias que, con anterioridad a la revolución de 1917, se hacen al «Partido Bolchevique» suelen ser, por su oscuridad, responsables de que se incurra en la confusión de las tres organizaciones distintas a las que la historia ha unido íntimamente: el partido obrero social-demócrata ruso cuya dirección se disputan varias fracciones entre 1903 y 1911 ; la fracción bolchevique de este partido y el partido obrero social-demócrata ruso (bolchevique), que se fundó en 1912. En realidad, el bolchevismo no fue originariamente sino una determinada concepción, formulada por Lenin, acerca de la forma de constituir en Rusia el partido obrero social-demócrata (podríamos decir revolucionario) que, para todos los socialistas de aquella época constituía el instrumento necesario para el derrocamiento del capitalismo por la clase obrera y para la instauración de un orden socialista.
Los comienzos del partido social-demócrata ruso
E1 movimiento obrero ruso, que surgía de un tardío desarrollo del capitalismo, no presenció la coronación de los esfuerzos tendentes a la creación de un partido obrero sino muchos años después que el de Europa occidental, si bien es cierto que sus circunstancias eran completamente diferentes.
Las ciudades proletarias son islas en medio del océano campesino. La represión hace punto menos que imposible que cualquier organización supere el restringido ámbito local. Los pequeños círculos socialistas que surgen durante los últimos años del siglo XIX en los centros obreros, son aplastados en cuanto intentan ir más allá de las meras discusiones académicas. La liga de Moscú, en 1896, y la de Kiev, en 1897, consideran diversas medidas para reunir a las organizaciones dispersas en un partido organizado a escala nacional, pero fracasan en su intento. Los primeros que consiguen constituir una organización extendida a todo el país son los trabajadores judíos, más cultos en general, más coherentes también, dada su situación minoritaria, y que suelen estar empleados en empresas de pequeñas dimensiones; su organización es el Bund,, que cuenta con varios millares de miembros. En 1898 se reúnen en Minsk nueve de sus delegados, entre los que se cuentan un obrero de las organizaciones social-demócratas del Imperio, y los representantes de las ligas de Moscú, San Petersburgo, Kiev y Ekaterinoslav. Esta asamblea se autodenomina «primer congreso del partido obrero social-demócrata ruso», redacta sus estatutos y un manifiesto, y elige un comité central de tres miembros. Pero el hecho de que el partido haya sido fundado no indica que haya cobrado existencia real: tanto el comité central como los congresistas son detenidos casi inmediatamente. La apelación de «partido» subsiste como etiqueta común a un conjunto de círculos y organizaciones de límites más o menos claros que prácticamente permanecen independientes unos de otros.
Un grupo de intelectuales emigrados renuncia entonces a construir el partido obrero desde abajo, a partir de los circulos locales, intentando constituirle desde arriba, a partir de un centro situado en el extranjero, es decir, a salvo de la policía, y publicando para toda Rusia un periódico político que, mediante una red clandestina, habría de constituir el centro, y el instrumento de la unificación en un partido de las distintas organizaciones.
La «Iskra» y «¿Qué hacer ?»
Los primeros marxistas rusos del «Grupo para la liberación del trabajo», fundado en el exilio en 1883, Jorge Plejanov, Vera Zasúlich y Pavel Axelrod, constituyen el núcleo de tal empresa junto con los pertenecientes a la segunda generación marxista, que componen el grupo «Liga de Emancipación de la Clase Obrera», y son más jóvenes que aquellos; estos últimos, Vladimir Illich Ulianov, al que pronto se llamará Lenin, y Yuri Mártov, salieron de Siberia en 1998. El 24 de diciembre de 1901 aparece en Stuttgart el primer ejemplar de su periódico Iskra (La Chispa), cuyo ambicioso lema rezaba: “de la chispa surgirá la llama”, anunciando así sus intenciones. El objetivo que se plantea es «contribuir al desarrollo y organización de la clase obrera». Ofrece a las organizaciones clandestinas de Rusia un programa y un plan de acción, consignas políticas y directrices prácticas para la constitución de una organización clandestina, que, en un principio y bajo el control de la compañera de Lenin, Nadezhda Krupskaya, habrá de limitarse a la difusión del periódico. Los obreros rusos parecen estar despertando entonces a la lucha reivindicativa: las huelgas y los diferentes movimientos se multiplican , y los emisarios de Iskra –que originariamente no son más de diez, y en 1903 no pasan de treinta- recorren el país, toman contacto con los grupos locales, recogen información, suministran publicaciones y seleccionan, además, a aquellos militantes de envergadura que han de pasar a la clandestinidad. Los iskristas, «miembros de una orden errante que se elevaba por encima de las organizaciones locales, a las que consideraban como su campo de acción» [1], intentan constituir un aparato central, un estado mayor de las luchas obreras a escala nacional, rompiendo con los particularismos locales y con el aislamiento tradicional y formando cuadros que sirvan a un enfoque global de la lucha.
Tal actividad va a justificarse, en el plano teórico, con la primera obra de Lenin sobre el problema del partido, titulada «¿Qué Hacer?», y publicada en Stuttgart en 1902. Toda la pasión del joven polemista se dirige contra aquellos socialistas, a los que llama «economistas», que invocando «un marxismo adaptado a las particularidades rusas», niegan la necesidad de construir un partido obrero social-demócrata en un país en que el capitalismo no se ha asentado aún. Lenin refuta la tesis «economista» de que «para el marxista ruso no hay más que una solución: sostener la lucha económica del proletariado y participar en la actividad de la oposición liberal», afirmando que la mera acción espontánea de los obreros, limitada únicamente a las reivindicaciones económicas, no puede llevarles automáticamente a la conciencia socialista, y que las teorías «economistas» sólo sirven para poner el naciente movimiento obrero a expensas de la burguesía. Según él, es preciso – y esa es precisamente la tarea que se plantea Iskra- introducir en la clase obrera las ideas socialistas mediante la construcción de un partido obrero que habrá de convertirse en el campeón de sus intereses, y en su educador al tiempo que en su dirección. Dadas las condiciones en que se halla la Rusia de los albores del siglo XX, el partido obrero debe estar integrado por revolucionarios profesionales: cara a la policía del Estado zarista, el arma principal del proletariado ha de ser la organización rigurosamente centralizada, sólida, disciplinada, y lo más secreta posible, de una serie de militantes clandestinos; el partido se concibe así como «la punta de lanza de la revolución», como el estado mayor y la vanguardia de la clase obrera.
Nacimiento de la fracción bolchevique
El segundo congreso del partido se celebra durante los meses de julio y agosto de 1903, primero en Bruselas y después en Londres. Entre cerca de cincuenta delegados, sólo hay cuatro obreros. Los iskristas cuentan con la mayoría y el partido adopta sin mayores dificultades un programa que ha sido redactado por Pléjanov y Lenin, en el que, por primera vez en la historia de los partidos social-demócratas, figura la consigna de «dictadura del proletariado», que se define como «la conquista del poder político por el proletariado, condición indispensable de la revolución social».
Sin embargo, los miembros del equipo de Iskra se dividen en la cuestión del voto de los estatutos, donde se enfrentan dos textos. Lenin, en nombre de los «duros», propone otorgar la condición de miembro del partido sólo a aquellos «que participen personalmente en una de las organizaciones», mientras que Mártov, portavoz de los «blandos», se inclina por una fórmula que la confiera a todos aquellos que «colaboran regular y personalmente bajo la dirección de alguna de las organizaciones». Comienza así a esbozarse una profunda divergencia entre los mantenedores de un partido ampliamente abierto y vinculado con la intelligentsia, que apoyan a Mártov, y los partidarios de Lenin, defensores de un partido restringido, vanguardia disciplinada integrada por revolucionarios profesionales. El texto de Lenin obtiene 22 votos mientras que el de Mártov, apoyado por los delegados del Bund y por los dos «economistas» que asisten al congreso, consigue 28 y es aprobado.
Sin embargo, tanto los «duros» como los «blandos» de Mártov coinciden en negarle al Bund la autonomía que exige dentro del partido ruso y en condenar las tesis de los «economistas». Los delegados del Bund y los «economistas» abandonan entonces el congreso: los «duros» que, de repente, han conseguido la mayoría, tienen las manos libres para nombrar un comité de redacción y un comité central, compuestos ambos en su mayoría por partidarios de Lenin. Estos últimos serán llamados en adelante los bolcheviques o mayoritarios, y los «blandos» se convertirán en los mencheviques o minoritarios.
Tal es el inicio de la gran querella. De este enfrentamiento, al que todos parecen estar de acuerdo en no dar ninguna importancia, va a surgir la primera escisión del partido. Lenin, que controla los organismos dirigentes, apela a la disciplina y a la ley de la mayoría. Los mencheviques que consideran tal mayoría puramente accidental, le acusan de querer infligir al partido lo que ellos llaman un «estado de sitio». Mártov ha reagrupado tras de él a la mayoría de los social-demócratas de la emigración y su consigna es el restablecimiento del antiguo comité de redacción de Iskra, en el que Lenin se encontraba en minoría. Pléjanov, que en el congreso había expresado su conformidad con los puntos de vista de Lenin, se inclina por la conciliación con los mencheviques, terminando por aceptar la designación directa de algunos de ellos para entrar a formar parte del comité de redacción, pudiendo así recobrar el control del periódico. El comité central que, en el congreso, había quedado constituido por una mayoría de bolcheviques, parece ser igualmente partidario de la conciliación.
Pero este intento fracasa. Después del congreso, Lenin, fue afectado intensamente por la crisis y por una oposición que no esperaba. La sorpresa y la decepción revistieron tales caracteres que sufrió una depresión nerviosa. En unas pocas semanas, se encuentra prácticamente aislado y excluido del equipo de Iskra sin haberlo previsto ni deseado. Sin embargo, se rehace rápidamente, sobre todo a partir del momento en que sus antiguos compañeros parecen abandonar sus posturas comunes, emprendiendo el contra-ataque. Gracias a Krúpskaya, ha seguido controlando la organización clandestina en Rusia, se lanza entonces a la reconquista de los comités y, en agosto de 1904, consigue organizar una auténtica dirección de los grupos bolcheviques, el primer esbozo de lo que será la fracción bolchevique, el «buró de los comités de la mayoría», que, desde enero de 1905, publica su propio órgano Vpériod (¡Adelante!). Tales éxitos le permiten conseguir que el indeciso comité central convoque un congreso del partido que habrá de celebrarse en Londres a comienzos de 1905.
Primera escisión de hecho
La garantía del comité central permitirá que tal asamblea se denomine «tercer congreso del partido», aun a pesar de estar exclusivamente compuesta por bolcheviques. La mayoría de los 38 delegados asistentes son militantes profesionales enviados por los comités rusos y que, ante la inminencia de un estallido de acontecimientos revolucionarios en Rusia, apoyan las posturas de Lenin en su polémica contra los mencheviques, así como su concepción del partido centralizado, que sus antiguos aliados de Iskra acaban de abandonar, y de su organización. Sin embargo, la fracción bolchevique dista mucho, en aquella fecha, de constituir un bloque monolítico: Lenin ya ha tenido que luchar para convencer al ingeniero Krasin, la más destacada figura del comité central. En pleno congreso surge un conflicto que le enfrenta a un grupo de militantes de Rusia a los que en adelante llamará los komitetchiki («comiteros»). Lenin es derrotado en dos ocasiones, primero, al negarse el comité a incluir en los estatutos la obligación de que los comités del partido comprendan una mayoría de obreros y, posteriormente, al exigir que el control político del periódico lo ejerza el comité central clandestino que reside en Rusia. El joven Alexis Ríkov, portavoz de los komitetchiki, es elegido miembro del comité central, del que entran también a formar parte Lenin y sus dos lugartenientes Krasin y el médico Bogdanov.
La escisión parece consolidarse: el congreso descarga toda la responsabilidad sobre los mencheviques de la emigración, quienes, en su opinión, se han negado a someterse a la disciplina de los organismos elegidos en el II Congreso y hace un llamamiento a los mencheviques de las organizaciones clandestinas para que acepten la disciplina de la mayoría. De hecho, existe una resolución secreta que encarga al comité central la tarea de conseguir la reunificación. Al mismo tiempo, los mencheviques han reunido en una asamblea a los delegados de los grupos en el exilio; sin embargo, aunque se niegan a reconocer el congreso de Londres, éstos toman el titulo de conferencia. A pesar de las apariencias, la puerta parece seguir abierta.
Como era de esperar, la polémica ha cundido en las filas de la Internacional: algunos social -demócratas alemanes, sobre todo los del ala izquierda capitaneada por Rosa Luxemburgo, atacan violentamente la concepción centralista de Lenin, denunciando el «absolutismo ruso» y el «peligro burocrático que supone el ultra-centralismo» [2]. No obstante, Lenin se ha apuntado en la propia Rusia, unos tantos valiosísimos. Indudablemente, la forma de organización clandestina y centralizada es la más eficaz; permite la protección de los militantes, al poderlos desplazar cuando están en peligro, así como la creación de nuevos centros mediante el envío de emisarios; por otra parte, ofrece a los obreros amplias garantías de seriedad por lo estricto de las condiciones de encuadramiento en sus filas. Pero el factor más importante radica en que la organización revolucionaria aprovecha de esta forma todo el auge del movimiento obrero: a ella acuden. los jóvenes que despiertan a la inquietud política y a quienes no asustan las perspectivas de, represión ni el trabajo y la educación revolucionarios, etapas necesarias de una lucha que la clase en su totalidad considera con creciente confianza.
En 1905, hay unos 8.000, insertos en la mayoría de los centros industriales, que militan en organizaciones clandestinas. Lenin espera de la revolución que se está gestando que confirme sus tesis, aportando a su movimiento la pujante fuerza de las nuevas generaciones y de la iniciativa de las masas obreras en acción.
La revolución de 1905 y la reunificación
Efectivamente, la revolución estalla en 1905 y precipita la acción política abierta a centenares de miles de obreros. La manifestación pacifica, cuajada de iconos y estandartes, de los obreros de San Petersburgo, es acogida el 5 de enero con descargas de fusilería: resultan centenares de muertos y millares de heridos. Sin embargo, el «domingo rojo» se convierte en una fecha decisiva: en lo sucesivo, el proletariado se revela ante todos, incluso ante sí mismo, como una fuerza con la que habrá que contar. Durante los meses siguientes, primero la agitación económica y, más adelante, la política, van a arrastrar a centenares de miles de obreros que, hasta aquel momento, estaban resignados o se mantenían en completa pasividad, a todo tipo de huelgas. Tras los motines del ejército y la marina -entre los que destaca la célebre odisea del Potemkin,-, la agitación culmina, en el mes de octubre, con una huelga general. Ante tal amenaza, el zar intenta romper el frente único de las fuerzas sociales que se enfrentan a él; publica entonces un Manifiesto que satisface las reivindicaciones políticas esenciales de la burguesía, que pasa inmediatamente a su bando y abandona a sus inquietantes aliados del momento. Los obreros de Moscú luchan solos desde el 7 al 17 de diciembre, pero nada pueden contra un ejército del que ya se ha eliminado todo brote revolucionario; el campesino que viste uniforme realiza sin desmayo la misión represiva que le asigna la autocracia. El movimiento revolucionario va a ser liquidado sector tras sector, siendo objeto las organizaciones obreras de una severa represión. Sin embargo, la derrota rebosa de enseñanzas, ya que el desarrollo de los acontecimientos ha servido para revitalizar todos aquellos problemas que los socialistas deben resolver y, en lugar destacado, el del partido.
En realidad, los bolcheviques se han adaptado con bastante lentitud a las nuevas condiciones revolucionarias: los conspiradores no saben de un día para otro convertirse en oradores y en guías de la multitud. Por encima de todo les sorprende la aparición de los primeros consejos obreros o soviets, elegidos primero en las fábricas y más adelante en los barrios, que se extienden durante el verano a todas las grandes ciudades dirigiendo desde allí el movimiento revolucionario en conjunto. Comprenden demasiado tarde el papel que pueden desempeñar en ellos y el interés que poseen a la hora de aumentar su influencia y luchar desde ellos para conseguir la dirección de masas. Por su parte, los mencheviques se dejan arrastrar más fácilmente por una corriente con la que se funden. El único social-demócrata destacado que desempeña un papel en la primera revolución soviética es el joven Bronstein, llamado Trotsky, que anteriormente fue designado, gracias a la insistencia de Lenin, para formar parte del comité de redacción de Iskra, pero que, en el II Congreso, se puso de parte de los mencheviques, criticando duramente las concepciones «jacobinas» de Lenin acerca de lo que él llama «la dictadura sobre el proletariado» [3]. En desacuerdo con los mencheviques emigrados y gracias a su influencia sobre el grupo menchevique de San Petersburgo y a sus excepcionales aptitudes personales, se convierte en vice-presidente y más adelante en presidente del soviet de la ciudad con el nombre de Yanovsky: su comportamiento durante la revolución y su actitud ante los jueces que lo condenan le confieren un incalculable prestigio. A su lado, los bolcheviques de San Petersburgo, dirigidos por Krasin, quedan eclipsados.
Durante este período, la organización bolchevique inicia una rápida transformación; el aparato clandestino permanece, pero la propaganda se intensifica y las adhesiones van siendo cada vez más numerosas. La estructura se modifica; se inicia la elección de responsables. Por otra parte, los nuevos miembros no comprenden la importancia de los desacuerdos anteriores. Numerosos comités bolcheviques y mencheviques se unifican sin esperar la decisión del centro que todo el mundo exige. Hacia finales de diciembre de 1905, se celebra una conferencia bolchevique en Finlandia. Los delegados -entre los que se encuentra el futuroStalin con el nombre de Ivanovitch- deciden, en oposición a Lenin, boicotear las elecciones que ha prometido el gobierno zarista. Las huelgas y los levantamientos están a la orden del día y, siguiendo esa línea, los delegados adoptan en principio una reunificación cuyas bases habrán de ser discutidas días más tarde por Lenin y Mártov. Mártov acepta incluir en los estatutos la fórmula propuesta por Lenin en el II Congreso y que constituyó el origen de la escisión. Las organizaciones locales de ambas fracciones eligen a sus delegados en el congreso de unificación, sobre la base de dos plataformas y con representación proporcional al número de votos obtenidos por cada una de ellas.
La fracción bolchevique en el partido unificado
Cuando se reúne en Estocolmo el congreso de unificación durante el mes de abril de 1906, se ha iniciado ya el reflujo en toda Rusia. Los dirigentes del soviet de San Petersburgo están en la cárcel y acaba de reprimirse la insurrección de los obreros de Moscú. Surgen nuevas divergencias acerca del análisis del pasado y de las tareas presentes. Los bolcheviques quieren boicotear las elecciones a la III Duma. Muchos mencheviques están de acuerdo con Pléjanov, que opina que «no había que tomar las armas», y desean orientar el partido hacia una acción parlamentaria. Sin embargo, ni unos ni otros piensan volver atrás y perpetuar la escisión. Según el testimonio de Krúpskaya, Lenin opina, por aquellas fechas, que los mencheviques van a admitir en seguida sus errores; según ella, daba por descontado que «un nuevo impulso de la revolución terminaría por arrastrarles, reconciliándoles con la política bolchevique» [4]. Por fin la reunificación se decide formalmente: 62 delegados mencheviques que representan a 34.000 militantes y 46 bolcheviques en representación de otros 14.000, deciden reconstruir el partido en cuyo seno admiten al Bund y a los partidos social-demócratas letón y polaco. El comité central elegido comprende dos polacos, un letón, siete mencheviques y tres bolcheviques: Krasin, Rikov y Desnitsky. Veintiséis «delegados de la antigua fracción bolchevique», entre los que se cuenta Lenin, declaran que, a pesar de sus divergencias con la mayoría del congreso, se oponen a cualquier escisión y que continuarán defendiendo sus puntos de vista con el fin de imponerlos dentro del partido. Posteriormente, la fracción bolchevique será dirigida por un «centro» clandestino respecto al partido. Poseerá además un medio de expresión propio, Proletari (El Proletario), órgano del comité de San Petersburgo, dirigido por un militante de veinticinco años, Radomylsky, llamado Zinóviev.
Durante los meses siguientes la fracción hace rápidos progresos en el seno del partido. La repulsa de ciertos mencheviques a la insurrección de 1905, la decadencia de los soviets, que permite a numerosos cuadros obreros dedicarse a un trabajo de partido y, por último, la tenacidad de los bolcheviques y la cohesión de la organización de su fracción, consiguen invertir la relación de fuerzas. El congreso de Londres, que se reúne en mayo de 1907, es elegido por 77.000 militantes del partido ruso; además de 44 delegados del Bund, comprende 26 letones, 45 polacos y 175 delegados rusos que se dividen a su vez en 90 bolcheviques y 85 mencheviques. Con el apoyo de los social -demócratas letones y polacos, los bolcheviques se aseguran el control de la mayoría frente a la coalición de mencheviques y bundistas. Entre los bolcheviques elegidos como miembros del comité central figuran: Lenin, Noguín, Krasin, Bogdanov, Rikov y Zinóviev. El congreso introduce en sus estatutos el principio del «centralismo democrático»: las decisiones tomadas tras amplia discusión, habrán de aplicarse estrictamente, debiendo la minoría someterse a las decisiones de la mayoría. Se decide igualmente, como garantía de la libertad de las decisiones y del control democrático del centro, la celebración de un congreso anual y de conferencias trimestrales a las que habrán de acudir los delegados específicamente designados en cada ocasión. A pesar de su victoria, Lenin, que presiente la inminencia de «tiempos difíciles», en los que se necesitará «la fuerza de voluntad, la resistencia y la firmeza de un partido revolucionarlo templado que puede enfrentarse a la duda, a la debilidad, a la indiferencia y al deseo de abandonar la lucha» [5], mantiene la fracción y la refuerza; después del congreso, los delegados bolcheviques eligen un centro de 15 miembros; este último tiene como objeto la dirección de la fracción que, por otra parte, no constituye para Lenin el embrión de un nuevo partido sino «un bloque cuya finalidad es la de forzar la aplicación de una táctica determinada dentro del partido obrero» [6].
La reacción
El curso de los acontecimientos va a justificar enseguida el pesimismo de Lenin. El movimiento obrero se debilita; en 1905 habla más de 2.750.000 huelguistas, en 1906, 1.750.000, en 1907, sólo quedan 750.0000, en 1.908, 174.000, en 1909, 64.000 y en 1910, 50.000. En pleno 1907, el gobierno de Stolypin toma la decisión de acabar con el movimiento socialista. La coyuntura es favorable: las repercusiones de la crisis mundial en Rusia, el paro y la miseria permiten al zarismo utilizar el retroceso para intentar liquidar los elementos de organización. La represión se pone en marcha, las detenciones desmantelan los diferentes comités. La moral de los obreros se viene abajo, muchos militantes abandonan su actividad. En Moscú, en 1907, son varios millares, hacía el final de 1908 sólo quedan 500 y 150 al final de 1909: en 1910 la organización ya no existe. En el conjunto del país los efectivos pasan de casi 100.000 a menos de 10.000. Por otra parte, se intensifican los desacuerdos entre las fracciones que, a su vez, se encuentran en plena desintegración. Sólo el grado que alcanza la descomposición del partido puede impedir el surgimiento de nuevas escisiones de hecho: el ferviente deseo de reunificación a cualquier precio surge de la impotencia general y parece prevalecer por encima de la decrepitud de todas las fracciones.
Entre los mencheviques empieza a desarrollarse una tendencia que Lenin denominará «liquidadora»: la acción clandestina parece carecer de perspectivas, es preciso limitarla o incluso abandonarla, buscar, antes que nada, la alianza con la burguesía liberal, ganar posiciones parlamentarias con ella, reducir las pérdidas al mínimo. Según el punto de vista de los liquidadores, la acción revolucionaria del 1905 no ha sido nada realista. Axelrod escribe: «El impulso de la historia lleva a los obreros y a los revolucionarios hacia el revolucionarismo burgués con mucha más fuerza» [7]. Martínov opina que el partido «debe impulsar a la democracia burguesa» [8]. Potrésov afirma que el partido no existe y que todo está por hacer. Mártov, por su parte, considera la idea de un «partido secta» como una «utopía reaccionaria». De hecho, los mencheviques, en esta nueva situación, se replantean la propia finalidad de su acción, partido obrero o no, acción clandestina o no.
A pesar de la desilusión de muchos de ellos y de las no menos numerosas deserciones, los bolcheviques vuelven a emprender las tareas que habían iniciado clandestinamente antes de 1905. Sin embargo tampoco ellos se ven libres de divergencias internas. La mayoría querría volver a boicotear las elecciones, esta vez porque la ley electoral de Stolypin hace imposible que la clase obrera esté representada equitativamente. Sobre esta cuestión, Lenin opina que tal consigna, lanzada en un momento de apatía e indiferencia obreras, corre el riesgo de aislar a los revolucionarios que, en lugar de ello, deberían aferrarse a todas las ocasiones que se les ofreciesen de desarrollar públicamente su programa. Tanto las elecciones corno la III Duma, deben ser utilizadas como tribuna de los socialistas que, a pesar de no hacerse ninguna ilusión sobre su verdadera naturaleza, no pueden despreciar esta forma de publicidad. A pesar del aislamiento en que se encuentra dentro de su propia fracción, Lenin no vacila en votar solo, junto con los mencheviques, contra el boicot de las elecciones en la conferencia de Kotka del mes de julio de 1907. Sin embargo, los partidarios del boicot vuelven a tomar la iniciativa después de las elecciones, pidiendo la dimisión de los socialistas que han resultado elegidos. Estos partidarios de la «retirada», conocidos por el nombre de «otzovistas», encabezados por Krasin y Bogdanov, ven aumentar sus efectivos por el apoyo del grupo de los «ultimatistas» del comité de San Petersburgo, que se manifiestan contra toda participación en las actividades legales, incluso en los sindicatos, intensamente vigilados por la policía. Por último, Lenin se une a la mayoría de los bolcheviques, sin poder impedir la separación de los miembros de la oposición que, a su vez, se constituyen en fracción y publican su propio periódico, Vpériod, segundo de este nombre.
De hecho, el partido entero parece descomponerse entre violentos espasmos. Cunde la polémica en torno a la actividad de los boiéviki, grupos armados que se dedican al terrorismo y asaltan bancos y cajas de fondos públicos, con el fin de conseguir, mediante tales «expropiaciones» los fondos que el partido necesita para financiar su actividad. Bolcheviques y mencheviques se disputan violentamente el dinero de los simpatizantes que sostienen al partido, se pelean a propósito de una herencia exigiendo ambos bandos el arbitraje de los dirigentes alemanes en cada ocasión. Hacia el final de 1908. Plejanov repudia la línea de los liquidadores, rompe con la mayor parte de los mencheviques y funda su propia fracción conocida como de los «mencheviques del partido», que funciona en frente único con los bolcheviques. El anhelo de unidad aumenta con estas escisiones sucesivas. Los mencheviques proponen que se celebre una conferencia que agrupe a los delegados de todas las organizaciones legales o ilegales y a los de todas las fracciones, lo que tal vez serviría para reconstruir la unidad rota. Lenin ve en tal actitud una operación inspirada por los «liquidadores», pero otros bolcheviques a los que se conoce como «conciliadores», Dubrovinsky, Rikov, Sokólnikov y Noguín, se unen a esta política de unidad. Trotsky, que había sido condenado a la deportación, se ha evadido. A partir de 1908, empieza a publicar en Viena la Pravda (Verdad), organizando al mismo tiempo su difusión en toda Rusia; su propósito es convertirla en una nueva Iskra. Desde sus páginas, mantiene la tesis de que hay que construir un partido abierto a todos los socialistas, que comprenda desde los liquidadores hasta los bolcheviques. Afirma igualmente su independencia respecto a todas las fracciones, sin embargo, de hecho pronto se encuentra unido a los conciliadores que, con el nombre de «bolcheviques del partido» integran la mayoría de la fracción bolchevique.
En enero de 1910, una sesión plenaria del comité central que se prolonga durante tres semanas, parece confirmar el éxito de la reunificación reclamada por Trotsky y por sus aliados. La alianza de todos los conciliadores termina por imponerse a los recalcitrantes de todas las fracciones: los periódicos bolchevique y menchevique, Proletario y La Voz social-demócrata respectivamente, desaparecen para dejar su puesto al Social-demócrata, órgano conjunto que dirigirán Lenin y Zinóviev junto con Dan y Mártov. El bolchevique Kámenev es designado para formar parte del comité de redacción de la Pravda de Trotsky. Lenin, en el ínterin, ha aceptado todas estas decisiones. En su correspondencia con Gorki afirma que ha obrado así por poderosos motivos, sobre todo por «la difícil situación, del partido» y por «la maduración de un nuevo tipo de obreros social-demócratas en el campo práctico». Sin embargo, tal aceptación por su parte no está desprovista de inquietud: en el comité central se ponen de relieve peligrosas tendencias, «un estado de ánimo general de conciliación, sin ideas claras, sin saber con quién, por qué, de qué forma» y, por añadidura el «odio que inspira el centro bolchevique por la implacable lucha ideológica que lleva a cabo», el «deseo de los mencheviques de organizar escándalos» [9].
El acuerdo será efímero. A partir del 11 de abril, Lenin escribe a Gorki: «Tenemos un niño cubierto de abscesos. O bien los reventamos, curamos al niño y le educamos o bien, si la situación empeora, el niño morirá». Constante en su propósito añade: «En este último caso, viviremos algún tiempo sin el niño (es decir: reconstituiremos la fracción) y, más adelante, daremos a luz un bebé más sano» [10]. La conferencia social-demócrata de Copenhague revela, en agosto, un nuevo agrupamiento de fuerzas; los bolcheviques y los «mencheviques del partido» acaban de decidir, en Rusia, la publicación de dos periódicos, la Rabotchaia Gazeta (Gaceta Obrera), ilegal y la Zvezda (LaEstrella), legal, cuyo primer número aparece el 16 de diciembre de 1910: el apoyo de Pléjanov cobra un enorme valor para Lenin que, de esta forma, combate a los liquidadores en estrecha alianza con aquel que, para muchos, sigue siendo el padre de la socialdemocracia rusa.
La nueva escisión: 1912
A partir de 1910, toda Rusia da señales de un despertar del movimiento obrero. Los estudiantes han sido los primeros en volver a las manifestaciones. Los obreros, cuyas condiciones de vida se han hecho más soportables con el final de la crisis y la absorción del paro, recobran su valor y el gusto por la lucha. En 1911, 100.000 obreros provocan huelgas parciales y su número aumenta hasta 400.000 el primero de mayo. Las descargas de fusilería del Lena, en el mes de abril de 1912, que arrojaron un saldo de 150 muertos y 250 heridos, marcan un nuevo hito en la lucha obrera.
Hasta este momento, Lenin ha aceptado, aunque a veces lo haya hecho contra su voluntad, la unidad y la conciliación. Sin embargo el nuevo ascenso obrero hace ineludible, en su opinión, un giro radical. De hecho, en el partido nadie respeta las resoluciones del comité central. de 1910 que no ha vuelto a reunirse, la Pravda, el Vpériod y la Voz social-demócrata siguen apareciendo, al mismo tiempo, y, gracias al apoyo del polaco Tychko, Lenin y Zinóviev consiguen convertir al Social-demócrata en un órgano bolchevique. Lenin piensa que se avecinan acontecimientos revolucionarios a los que sólo un partido fuertemente estructurado podrá hacer frente. Los bolcheviques, bajo la dirección de Zinóviev, organizan en Longjumeau una escuela de cuadros: los militantes formados allí pasan luego ilegalmente a Rusia para intensificar los contactos y preparar una conferencia nacional. Sin embargo, la policía acecha: primero detiene a Rikov, luego a Noguín; por último «Sergo», el georgiano Ordzhonikidze, consigue poner en funcionamiento en Rusia un comité de organización con la ayuda del clandestino Serebriakov. Dan y Mártov protestan contra tales preparativos y abandonan el comité de redacción del Social-demócrata.
El 18 de enero de 1912, se reúne en Praga la conferencia prevista. De entre los exiliados sólo participan los bolcheviques y algunos «mencheviques del partido»; sin embargo, acuden más de veinte representantes de organizaciones clandestinas rusas. La conferencia de Praga declara que actúa en nombre del partido entero, expulsa a los liquidadores y recomienda la creación de «núcleos social -demócratas ilegales rodeados de un red tan extensa como sea posible de asociaciones obreras legales». Se elige entonces un comité central en el que figuran fundamentalmente Lenin, Zinóviev, Ordzhonikidze, Svérdlov y el obrero metalúrgico Malinovsky, Se cancela el acuerdo con la Pravda de Trotsky. Rabotchaia Gazeta se convierte en el órgano del comité central. Inmediatamente después será designado para su dirección el militante georgiano José Dzhugashvíli, que después de haber sido «Ivanovitch», se llama «Koba», antes de convertirse en «Stalin». Los militantes de Rusia, al aplicar la resolución de la conferencia, se vuelven hacia las actividades legales, El partido acepta la propuesta formulada por Voronsky de publicar un diario legal.
Tras de varios meses de campaña y una suscripción llevada a cabo en las principales fábricas de las grandes ciudades el 22 de abril-5 de mayo de 1912, aparece el primer número de Pravda: se trata de una publicación bolchevique, aunque durante más de un año siga contando entre sus colaboradores a Jorge Pléjanov. Al cabo de cuarenta días es prohibida por primera vez, volviendo a aparecer entonces con el título de Rabotchaïa Pravda que sólo llevarán 17 números, de nuevo es prohibida y vuelta a reeditar llamándose sucesivamente Severnaïa Pravda, durante 31 números, Pravda Truda Por unlapso de 20, Za Pravku durante 51, Proletarskaia Pravda otros 16, Put Pravdy en 91 apariciones; llegada a este punto se convertirá en revista, llamándose Rabotchii y más adelante Trudovskaia Pravda, quedando definitivamente prohibida el 8 de julio de 1914.
Aun a pesar de lo delicado de la apreciación en tales circunstancias, todo indica que los bolcheviques que conservaron el nombre del partido fueron, en Rusia, los grandes beneficiarios de la escisión. Esta es, al menos, la opinión del jefe de la policía zarista que, en 1913, declara: «En la actualidad existen círculos, células y organizaciones bolcheviques en todas las ciudades. Se ha establecido correspondencia y contactos permanentes con casi todos los centros industriales (...). No puede por tanto extrañarnos que la reagrupación de todo e1 partido clandestino se lleve a cabo en torno a las organizaciones bolcheviques y que estas últimas hayan terminado de hecho por representar al partido social -demócrata ruso en su totalidad» [11].
La situación inmediatamente anterior a la guerra
Los mencheviques han sido sorprendidos. Hasta el mes de septiembre de 1912 no lanzan, a su vez, un diario en Rusia, Luch (LaAntorcha), que nunca igualará la audiencia que Pravda tiene en el mundo obrero. Durante el mes de agosto, Trotsky ha reunido en Viena una conferencia de la que pretendía conseguir la reunificación; sin embargo fracasa por completo en su intento pues, tanto los bolcheviques como los «mencheviques del partido», se han negado a participar en ella. Los partidarios del llamado «bloque de agosto» crean un comité de organización cuyo único vínculo es un sentimiento de común hostilidad hacia Lenin y los bolcheviques. De nuevo se intensifica la polémica. Lenin organiza la escisión de la fracción social-demócrata de los diputados de la Duma, tomando enérgicamente la defensa del portavoz de la fracción bolchevique, Malinovsky, al que los mencheviques acusan de ser un provocador. Pléjanov rompe con los bolcheviques, en agosto de 1913, deja de colaborar en Pravda, intenta organizar su propia fracción mediante el periódico Edinstvo (Unidad) y termina por sumarse al bloque de agosto. Al mismo tiempo, Trotsky abandona este reagrupamiento parcial que no responde a sus deseos de reunificación general; toma entonces contacto con un grupo de obreros de San Petersburgo, igualmente partidarios de la unidad de todas las fracciones. Lenin, que se ha instalado en Cracovia, dirige desde allí la actividad de los bolcheviques, apoyando a Svérdlov para que este asuma la dirección de Pravda en lugar de Stalin. Mas, tanto Svérdlov como Stalin son detenidos, denunciados por Malinovsky que, en definitiva, resulta ser un agente de la Policía. Los bolcheviques intentan organizar un congreso cuando sus adversarios, en su campaña contra los «escisionistas», apelan a la Internacional.
El secretariado de la Internacional Socialista ofrece sus servicios con vistas a una mediación y, el 16 y 17 de julio de 1914, reúne en Bruselas una conferencia que se plantea la reunificación del partido ruso. En dicha conferencia están representados todos los grupos y fracciones. Inés Armand, portavoz de los bolcheviques, defiende la posición expresada por Lenin en un memorándum: la unidad es posible en un partido social-demócrata que comprenda un ala revolucionaria y una ala reformista, como lo prueba el ejemplo de los partidos occidentales. Sin embargo, en Rusia, los que han roto la unidad han sido los liquidadores, con su negativa a someterse a la mayoría: la reunificación sólo es posible si aceptan la disciplina. Después de un debate muy agitado, en el que resalta Pléjanov por la violencia de sus diatribas contra Lenin, la conferencia aprueba una resolución que afirma que las divergencias tácticas puestas de relieve no justifican una escisión. Plantea igualmente cinco condiciones previas al restablecimiento de la unidad: que todos acepten el programa del partido; que la minoría respete las decisiones de la mayoría; una organización que, dadas las circunstancias, debe ser clandestina; la prohibición de todo pacto con los partidos burgueses; la participación general en un congreso de unificación. Inés Armand y el delegado letón son los únicos en no otorgar su voto a este texto que pronto va a convertirse en un arma contra los bolcheviques y, sobre todo contra Lenin, al que se espera aislar de aquellos compañeros suyos de bien conocidas tendencias «conciliadoras». La guerra ha de abortar por completo esta maniobra, en primer lugar por la prohibición del congreso internacional previsto para el mes de agosto de 1914 en Viena.
Por estas fechas, la situación en Rusia es enormemente confusa. En general, los bolcheviques ocupan las mejores posiciones; sin embargo, sigue existiendo un ferviente deseo de unidad. En determinadas ciudades, coexisten grupos bolcheviques y mencheviques que despliegan, tanto unos como otros, actividades legales e ilegales, en directa dependencia del comité central o bien unidos con unos vínculos menos fuertes al comité de organización. No obstante, en la práctica, todo se encuentra en plena evolución. En algunos lugares se avecina la escisión y en otros la unificación. La guerra pondrá fin a este cuadro de conjunto. Muchos grupos locales subsistirán como grupos social -demócratas, sin unirse a ninguna de las dos grandes fracciones y contando, entre sus miembros, a partidarios de ambas. Además y, a pesar de la escisión de 1913, los diputados bolcheviques y mencheviques de la Duma se unirán, con el nombre de fracción socialdemócrata, para votar contra los créditos de guerra.
Los bolcheviques permanecen dieciséis meses sin dirección efectiva. Centenares de militantes son detenidos, encarcelados o deportados, otros se encuentran en el ejército (este es el caso de los obreros a los que se moviliza en sus propias fábricas). Se inicia un nuevo período de reacción en el que el militante queda reducido a la calidad de individuo aislado. Cuando, a partir de 1916, los obreros empiezan a integrarse de nuevo en la lucha, la fracción bolchevique cuenta, como máximo, con 5.000 miembros dentro de una organización que poco a poco se ha reconstruido. Sólo posee un puñado de cuadros; esos pocos hombres que, durante los años de la ante-guerra han aprendido a organizar y agrupar a los obreros, a dirigir sus luchas y a eludir las fuerzas represivas, constituyen, en definitiva, los elementos de la vanguardia revolucionaria que Lenin había tratado de formar a lo largo de toda la complicada historia del partido obrero social-demócrata ruso y de su fracción bolchevique.
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[1] Trotsky, Stalin, pág 56
[2]R. Luxemburgo, «Cuestiones organizativas de la social-democracia rusa» (Die Neue Zeit, 1904, n.º 22).
[3]Trotsky, Nashi Politícheskie Zaduchi, (1904) (Nuestras tareas políticas), panfleto traducido y citado por Deutscher en El profeta armado, Ed. Era, págs. 94-96.
[4]Krúpskaya, Ma vie avec Lénine.
[5]Citado por Trotsky, Stalin, pág. 123.
[6]Lenin, «Lettres á Gorki» (25 de febrero de 1908), Clarté, n.º 71, pág. 10.
[7]Citado por, E.H. Carr, La Revolución bolchevique, Alianza Universidad, t. I, pág. 69
[8]Citado porCarr, ibídem, pág. 69
[9] Lenin, «Lettres á Gorki», ibídem, pág. 13.
[10] Ibídem.
[11]Citado por Trotsky, Stalin, pág, 218.
CAPITULO III
EL BOLCHEVISMO: EL PARTIDO Y LOS HOMBRES
En las manos de Lenin, el partido se convirtió en un instrumento histórico insuperable. Las decenas de miles de militantes ilegales que, tras las jornadas revolucionarias de febrero de 1917, volvían a tomar contacto, estaban a punto de constituir una organización que las amplias masas obreras y, en menor medida, las campesinas, considerarían como propia. Tal organización iba a dirigir su lucha contra el gobierno provisional, conquistar el poder y conservarlo. Por tanto, a pesar de la lucha entre fracciones y de la represión, Lenin y sus compañeros triunfaron allí donde otros marxistas que, en un principio, gozaban de condiciones más favorables, habían fracasado: por primera vez en toda la existencia de los partidos socialistas, uno de ellos iba a vencer.
Un partido obrero social-demócrata
Existe toda una historiografía cuyos sentimientos hacia el bolchevismo oscilan entre la ciega admiración y la calumnia sistemática, que se obstina en presentarlo como una nueva ideología, surgida de una pieza, de la inteligencia de Lenin: el comunismo, revolucionario o estalinista y, en el propio partido bolchevique, como una organización de tipo completamente nuevo, una especie de precoz III Internacional que, desde su origen, se enfrenta con el reformismo de la II, encarnado en Rusia por los mencheviques y, en Alemania, por el partido social -demócrata de Bebel y Kautsky. No obstante, tal concepción no es sino una reconstrucción artificial de la historia de la organización y de las ideas, un montaje realizado a posteriori Para todos los mantenedores de dicha tesis, ¿Qué hacer? constituye la Biblia de un bolchevismo que tiene todas las características de una nueva corriente, cuando nada permite suponer que haya revestido tal importancia para los bolcheviques o para el propio discurso intelectual y teórico de Lenin. Esta obra examina las condiciones rusas, las tendencias de la clase obrera rusa; de hecho, preconiza una solución específicamente rusa, sin que sus análisis o conclusiones tengan la pretensión, en aquella época, de extender su validez a otros países. En el prefacio que, para una colección de sus artículos y ensayos, redactó Lenin en septiembre de 1907, afirma: «El error fundamental de los que hoy polemizan contra ¿Qué hacer?, estriba en la absoluta disociación que establecen entre este trabajo y un determinado contexto, superado hace tiempo, del desarrollo de nuestro partido. ¿ Qué hacer? no es sino un resumen de la táctica y de la política de organización del grupo de Iskra entre 1901 y 1902. Nada más que un resumen; ni más ni menos. Solo la organización que promovió Iskra podía haber creado un partido social-demócrata como el existente en la actualidad, en las circunstancias históricas que atravesó Rusia de 1900 a 1905. El revolucionario profesional ha cumplido su misión en la historia del socialismo proletario ruso» [1]. Desde el mes de noviembre de 1905, Lenin había arrojado ya, este anatema definitivo sobre todos aquellos que reducían su pensamiento a un esquema mecanicista y abstracto, pretendiendo oponer esquemáticamente la espontaneidad y la conciencia en los mismos términos del ¿Qué hacer?, como si esta obra tuviese un valor universal y un alcance eterno: «La clase obrera rusa es instintiva y espontáneamente socialdemócrata [es decir revolucionaria, P. B.] y más de diez años de trabajo de los social-demócratas han contribuido a transformar dicha espontaneidad en conciencia de clase [2].
¿Qué hacer? insiste igualmente en la absoluta necesidad de organizar el partido de forma clandestina, haciendo de ello condición indispensable de su existencia. Sin embargo, tales planteamientos no excluyen la posibilidad de una acción y de una propaganda legales si las circunstancias históricas así lo permiten.. Por tanto, una vez que la revolución de 1905 ha aportado a los obreros la libertad de organización y de expresión para los partidos políticos, incluidos los socialistas, los bolcheviques no vacilarán en aprovecharse de ello. No obstante, Lenin considera «liquidadora» la concepción del sector de mencheviques que aceptan los límites impuestos por el enemigo de clase para limitar su acción, resignándose a no desarrollarla sino a través de los cauces legales. En efecto, la nueva ley acota la actividad de los partidos y no concede a los revolucionarios una libertad de acción y de expresión relativas sino como contrapartida a la conservación de su absoluto control sobre ellos: el régimen zarista se limita a tolerar, coaccionado por los acontecimientos, una serie de libertades que constituyen antes que nada una válvula de seguridad. «Hacer el juego» y limitarse a lo estrictamente legal, supone aceptar los controles que el propio régimen ha fijado, proscribiendo a aquel sector de crítica revolucionaria que considera «subversiva». Sin embargo, no es cuestión de renunciar, con este pretexto, a la utilización de las facilidades que otorga la ley, ya que, únicamente la propaganda legal, puede alcanzar a amplios sectores de obreros. Debe, por tanto ser utilizada al máximo y, esta es la razón por la que más adelante, Lenin hará del periódico primero y del diario legal, después la primera preocupación de su grupo en todas las ocasiones en que tal instrumento resulte viable.
A este respecto, resulta significativo el ejemplo de la Pravda, ya que este diario «obrero», se constituye, poco antes de la guerra de 1914, en pieza clave del desarrollo del partido bolchevique. El periódico se lanza después de una campaña de agitación en las fábricas destinada a conseguir una suscripción pública. La Pravda asume entonces la función que desempeñó originariamente Iskra para unos cuantos centenares de lectores, al difundir informaciones y consignas, que, esta vez, se dirigen a decenas de miles de obreros de vanguardia. Los corresponsales obreros de la Pravda son, a la vez, los enlaces del partido y las antenas de que éste dispone para conocer el estado de ánimo del proletariado: gracias a sus informaciones se produce una homogeneización de la experiencia obrera que sienta las bases indispensables de una conciencia colectiva. En un solo año, publica 11.114 «informes de corresponsales», es decir, una media de 41 por número. La Pravda, es, por definición, un diario obrero y, al estar en gran medida redactado por los propios trabajadores, ellos sienten que les pertenece: ellos son los que aportan la mayor parte de las contribuciones que constituyen «el fondo de hierro», creado para hacer frente a toda las multas y secuestros con que la represión puede golpear al periódico.
El diario debe indicar, como la propia ley lo exige, una dirección y unos responsables: no puede escapar a las demandas y quejas a las que el Estado y los enemigos de clase no dejan de recurrir en el intento de acabar precisamente con su existencia legal. De un total de 2.770 números, 110 son objeto de demanda judicial. Las multas que le fueron impuestas suman unos 7.800 rublos, es decir, una cantidad doble de la recogida como fondo inicial; se celebran 26 juicios contra el periódico, y sus redactores son condenados a un total de 472 meses de cárcel [3]. Ciertamente es éste un balance adverso para un periódico que, a pesar de todo, se esfuerza en no atraer sobre sí la represión, aunque la policía llegue al extremo de introducir en su comité de redacción a uno de sus agentes, encargado de crear, con sus artículos, excusas para sancionar a la publicación.
En tales condiciones, la libertad de expresión del periódico se ve seriamente entorpecida; al someterse a la ley, le resulta imposible lanzar las consignas que considera correctas, sobre todo cuando éstas se refieren a los obreros y campesinos que se encuentran en el ejército. El periódico debe mantenerse contra viento y marea dentro de los estrictos limites fijados por la 1ey si no quiere correr el riesgo de verse silenciado definitivamente por los secuestros, condenas y múltiples sanciones económicas que pueden abatirse sobre él. Los panfletos, folletos y periódicos ilegales sirven para difundir el resto de las consignas y para dar las explicaciones necesarias, pero prohibidas, que, por atentar contra la «seguridad» del Estado, no pueden publicarse sino en medios de expresión ilegales. En las condiciones políticas de la Rusia zarista, tanto más que en el ámbito liberal de las democracias occidentales, resulta absurdo mezclar ambas opciones. Un periódico legal puede ser prohibido, secuestrado, perseguido y sancionado. Un militante «legal», es siempre un individuo conocido por la policía y ésta puede detenerle y poner fin a su actividad con cualquier pretexto. Si toda la organización fuera pública y legal, la policía conocería tanto a sus militantes como sus principales mecanismos, y el Estado podría así, en cualquier momento, poner fuera de la ley algunas de sus actividades o incluso el conjunto de su funcionamiento. Por ello, resulta de todo punto imprescindible que el partido obrero disponga de militantes, recursos, imprentas, periódicos y locales clandestinos que, eventualmente, puedan tomar el relevo del «sector legal» durante un periodo de reacción, al tiempo que su propio carácter ilegal les permite zafarse de las limitaciones que exigiría la actividad pública. El carácter autocrático del Estado ruso y la arbitraria omnipotencia de la policía fueron pues, los auténticos responsables de que los social-demócratas rusos construyesen su partido en torno a un núcleo clandestino; las «libertades democráticas» no tienen aun tradición suficiente, en 1912, como para parecer normales y eternas, haciendo olvidar a los revolucionarios a qué precio tuvieron que conquistarlas y cuan fácilmente podían perderlas.
Sin embargo, la ilegalidad no es un fin en sí. El verdadero problema estriba en la construcción, utilizando al máximo todas las posibilidades, de un partido obrero social-demócrata, es decir, de una porción consciente de la vanguardia que, armada con el conocimiento de las leyes del desarrollo social, haga progresar entre los obreros la conciencia de clase, los organice y los conduzca a la batalla, cualesquiera sean las condiciones generales que va a revestir la lucha. Tales planeamientos son los que mantienen los bolcheviques, tras el período de boicot, cuando se disponen a participar regularmente en las elecciones, a pesar de que el trucaje de las leyes electorales sea escandaloso. Su objetivo no es en modo alguno una victoria parlamentaria sino -y los recuerdos de Badaiev nos lo confirman- la utilización de la publicidad que, cara la propagación de las ideas socialistas y a la construcción el partido, proporciona la tribuna parlamentaria.
Llegados a este punto, resulta indispensable establecer la comparación entre el partido social-demócrata ruso y el alemán, aferrado a su legalidad, a sus importantes conquistas, a sus cuarenta y tres diarios, a sus revistas, a sus escuelas, a sus universidades, a sus fondos de solidaridad, a sus «casas del pueblo» y a sus diputados, aunque, en definitiva, todas esas realizaciones contribuyen a aprisionarlo. En efecto, el miedo a una represión que podría poner en peligro las mejoras conseguidas convierte el partido social-demócrata alemán en el rehén voluntario de las clases poseedoras; él mismo limita la acción de sus juventudes y prohibe a Karl Liebknecht que lleve a cabo cualquier tipo de propaganda antimilitarista «ilegal», aunque ningún socialista se atreva a negar la necesidad de tal propaganda en la Alemania de Guillermo II, pues ello podría encolerizar a la burguesía y desatar una nueva ola de represión policíaca.
Sin embargo, la crisis de 1914 revelará de forma inequívoca el abismo que separa a ambas organizaciones en cuanto a las actitudes que adoptan hacia sus respectivos gobiernos, enfrentados por la guerra. Con anterioridad a esta fecha, Lenin ha manifestado su acuerdo, en determinados puntos, con la crítica que lleva a cabo la izquierda alemana y sobre todo Rosa Luxemburgo; sin embargo, existen entre ellos diferencias suficientemente numerosas e importantes como para demostrar que, en aquella época, no existía una fracción coherente de la izquierda en la social-democracia internacional: sólo el análisis histórico de aquella época puede enfrentar una tendencia revolucionaria Lenin-Luxemburgo al reformismo de Bebel y Kautsky. El partido social-demócrata alemán, antes de 1914, constituye a los ojos de Lenin y de los bolcheviques, el partido obrero por excelencia, el modelo que pretenden construir en Rusia, habida cuenta de las condiciones especificas del país. Lenin, tras desmentir de forma clara y categórica la interpretación inversa de sus intenciones, repetirá en diferentes ocasiones: « ¿Dónde y cuándo he pretendido yo haber creado una nueva tendencia en la socialdemocracia internacional distinta de la línea de Bebel y Kautsky? ¿Dónde y cuándo se han manifestado diferencias entre Bebel y Kaustky, por una parte, y yo por otra?» [4]. El viejo bolchevique Shliapnikov afirma que, en la propaganda llevada a cabo en el campo obrero, los bolcheviques se referían continuamente a los social-demócratas alemanes como modelos. Piatnitsky ha descrito su admiración de bolchevique emigrado ante el funcionamiento de la organización socialdemócrata alemana y narra su asombro ante las críticas que, en privado, se formulaban delante de él, sobre determinados aspectos de su política. Tanto mayor fue el rencor de los bolcheviques después del mes de agosto de 1914, cuando se vieron obligados a reconsiderar su apreciación de la línea Bebel-Kautsky y a admitir que Rosa Luxemburgo, a la que Lenin consideró desde entonces como «la representante del marxismo más auténtico», había sido más lúcida que ellos sobre este punto. No obstante, Lenin llegó a dudar de la autenticidad del número de Vorwärts que publicaba la declaración emitida por la fracción social-demócrata del Reichstag al votar los créditos de guerra y consideró incluso la hipótesis de que se tratase de una falsificación llevada a cabo por el estado mayor alemán...
Tras su vuelta, en abril de 1917, durante la conferencia del partido bolchevique, Lenin será el único en votar a favor de su moción de abandono del término «social-demócrata» en el nombre del partido: ciertamente, tal actitud es la prueba de que no temía quedarse aislado en su propia organización, pero también de que, antes de 1914, no había deseado ni preparado una ruptura con la II Internacional y los grandes partidos que la integraban. Su actitud demuestra igualmente hasta qué punto, tres años después de agosto de 1914, se encontraba muy por delante de sus propios camaradas respecto a esta cuestión.
Un partido no monolítico
Asimismo y cualesquiera hayan sido las responsabilidades de Lenin y de su fracción en la escisión de 1903, hemos visto que no la habían deseado, ni preparado, ni previsto, que les había sorprendido intensamente y que, sin ceder en sus principios, no por ello dejaron de trabajar para conseguir una reunificación, que, ciertamente, esperaban colocar bajo su pabellón, pero que, sin lugar a dudas, no podía dar origen sino a un partido más amplio y menos homogéneo, que el constituido durante todos aquellos años por la fracción «dura» de los bolcheviques,
Desde 1894, Lenin afirmaba en su polémica con el populista Mijailovsky: «Es rigurosamente cierto que no existe entre los marxistas completa unanimidad. Esta falta de unanimidad no revela la debilidad sino la fuerza de los social-demócratas rusos. El consenso de aquellos que se satisfacen con la unánime aceptación de «verdades reconfortantes», esa tierna y conmovedora unanimidad, ha sido sustituida por las divergencias entre personas que necesitan una explicación de la organización económica real, de la organización económica actua1 de Rusia, un análisis de su verdadera evolución económica, de su evolución política y de la del resto le sus superestructuras» [5]. La voluntad de reunificación de que hace gala inmediatamente antes de 1905, se explica tanto por la confianza que deposita en sus propias tesis, como por la convicción de que los inevitables conflictos que surgen entre social-demócratas pueden solucionarse en el seno de un partido que sea como la sede de todos ellos: «Las divergencias de opinión en el interior de los partidos políticos o entre ellos, escribe Lenin en julio de 1905, se solucionan por lo general, no solamente con las polémicas, sino también con el desarrollo de la propia vida política. En particular, las divergencias a propósito de la táctica de un partido, suelen liquidarse de facto por la adhesión de los mantenedores de tesis erróneas a la línea correcta, ya que el propio curso de los acontecimientos quita a dichas tesis su contenido su interés» [6].
A este respecto, manifiesta una gran confianza en cuanto a la ulterior evolución de los mencheviques, al escribir a fínales de 1906: «Los camaradas mencheviques pasarán por el purgatorio de las alianzas con los oportunistas burgueses, pero terminarán por volver a la socialdemocracia revolucionaria» [7]. Según afirma Krúpskaya, en 1910, «Vladimir Illich no dudaba en absoluto de que los bolcheviques se harían con la mayoría en el seno del partido y que este terminaría por adoptar la línea trazada por ellos, sin embargo, era necesario que tal decisión afectase al partido entero y no solamente a su fracción» [8]. La conferencia de Praga de 1912 condenará únicamente a los liquidadores, enemigos del trabajo ilegal. La colaboración con los «mencheviques del partido», se explica por tanto, no sólo como una maniobra táctica, sino también como reflejo de la convicción, expresada desde 1906, de que «hasta la revolución social, la social-democracia presentará inevitablemente un ala oportunista y un ala revolucionaria» [9]. Esta es la postura que defiende Inés Armand en Bruselas: con la única salvedad de los liquidadores, todo social-demócrata tiene lugar en un partido donde, en Rusia como en Occidente, deben coexistir elementos revolucionarios y reformistas, pues sólo la revolución, en su calidad de expresión definitiva del «desarrollo de la vida política», podrá separarles nítidamente.
El régimen del partido
Desde la época de Stalin, la mayoría de los historiadores y comentaristas, insisten sobre el régimen autoritario y fuertemente centralizado del partido bolchevique, y suelen ver en ello la clave de la evolución de Rusia durante más de 30 años. En lo referente a la fuerte centralización del partido, ciertamente no faltan citas con que poder cimentar sus tesis. No obstante, las referencias de sentido opuesto son igualmente abundantes: en boca de Lenin, como en la de muchos otros personajes, pueden ponerse muchas concepciones insólitas, sin más que utilizar frases separadas de su contexto. En realidad, el propósito fundamental de Lenin fue construir un partido de acción y, desde este punto de vista, ni su organización, ni su naturaleza, ni su desarrollo, ni su propio régimen interno podían ser concebidos con independencia de las condiciones políticas generales, del grado de libertades públicas existente y de la relación de fuerzas entre la clase obrera, el Estado y las clases poseedoras.
Entre 1904 y 1905, en su polémica con los mencheviques, cuando todos los socialistas se encuentran aún en la clandestinidad, Lenin afirma: «Nosotros también estamos a favor de la democracia cuando ésta es verdaderamente posible. En la actualidad no sería más que una farsa, y eso, no lo deseamos, pues queremos un, partido serio, capaz de vencer a1 zarismo y a la burguesía. Forzados a la acción clandestina, nos es imposible realizar la democracia formal dentro del Partido. (...) Todos los obreros conscientes de la necesidad de acabar con la autocracia y de luchar contra la burguesía, saben perfectamente que, para vencer al zarismo, necesitamos en este momento un partido clandestino, centralizado, revolucionario y fundido en un solo bloque. Bajo la autocracia, con sus salvajes represiones, adoptar el sistema de elecciones, es decir, la democracia, significaría, sencillamente ayudar al zarismo a acabar con nuestra organización» [10]. Asimismo en La bonita jaula no alimenta al pájaro, precisa: «El obrero consciente comprende que la democracia no es un fin en sí, sino un instrumento para la liberación de la clase obrera. Damos al partido la estructura que mejor responde a las necesidades de la lucha en este momento. Lo que necesitamos hoy es una jerarquía y un riguroso centralismo» [11]. En el III Congreso, cuando el movimiento revolucionario crece a ojos vistas, insiste: «En condiciones de libertad política, nuestro partido podrá basarse por completo en el principio de elección y de hecho así lo haremos. ( ... ). Incluso bajo el absolutismo, el principio de elección habría podido aplicarse mucho más ampliamente» [12]. La conferencia de Tammerförs decide aplicar íntegramente a la organización del partido los principios del «centralismo democrático» y «los más amplios cauces de electividad, confiriendo a los organismos electos plenos pode es para la dirección ideológica y práctica; también aprueba la aplicación del principio de revocabilidad de los mandatos así como el que les exige absoluta publicidad y rigurosa información de su actividad». En el prefacio de Doce años, Lenin, a propósito de la polémica sobre ¿Qué hacer, ? recuerda que «a pesar de la escisión, el partido ha utilizado el momentáneo fulgor de libertad para introducir en su organización pública una estructura democrática, dotada de un sistema de elección así como una representación en el congreso proporcional al número de militantes organizados» [13].
Según los bolcheviques, el «régimen interno» es un reflejo, en el partido, de las condiciones generales de la lucha de clases; sin embargo, también constituye un factor autónomo. Lenin se plantea este problema en su propia fracción, al enfrentarse con los Komitetchiki, que, según el testimonio de Krúpskaya, no admiten ningún tipo de democracia interna y se niegan a cualquier innovación, por su impotencia para adaptarse a unas condiciones nuevas: son hostiles a introducirse en los comités de obreros pues creen que en su seno no van a poder trabajar, pretenden controlar minuciosamente toda la actividad y mantener una centralización y jerarquía rígidas. Lenin les recuerda que «no es el partido el que existe en función del comité, sino éste en función del partido». «A menudo pienso que las nueve décimas partes de los bolcheviques son profundamente formalistas. Es preciso reclutar sin miedo jóvenes con mayor amplitud de criterio y olvidar todas las prácticas embarazosas, el respeto por los grados, etcétera. (...) Hay que dar a cada comité de base, sin poner demasiadas condiciones, derecho a redactar octavillas y a repartirlas. Si cometieron algún error, no tendría demasiada importancia, lo corregiríamos «amablemente» en Vpériod. El propio curso de los acontecimientos enseña connuestro mismo espíritu» [14]. Krúpskaya refiere que Lenin no se inquietó demasiado por no haber sido escuchado por los komitetchiki: «Sabía que la revolución estaba en marcha y que obligaría al partido a admitir a los obreros en sus comités» [15].
La clandestinidad es evidentemente favorable al centralismo autoritario en la medida que la elección no tiene sentido más que entre hombres que se conocen y pueden controlarse mutuamente. No obstante, sus efectos se amortiguan pues contribuye a hacer menos tensas las relaciones entre los diferentes grados de la jerarquía, dejando a los comités locales un importante margen de iniciativa. Los grupos que distribuyen panfletos llamando a la huelga y convocando una manifestación el 15 de noviembre de 1912 en San Petersburgo, están integrados por social-demócratas vinculados a la fracción bolchevique; pero, si nos atenemos al testimonio de Badaiev, en esta ocasión no se advirtió a ningún organismo responsable del centro o de la capital ni a ningún miembro del grupo parlamentario [16]. Los dirigentes bolcheviques tardaron varios días en saber quién había asumido la responsabilidad de tales consignas; sin embargo, apoyaron la huelga, a pesar de que, en su opinión, estaba muy mal preparada, dada la popularidad que había alcanzado entre los obreros. Tales incidentes se dan con harta frecuencia. Piatnitsky, por ejemplo, que desempeña desde hace años importantes funciones en el aparato clandestino, no puede, en 1914, conseguir la dirección de un responsable bolchevique en Samara, ciudad en la que ha encontrado trabajo. De hecho, allí bolcheviques y mencheviques se han fusionado; entonces, tras conseguir el contacto por sus propios medios, Piatnitsky tomará la iniciativa de reorganizarles de forma independiente, convenciéndoles con la mera utilización de sus informaciones personales y sin ninguna clase de «mandato» [17].
Una de las críticas que más a menudo se han hecho al sistema de organización de los bolcheviques, era que favorecía la acción devastadora de los agentes provocadores de la policía que conseguían introducirse en la organización. Algunos ejemplos son claro exponente de dicha tesis: el médico Jitomirsky es agente de la Ojrana cuando, en 1907, se le encarga de establecer el enlace entre Rusia y la emigración. En 1910, los periódicos impresos en Suiza o Alemania, llegan con toda regularidad a las manos de la policía: el responsable de su transporte, Matvéi, lleva años al servicio de la policía secreta. No obstante, es preciso admitir que los provocadores de la policía conocían perfectamente la forma de entrar en el partido y que el sistema represivo ruso era responsable, en mayor medida que el funcionamiento del partido, de la utilización por parte de la policía de unos militantes que gozaban de la confianza de sus camaradas y que, por lo general, habían aceptado en la cárcel desempeñar el papel de confidentes.
El ejemplo más significativo lo constituye sin duda Malinovsky. Se trata de un militante obrero, secretario del sindicato de los metalúrgicos de San Petersburgo desde 1906 hasta 1909, buen orador y buen organizador, que entra al servicio de la policía en 1910, tal vez para evitar el cumplimiento de una sentencia que le había sido impuesta anteriormente por un delito común. Se une a los bolcheviques en 1911, su actividad como militante le hace tan popular que se presenta a las elecciones de diputados para la Duma y resulta elegido, contribuyendo además, desde este cargo, a organizar la escisión de la fracción social-demócrata. Durante todo este tiempo continúa informando regularmente al jefe de la policía, revelando los seudónimos, los locales y las reuniones previstas. Malinovsky es el responsable de la detención de Ríkov y Noguin, antes de la conferencia de Praga, y de la de Svérdlov y Stalin en 1914. Lenin le ha propuesto como miembro del comité central en 1912 y, hasta el final, le defiende de las acusaciones de los mencheviques, incluso después de su inexplicable dimisión como diputado en mayo de 1914. Sólo los archivos de la Ojrana darán, tras de la victoria revolucionaria de 1917, una completa información de su actividad. Después de haber sido hecho prisionero en la guerra, volvió a Rusia por su propia voluntad. Una vez allí fue juzgado, condenado a muerte y ejecutado.
Con independencia del aspecto espectacular de la aventura, hay que reconocer que las estructuras, los métodos y los principios de acción de la organización la protegían, hasta cierto punto, de la actividad de un agente de tal envergadura. Lenin, con su testimonio en el juicio, contribuirá no poco a llevar el asunto a sus justos límites al declarar: «Desde el punto de vista de la Ojrana, valía la pena no escatimar ningún medio para introducir a Malinovsky en la Duma y en el comité central. Cuando lo consiguió, Malinovsky se transformó en uno de los eslabones de la larga cadena que unía nuestra base legal con los dos grandes órganos representativos de las masas del partido, la Pravda y la fracción social-demócrata de la Duma. El provocador debía mantener esos dos organismos para conservar nuestra confianza. Malinovsky podía provocar la caída y, de hecho así lo hizo, de numerosos camaradas. Sin embargo, no fue capaz ni de detener, ni de controlar, ni de dirigir la actividad del partido, cuya importancia crecía sin cesar, extendiendo su influencia sobre las masas, sobre decenas y centenas de miles de individuos». Lenin concluye entonces: «No me sorprendería en absoluto que uno de los motivos del abandono de Malinovsky, hubiese sido que de hecho, estaba más vinculado a la Pravda legal y a la fracción parlamentaria, que llevaban a cabo un trabajo revolucionario, de lo que la Ojrana estaba dispuesta a tolerarle» [18].
La originalidad del partido bolchevique
La originalidad del partido bolchevique no reside ni en una determinada concepción ideológica, ni en un régimen particularmente centralizado. La social-democracia alemana en aquellas fechas está tan centralizada y tiene una organización tan estricta como la del partido ruso; Piatnitsky, especialista en organización del aparato ruso, describe admirativamente la organización socialista de Leipzig y el funcionamiento semi-clandestino de los núcleos dirigentes a los que los militantes llaman, en su «argot», «carbonerías». La «disciplina de fracción» -la Fraktionzwang- se aplica, con el máximo rigor, a todos los niveles de actividad del partido alemán, más severamente, si cabe, que en el partido ruso, con consecuencia de la legalidad y del poder financiero del aparato que no deja lugar alguno a la iniciativa personal. La crisis de 1914 servirá para desvelar la raíz de las diferencias entre los dos partidos: la social-democracia alemana vota los créditos militares y apoya a su gobierno en la guerra, mientras los bolcheviques hacen llamamientos tendentes a transformar la guerra imperialista en guerra civil. La social-democracia alemana, al adaptarse al régimen político y social, se ha convertido en un partido reformista, mientras que el partido bolchevique, al permanecer irremisiblemente hostil a él, ha mantenido sus perspectivas y su política revolucionarias.
La primera razón de que exista tal diferencia es, en primer lugar, que los social-demócratas rusos vivían y militaban en un contexto social infinitamente más explosivo que el de Europa Occidental: el desarrollo combinado de la sociedad rusa había convertido al proletariado industrial en una clase social fundamentalmente revolucionaria; a esta característica se refiere Deutscher al afirmar acertadamente: «La clase obrera rusa de 1917 era una de las maravillas de la historia. Pequeña en número, joven, inexperta y carente de toda educación, era, no obstante, rica en pasión política, en generosidad, en idealismo y ostentaba singulares aptitudes para el heroísmo. Poseía el don de soñar con el futuro y de morir heroicamente en la lucha» [19].
El bolchevique Preobrazhensky llevó a cabo igualmente un penetrante análisis de este fenómeno: «La vanguardia de nuestra clase obrera, escribió, es el producto del capitalismo europeo que, al aparecer en un país nuevo, ha construido en él centenares de empresas formidables, organizadas según los últimos perfeccionamientos de la técnica occidental».
Bajo los zares, no hay posibilidad alguna de que los militantes obreros lleven una existencia tranquila en la sociedad rusa. Los sindicatos son disueltos en cuanto cobran una existencia real y los mencheviques más «legalistas», incluso los liquidadores, reciben de la policía golpes tan duros como los bolcheviques más extremistas. En el sistema, no hay lugar para los burócratas, ni siquiera para los honrados desertores, ya que, el militante que deseara abandonar la lucha, no tendría para ganarse la vida otra solución que la de convertirse en soplón de la policía. La integración es imposible sin capitulación abierta: el reformismo, que, en Occidente, había surgido como estado de ánimo antes de materializarse como tendencia en el seno de las organizaciones obreras y, más adelante, como sector privilegiado, no tiene en Rusia ningún arraigo. Las condiciones en que se da la lucha política y social convierten a los militantes en una elite generosa, valiente y pura. Deben multiplicarse los ardides e iniciativas para salvaguardar a la organización y conservar el contacto con los obreros. Ninguna rutina puede consolidarse y resulta de todo punto imprescindible saber aprovechar las oportunidades.
La acción obrera
Todas las memorias de los militantes bolcheviques, al referirse al período anterior a 1914, dan mucha importancia a la llamada «campaña de los seguros» que se inició a raíz e la promulgación de la ley de 23 de julio de 1912 sobre el seguro de enfermedad. El partido pone de relieve todos los puntos débiles del texto legal, con el fin de movilizar a los obreros que, en primer lugar, conseguirán el derecho a tener asambleas sobre las cuestiones de seguridad social, más adelante el de elegir delegados que los representen en la administración de los fondos y, por último, la enmienda del texto en lo concerniente a las condiciones que deben reunir los beneficiarios. Esta será la única ocasión que tuvieron los militantes de intervenir legalmente en las asambleas obreras, llevando a cabo, en todas las fábricas, una acción concertada.
Para una agitación de tipo sindicalista, en la que el bolchevique pueda dirigirse al conjunto de los obreros, se necesita toda una serie de circunstancias favorables que, a veces, él mismo se esfuerza en crear. Shliapníkov, obrero de una fábrica de San Petersburgo, lleva a cabo en su taller una campaña a favor de la «igualdad en la retribución de los obreros de 1a misma profesión o que ejecuten idéntico trabajo, medido por el número de piezas» [20]. Aún a pesar de que la amplitud de la gama de salarios no sea demasiado grande, esta consigna unificadora suele convertirse en el punto de partida de la agitación bolchevique dentro de la empresa. En una etapa posterior, se trata de extender la agitación y de intentar poner en marcha determinados movimientos. Pero, llevar a cabo esta política sin cuadros, sin sede fija de la sección sindical y sin posibilidad alguna de organizar una asamblea general, es imposible dentro del marco legal. Sin embargo, hay que dirigirse a los obreros y esto no es posible más que después de una preparación minuciosa para la que los bolcheviques cuentan con una técnica muy depurada: salvo excepciones, como la constituida por la campaña de los seguros, sólo pueden hacerse oír en mítines relámpago; estos últimos deben ser preparados con todo cuidado; en el momento preciso, debe atrancarse una puerta durante un descanso, en el comedor, o una escalera, durante la salida. Los oradores, por cuya seguridad se vela con estas medidas, deben, sin embargo, estar atentos al aviso de peligro para poder emprender la huida. La «toma de palabra» suele ser breve, el orador, por lo general, viene de fuera y, a veces, debe enmascararse con una gorra o un pañuelo para no ser identificado y denunciado. Los militantes de la fábrica tienen la misión de preparar el agrupamiento del auditorio y de velar por la seguridad de su camarada: en estos preparativos, deben multiplicar las precauciones por temor a los chivatos y tratar en lo posible de no hacerse notar durante la alocución, al tiempo que mantienen la vigilancia.
Cuando el militante se encuentra con obreros simpatizantes, es preciso llevar la discusión, que ya resulta peligrosa, al campo de las ideas. Para ello, deben evitarse loslugares públicos, demasiado concurridos y generalmente plagados de soplones. Igualmente peligrosa es la reunión que se realiza en un domicilio privado, pues, cuanto menos conocidas sean las direcciones de los militantes, menos información tendrá la policía. Esta es la razón de que las llamadas «reuniones volantes» se hagan en barca los días festivos, en una obra abandonada o en un almacén a la hora en que permanece desierto. Si se precisan reuniones con mayor asistencia, se organizan excursiones al bosque los domingos mientras una serie de vigilantes protegen a la asamblea de los paseantes indiscretos.
La organización clandestina
El obrero que ingresa en el partido está ya familiarizado con los métodos clandestinos. En lo sucesivo, va a sumergirse un poco más en ellos. Su nombre y su dirección sólo los conoce un responsable, tanto él como sus camaradas, utilizan un nombre de guerra que ha de cambiarse tantas veces como sea necesario para despistar a la policía. En la base, en el taller o la fábrica, se encuentra la célula, a la que también suele llamarse «comité» o «núcleo». Sus efectivos se amplían sólo por el sistema de consenso unánime a la designación de cada candidato, que debe ser examinado por todos los miembros antes de ser admitido en la organización.
Piatnitsky ha descrito minuciosamente la pirámide del partido en Odesa, antes de 1905: por encima de los comités de base, existen subradios, radios y por último el comité de ciudad, cuyos componentes han sido reclutados en su totalidad por el sistema antes descrito. Cada comité comprende una serie de militantes responsables a los que se asignan funciones específicas y que no mantienen contacto más que con sus homólogos del nivel inferior o superior: de esta forma se reducen los contactos verticales al mínimo con el fin de acrecentar la autonomía y de evitar que la caída de un individuo aislado provoque una cadena de detenciones en toda la organización. Mientras ello sea posible, los militantes no deben verse fuera de las reuniones: sin embargo existen unos días y horas, fijados en secreto, mediante los cuales y sólo en casos de absoluta necesidad, los militantes pueden tomar contacto, generalmente en un café, con la apariencia de un encuentro casual. El comité de Odesa se reúne en domicilios particulares: es el encargado de controlar a toda la organización y a sus miembros por intermedio de los radios y subradios, designando además a los oradores que habrán de tomar la palabra en los mítines de la fábrica y a los responsables de los grupos de estudio que los militantes deben formar en su entorno [21].
La organización de Moscú en 1908 es, a la vez, más compleja y más democrática: en la base, se encuentran las asambleas de fábrica, dirigidas por una comisión electa, en el nivel superior funcionan algunas subradios y, sobre todo, ocho radios, dirigidos por un comité elegido por las asambleas de fábrica. Dicho comité está asesorado por comisiones especializadas: la organización militar comprende un departamento técnico cuyo responsable sólo es conocido en todo el partido por el secretario; existe además una sección especial que se encarga de la propaganda antimilitarista, dirigida a los futuros reclutas, y del contacto con los obreros movilizados, un departamento para los estudiantes, otro para conferenciantes y periodistas que se dedica a utilizar sus respectivas competencias e incluso a crearlas, distribuyendo a unos y otros, según las necesidades, en los diferentes radios o en determinada comisión de fábrica; por último el comité cuenta con una comisión financiera [22].
El centro mismo del partido está constituido por el aparato técnico, cuyas numerosas y delicadas funciones exigen especialización, competencia y secreto. Es necesario conseguir pasaportes, elemento fundamental de toda actividad ilegal: los mejores, naturalmente, son los auténticos, es decir aquellos que corresponden a una persona viva y honorable; estos son los llamados «de hierro», Sin embargo la inmensa mayoría de los utilizados por el partido son pasaportes falsos, fabricados por los propios militantes. Durante la guerra, Shliapníkov posee un pasaporte a nombre de un ciudadano francés que, de vez en cuando, le hace merecedor de las atenciones de la policía, deseosa de halagar al súbdito de un país aliado. Kirilenko ingresa en el ejército con identidad falsa y llega a ser oficial. Una de las más importantes tareas encomendadas al aparato técnico, cuyos responsables son Piatnitsky y el georgiano Avelú Enukidze, la constituye el transporte y la difusión de la literatura que viene del extranjero: los envíos pasan la aduana en maletas de doble fondo pero también se utilizan redes de contrabando; los encargados de este trabajo son, o bien contrabandistas profesionales que reciben una remuneración, o bien militantes o simpatizantes que han organizado, por su cuenta, una vía de paso, utilizada, si llega el caso, por diferentes organizaciones políticas clandestinas.
Las imprentas ilegales son, tal vez, los instrumentos más problemáticos. Hay que instalarlas en un lugar aislado o bien en uno muy concurrido, generalmente se aprovecha para ello un sótano, a veces la cueva de una tienda, de forma que las obligadas idas y venidas no atraigan excesivamente la atención. Es necesario comprar la máquina y, para ello, aceptar condiciones de pago muy duras, ya que la venta ilegal es peligrosa también para el comerciante. A veces la máquina debe ser transportada, pieza por pieza, al lugar indicado. Los impresores miembros del partido son los encargados de proveer el material barato y los tipos de imprenta que, durante largos meses, han ido robando por pequeñas cantidades. El problema del papel, de su compra y de su transporte, suscita enormes dificultades tanto a la ida como a la vuelta -en tales ocasiones, utilizar una panadería o una frutería como pantalla, facilita no poco la operación. La circulación del material, impreso en el país o en el extranjero, constituye una operación de envergadura: suele dejarse la maleta en consigna; se contrata entonces a un transportista y se le da una dirección falsa, que se cambia por el camino, para llevarle a un almacén o a un garaje desocupados; pocos minutos después de haber sido efectuado el porte, todo ha desaparecido.
La actividad de los partisanos o boiéviki, unode cuyos líderes parece haber sido Stalin, había suscitado vivas polémicas en el partido. De hecho, las «expropiaciones» parecían constituir la parte más esencial de su actividad, implicando el peligro de una degeneración que desmoralizaría sin duda a importantes sectores de militantes, amenazando con desacreditar al partido entero.
En realidad, la financiación de las actividades del partido planteaba un grave problema pues las cotizaciones en ningún momento fueron suficientes. Un informe del comité de Bakú indica que, en determinados períodos, las aportaciones de los militantes no cubrieron ni el 3 por 100 de los ingresos. Sin embargo, Yaroslavsky [23] se refiere a comités locales como el de Ivanovo-Voznessensk y el de Lodz, donde las cuotas constituían el 50 por 100 de los ingresos. La mayor parte, por lo general, proviene de las periódicas suscripciones llevadas a cabo entre los intelectuales y las profesiones liberales y fiscalizadas por una comisión financiera especial. De esta forma y, por intermediario de Máximo Gorki, los bolcheviques percibieron las importantes donaciones de un rico simpatizante y, gracias a la mediación de Krasin, las ofrecidas, por el industrial Morozov. Uno de los más violentos conflictos entre mencheviques y bolcheviques surgió, precisamente, de la disputa que se originó acerca de la donación al partido de una suma enorme, legada por un estudiante simpatizante que se había suicidado y, una de cuyas hermanas, albacea testamentario, había contraído matrimonio con el bolchevique Taratuta [24]. Schapiro cita entre los más importantes apoyos financieros al estudiante Tijormikov, compañero de Mólotov en la Universidad de Kazán [25]. Por último, algunas expropiaciones contribuyeron notablemente a llenar las arcas del partido. No obstante, en la generalidad de los casos, escaseaba el dinero y los revolucionarios profesionales pasaban a veces varios meses a la espera de un salario que, según Yaroslavsky, podía oscilar entre 3 y 30 rublos al mes como máximo [26].
A pesar de la insistencia con que los bolcheviques subrayaban en su propaganda la necesidad de la alianza entre obreros y campesinos, el trabajo de organización de los mujiks apenas si fue iniciado antes de la revolución, salvo en el caso de algunos núcleos aislados de obreros agrícolas. Ciertos grupos de obreros se limitaron a difundir de vez en cuando folletos y panfletos en el campo.
El trabajo dirigido a los estudiantes revistió más amplias proporciones en las ciudades universitarias pues, en ellas, existían secciones social-demócratas estudiantiles y grupos socialistas donde se enfrentaban los estudiantes pertenecientes a las diferentes fracciones: los bolcheviques estaban introducidos dentro de estos grupos, que les servían para aumentar sus efectivos, procediendo, siempre que esto era posible, en la misma forma dentro de los círculos de estudiantes de enseñanza media. En 1907, un grupo de jóvenes bolcheviques, encabezados por Bujarin y Sokólnikov, convoca un congreso pan-ruso de estudiantes social-demócratas. Sin embargo, dicha organización desaparece al año siguiente; hasta 1917 no habrá nuevos intentos de constitución de una organización de juventudes vinculada a la línea bolchevique. Por entonces, parece imponerse el punto de vista de Krúpskaya: la compañera de Lenin deseaba que se constituyese una organización de jóvenes revolucionarios, dirigida por ellos mismos, a pesar del riesgo que podrían suponer sus errores, lo que, en su opinión, era preferible a ver a tal organización ahogarse bajo la tutela de una serie de «adultos» cargados de buenas intenciones. Pero, dada la situación de la juventud rusa, tal concepción excluía la posibilidad de construir una organización de jóvenes puramente bolchevique.
Los hombres
No obstante, el núcleo de la organización bolchevique, la «cohorte de hierro» compuesta por militantes profesionales, se ha reclutado entre gente muy joven, obreros o estudiantes, en una época y unas condiciones sociales que, ciertamente, no permiten una excesiva prolongación de la infancia, sobre todo, en las familias obreras. Los que renuncian a toda carrera y a toda ambición que no sea política y colectiva, son jóvenes de menos de veinte años que, de forma definitiva, emprenden una completa fusión con la lucha obrera. Mijail Tomsky, litógrafo, que ingresa en el partido a los veinticinco años, es una excepción en el conjunto, a pesar de los años que ha pasado luchando como independiente, pues, en efecto, a su edad, la mayoría de sus compañeros llevan bastantes años de militancia en el partido. El estudiante Piatakov, perteneciente a una gran familia de la burguesía ucraniana, se hace bolchevique a los veinte años, después de haber militado durante cierto tiempo en las filas de los anarquistas. El estudiante Rosenfeld, llamado Kamenev, tiene diecinueve años cuando ingresa en el partido, este es el caso igualmente del metalúrgico Schmidt y del mecánico de precisión Iván Nikitich Smirnov. A los dieciocho años se adhieren el metalúrgico Bakáiev, los estudiantes Bujarin y Krestinsky y el zapatero Kaganóvich. El empleado Zinóviev y los metalúrgicos Serebriakov y Lutovínov son bolcheviques desde los diecisiete años. Svérdlov trabaja de mancebo de una farmacia cuando empieza a militar a los dieciséis años, como el estudiante Kuibyschev. El zapatero Drobnis y el estudiante Smilgá ingresan en el partido a los quince años, Piatnitsky lo hace a los catorce. Todos estos jóvenes, cuando todavía no han pasado de la adolescencia son ya viejos militantes y cuadros del partido. Svérdlov, a los diecisiete años, dirige la organización social-demócrata de Sormovo: la policía zarista, al tratar de identificarle, le ha puesto el sobrenombre de «El chaval». Sokólnikov, a los dieciocho años, es ya secretario de uno de los radios de Moscú. Rikov solo tiene veinticuatro años cuando se convierte, en Londres, en portavoz de los komitetchiki e ingresa en el comité central. Cuando Zinóviev entra, a su vez, a formar parte del comité central, a los veinticuatro años, ya es conocido como responsable de los bolcheviques de San Petersburgo y redactor de Proletario. Kámenev tiene veintidós años cuando es enviado como delegado a Londres; Svérdlov sólo tiene veinte cuando acude a la conferencia de Tammerförs. Serebriakov es el organizador y uno de los veinte delegados de las organizaciones clandestinas rusas que en 1912acuden a Praga, tiene entonces veinticuatro años.
Estos jóvenes han acudido en olas sucesivas, siguiendo el ritmo de las huelgas y de los momentos culminantes del movimiento revolucionario. -Los más antiguos empezaron a militar alrededor de 1898 y sehicieron bolcheviques a partir de 1903; tras ellos vino la generación de 1905 y años consecutivos; por último, una tercera avalancha se integra a partir de 1911 y 1912. La vida de estos hombres se mide por años de presidio, de acción clandestina, de condenas, de deportaciones y de exilios. Piatnitsky que nació en 1882, milita desde 1896. Tras ser detenido en 1902, se fuga, se une a la organización «iskrista» y más adelante emigra. Trabaja en el extranjero hasta 1905. Vuelve a Rusia en este mismo año, se integra en la organización de Odesa hasta 1906, más adelante en la de Moscú de 1906 a 1908. Es detenido, consigue de nuevo evadirse, pasa a Alemania y asume allí un importante cargo en el aparato técnico hasta 1913. Durante este tiempo aprende el oficio de electricista. Vuelve clandestinamente a Rusia en 1913., encuentra trabajo en una fábrica y es detenido y deportado de nuevo hasta 1914. Sin embargo, hay otras biografías todavía más impresionantes: Sergio Mrachkovsky nace en la cárcel donde se encuentran sus padres, presos políticos, pasa allí su infancia antes de volver ya adulto y, esta vez, por propia voluntad; Tomsky, en 1917, tiene treinta y siete años y cuenta en su haber con diez años de prisión o deportación. Vladimir Miliutin ha sido detenido ocho veces, en cinco ocasiones ha sido condenado a prisión pasando por dos deportaciones; Drobnis ha purgado seis años de cárcel y ha sido condenado a muerte tres veces.
La moral de estos hombres es de una solidez a toda prueba: ofrecen lo mejor de ellos mismos, con el convencimiento de que sólo de esta forma, pueden expresar todas las posibilidades que hierven en sus jóvenes inteligencias. Sverdlov, clandestino desde los diecinueve años y enviado por el partido para organizar a los obreros de Kostroma en el Norte, escribe a un amigo: «A veces añoro Nijni-Novgorod, pero, en definitiva, estoy contento de haber partido, porque allí no hubiese podido abrir las alas que creo poseer. En Novgorod he aprendido a trabajar y he llegado aquí en posesión de una experiencia: cuento con un amplio campo de acción donde emplear mis fuerzas» [27]. Preobrazhensky, principal líder del partido ilegal del Ural durante el periodo de reacción, es detenido y juzgado. Cuando Kerensky, su abogado, intenta negar los cargos que se le imputan, se pone en pie de un salto, le desautoriza, afirma sus convicciones y reivindica la responsabilidad de su acción revolucionaria. Naturalmente resulta condenado: sólo después de la victoria de la revolución, descubrirá el partido que este hombre, revolucionario profesional desde los dieciocho años, es un economista de enorme valía.
Los revolucionarios estudian: algunos, como Piatakov, que escribe un ensayo sobre Spengler, durante el periodo en que la policía le acosa en Ucrania, en 1918, o como Bujarin, son relevantes intelectuales. Los otros, aunque menos brillantes, estudian también siempre que pueden, ya que el partido es una escuela, y esto no sólo en sentido figurado. En sus filas se suele aprender a leer y, cada militante, se convierte en jefe de estudios de un grupo en el que se educa y se discute. Los adversarios del bolchevismo suelen burlarse de este gusto por los libros que, en determinados momentos, convierte al partido en una especie de «club de sociología»; sin embargo, a la preparación de la conferencia de Praga contribuye con toda clase de garantías de efectividad la escuela de cuadros de Longjumeau, integrada por varias decenas de militantes que escuchan y discuten cuarenta y cinco lecciones de Lenin, treinta de las cuales versan sobre economía política y diez sobre la cuestión agraria, además, se imparten clases de historia del partido ruso, de historia del movimiento obrero occidental, de derecho, de literatura y de técnica periodística. Naturalmente, no todos los bolcheviques son pozos de ciencia, pero su cultura los eleva muy por encima del nivel medio de las masas; en sus filas se cuentan algunos de los intelectuales más brillantes de nuestra época. Sin duda alguna, el partido educa y, de todas formas, el revolucionario profesional dista mucho de ser el precoz burócrata descrito por los detractores del bolchevismo.
Trotsky, que conocía bien a estos hombres y llevó su mismo tipo de vida, a pesar de no ser bolchevique aún, escribió respecto a ellos: «La juventud de la generación revolucionaria coincidía con la del movimiento obrero. Era el momento de los hombres de 18 a 30 años. Los revolucionarios de mayor edad eran contados con los dedos de la mano y parecían ancianos. El movimiento desconocía por completo el arribismo, se nutría de su fe en el futuro y su espíritu de sacrificio. No existía rutina alguna, ni fórmulas convencionales, ni gestos teatrales, ni procedimientos retóricos. El patetismo que empezaba a surgir era tímido y torpe. Incluso palabras como «comité» y «partido», resultaban nuevas aún, conservando su aureola y despertando en los jóvenes unas resonancias vibrantes y conmovedoras. El que ingresaba en la organización sabía que la prisión y la deportación le esperaban, dentro de unos meses. El pundonor del militante se cifraba en resistir el mayor tiempo posible sin ser detenido, en comportarse dignamente ante la policía, en secundar cuanto se pudiese a los camaradas detenidos, en leer el mayor número de libros en la cárcel, en evadirse cuanto antes de la deportación para ir al extranjero y hacer allí provisión de conocimientos, con el fin de volver y reanudar el trabajo revolucionario. Los revolucionarios creían en aquello que enseñaban, ninguna otra razón podría haberles llevado, de no ser así, a emprender su vía crucis» [28].
Ciertamente, nada puede explicar mejor las victorias del bolchevismo y, sobre todo, su conquista, lenta al principio, más tarde fulminante, de aquellos a los que Bujarin denomina el «segundo círculo concéntrico del partido», los obreros revolucionarios, que constituyen sus antenas y sus palancas, como organizadores de los sindicatos y comités del partido, como focos de resistencia y centro de iniciativas; son líderes y educadores infatigables, merced a cuya acción pudo integrarse el partido con la clase y dirigirla. La historia ha olvidado los nombres de casi todos ellos: Lenin los llama cuadros «a la Kayúrov», por el nombre del obrero que le esconde en 1917 durante unos días y en el que siempre depositará su confianza. Sin la existencia de estos hombres, resulta imposible comprender el «milagro» bolchevique.
Lenin
Cualquier estudio del partido bolchevique resultaría incompleto si no incluyese la descripción de aquel que lo fundó y encabezó hasta su muerte. Ciertamente, Lenin se identifica en cierto modo con el partido: pero, sin embargo, sus características personales rompen tal analogía. En primer lugar, él es prácticamente el único representante de su generación, pues sus primeros compañeros en la lucha, Plejanov, mayor que él y Mártov, de su misma edad, dirigen a los mencheviques. Sus lugartenientes de la primera época, Krasin y Bogdanov, se han distanciado. En el momento de la conferencia de Praga, los más antiguos de sus colaboradores inmediatos, Zinóviev, Kamenev, Svérdlov y Noguín, tienen todos ellos menos de treinta años. Lenin cuenta entonces cuarenta y dos años; entre los bolcheviques, es el único en pertenecer a la generación anterior a Iskra, es decir a la de los pioneros del marxismo ruso. Los hombres jóvenes de la dirección bolchevique son, ante todo, sus discípulos.
No es este el lugar adecuado para abordar un análisis de la capacidad intelectual de Lenin, de su cultura, de su enorme potencial de trabajo, de la agilidad de sus razonamientos, de la lucidez de su análisis y de la hondura de sus perspectivas. Limitémonos a subrayar que, convencido como estaba de la necesidad del partido como instrumento de la historia, emprendió apasionadamente su construcción y consolidación durante todo el período que precedió al estallido de 1917 apoyándose para ello, en las perspectivas y datos que ofrecía el propio movimiento de masas, al tiempo que hacía gala de una excepcional confianza en la solidez de su propio análisis e intuición. Completamente convencido de que los conflictos ideológicos resultan inevitables, Lenin afirma, en una carta dirigida a Krasin, que «constituye una completa utopía, esperar una solidaridad absoluta dentro del comité central o entre sus miembros». Lucha para convencer, tan seguro e estar en lo cierto como de que el propio desarrollo político de los acontecimientos será la mejor confirmación de sus tesis. Esta es la razón de que termine por aceptar, sin demasiado resentimiento, una derrota que considera puramente provisional, como la sufrida frente a los komitetchiki en el congreso de 1905, en vísperas de una revolución de la que espera la destrucción de todas las rutinas. Hacia el final del mismo año, cede, ante el impulso de los militantes que desean una reunificación, prematura en su opinión, limitando de antemano las posibles pérdidas por la concentración de su esfuerzo en conseguir, dentro del partido unificado, que la elección de miembros del comité central se haga según el principio de representación proporcional de las tendencias. Entre 1906 y 1910, redobla su acción para convencer a los disidentes de su fracción, dejando, por último, que ellos mismos tomen la iniciativa de la ruptura. En 1910, se inclina ante la política de los «conciliadores», defendida por Dubrovinsky , al que considera como elemento de gran valía y al que espera convencer rápidamente por la experiencia.
No obstante, sobre las cuestiones que considera fundamentales, se mantiene en la más absoluta intransigencia -a su ver, el trabajo ilegal constituye una de las piedras de toque que confirman la naturaleza revolucionaria de la acción emprendida-, de vez en cuando, llega a un acuerdo o se retracta, y no sólo cuando, por encontrarse en minoría, debe dar ejemplo de la disciplina que exige cuando cuenta con la mayoría. Su objetivo no es tener razón solo, sino fabricar el instrumento que le permitirá intervenir en la lucha de clases y tener razón a escala histórica, «a escala de millones», como gusta repetir: para conservar su fracción, compuesta por esos hombres cuidadosamente elegidos durante años, sabe esperar e incluso doblegarse; sin embargo, jamás oculta que no vacilaría ni un momento en empezar de nuevo si sus adversarios insistiesen en poner lo esencial en tela de juicio. En la polémica ideológica o táctica, parece interesarse particularmente por la exacerbación de las diferencias, forzando las contradicciones hasta el límite, revelando los contrastes y esquematizando e incluso caricaturizando el punto de vista de su oponente. Son estos los métodos de un luchador que busca la victoria y no el compromiso, que quiere llegar a desmontar el mecanismo del pensamiento de su antagonista para reducir los problemas a unos elementos que sean comprendidos con facilidad por todo el mundo. Sin embargo, nunca pierde de vista la necesidad de conservar la colaboración, en la empresa común, de aquel con quien está manteniendo el duelo dialéctico. Durante la guerra, Bujarin y él no llegaban a un acuerdo respecto al problema del estado; Lenin le pide entonces que no publique ningún trabajo sobre esta cuestión para no acentuar los desacuerdos sobre unos extremos que, en su opinión, ni uno ni otro han estudiado suficientemente. Lenin argumenta siempre, cediendo a veces, pero jamás renuncia a convencer al final, pues sólo así -a pesar de lo que hayan podido alegar sus detractores- obtuvo sus victorias y se convirtió en jefe indiscutible de la fracción, construida con sus propias manos y cuyos hombres escogió y educó personalmente. Por otra parte, tal actitud le parece perfectamente normal, como lo demuestran las palabras que dirige a los que se preocupan por los conflictos surgidos entre compañeros de armas: «Que los sentimentales se lamenten y giman: ¡Más conflictos! ¡Más diferencias internas! ¡Aun más polémicas! Nosotros respondemos: jamás se ha formado una social-democracia revolucionaria sin continuo surgimiento de nuevas luchas» [29]. Por ello, la inmensa autoridad que posee sobre sus compañeros, no es la del sacerdote ni la del oficial, sino la del pedagogo y la del camarada, la del maestro y la del veterano -familiarmente se le suele llamar «El viejo»- cuya integridad y perspicacia se admira y cuyos conocimientos y experiencia son muy estimados; por otra parte, es evidente su huella en la historia reciente y todo el mundo ve en él al constructor de la fracción y del partido. Su influencia se basa en la vigorosa fuerza de sus ideas, de su temple de luchador de su genio polémico, antes que en el conformismo o en e acatamiento de una severa disciplina. Todos sus compañeros, de Krasin a Bujarin, manifestarán hasta que punto supone para ellos un verdadero problema de conciencia enfrentarse con él. Sin embargo, no reparan en hacerlo pues se trata de un deber, él mismo lo afirma, «el primero de los deberes de un revolucionario» es criticar a sus dirigentes: los discípulos no serían por tanto dignos de su maestro si no se atreviesen a combatir su punto de vista cuando piensan que está equivocado. Además, un partido revolucionario no se construye con robots. Esta es la opinión de Lenin cuando escribe a Bujarin que, si prescindiesen de las personas inteligentes pero poco disciplinadas y no conservasen más que a los imbéciles disciplinados, el partido se iría a pique. He aquí el motivo de que, tanto la historia del partido, como la de la fracción, no sean, desde 1903, sino una larga sucesión de conflictos ideológicos que Lenin supera sucesivamente merced a un prolongado alarde de paciencia. A este respecto, resulta extremadamente difícil separar el estudio de la personalidad de Lenin del de su fracción, cuya unidad de criterio surge de la discusión, casi permanente, que se opera, tanto sobre las cuestiones fundamentales como a propósito de la táctica a seguir en cada momento.
Por otra parte, el éxito en la empresa de organización, se explica por la capacidad de Lenin para agrupar, mediante la lucha en el campo de las ideas, a elementos tan dispares, a caracteres tan opuestos y a personalidades tan contradictorias como Zinóviev, Stalin, Kámenev, Svérdlov,, Preobrazhensky y Bujarin: «el ejército de hierro» que pretendía ser -y de hecho fue- el partido bolchevique, surgía, no sólo de aquel «maravilloso proletariado» al que se refería Deutscher, sino también de la mente del hombre que había escogido este medio para construirlo.
Mas esto explica igualmente la soledad de Lenin. En última instancia ningún militante del partido se encuentra a la altura de las capacidades de su líder: sin duda Lenin cuenta con auxiliares y discípulos, colaboradores y compañeros a la vez, pero, salvo la excepción de Trotsky -cuya propia personalidad es tal vez suficientemente aclaratoria del hecho de no haber sido bolchevique y del de no haber aceptado la hegemonía de Lenin hasta 1917- no establecerá con nadie una camaradería de igual a igual. Esta es una de las razones de que, más adelante, los viejos bolcheviques le consideren insustituible, y esto, a pesar de que, como dijo Preobrazensky, no era tanto «timonel como cemento de la masa». Si, como Bujarin, admitimos que las victorias del partido se debían tanto a su «solidez marxista» como a su «flexibilidad táctica» -esta era la opinión de los viejos bolcheviques-, tendremos que reconocer asimismo que, bajo esta doble faceta, Lenin era el único motor y que, con el tiempo, escarmentados por sus sucesivas derrotas, sus adversarios bolcheviques habían aprendido a ceder ante él. Este es el momento en que la etapa revolucionaria, al sumergirle en esa historia en la que son protagonistas «millones y millones», le priva definitivamente de la posibilidad de formar la generación de los que tal vez hubieran podido medirse con él victoriosamente. En cualquier caso, esta es la hipótesis que sugiere la historia del partido hasta la muerte de Lenin, muerte que hizo posible que, de su pensamiento antidogmático por excelencia, naciese el dogma del «leninismo», que terminará por suplantar al propio espíritu «bolchevique» que había sabido crear.
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[1] Citado por Brian Pearce: «Building the bolshevik party», en Labour Review, nº 1, 1960, pp. 28-29.
[2] Citado por Pearce, ibídem, pág. 27.
[3] Yaroslaysky, Histoire du P. C. de l’U.R.S.S., pág. 197.
[4] Lenin, Oeuvres Choisies, t. 1, pág. 464.
[5] Lenin, Selected Works, vol, IX, pág. 92
[6] Lenin, Sochineníya, 3ª ed., vol. VIII, págs. 13-15.
[7] Ibídem, vol. X, pág. 170.
[8] Krúpskaya, Ma vie avec Lénine, pág. 142.
[9] Citado por Trotsky, Ecrits, t. 1, pág. 322.
[10] Citado por Zinóviev. Histoire du P. C. R., págs. 103-104
[11] Ibídem, págs. 105-106.
[12] Citado por John Daniels, Labour Review nº 2, 1957, pág, 48
[13] Citado por Brian Pearce, op, cit, pág. 29.
[14] Citado por John Daniels, op. cit., pág, 48.
[15] Krúpskaya, op. cit., pág. 77.
[16] Badaiev, Les bolcheviks au Parlement tsariste, pág, 49.
[17] Piatnitsky, Souvenirs d' un, bolchevik, pág. 148
[18] Badaiev, op. Cit., pág 215.
[19] Deutscher. El profeta armado
[20] Shliapníkov, «A la veille de 1917», Bull. com., dic. 1923, página 598
[21] Piatnitsky, op. cit., págs. 100-101.
[22] ibídem, págs. 136-138.
[23] Yaroslavsky, op. cit., pág. 163.
[24] Schapiro, The Communist Party Of The Soviet Union, págs. 107-108
[25] Ibídem, pág. 130.
[26] Yaroslavsky, op. cit., pág. 164.
[27] Citado por Bobrovskaia, Le premier président de la république du travail, pág. 14.
[28] Trotsky, Stalin, pág. 73.
[29] Lenin, Sochineniya, 3ª ed., vol, XII, pág. 393
CAPÍTULO IV
EL PARTIDO Y LA REVOLUCION
El partido que, en octubre de 1917, tomó el poder en Petrogrado, surgía directamente de la organización que Lenin construyó a principios de siglo. Sin embargo, el partido ha cambiado sustancialmente, transformándose por el influjo de la ola revolucionaria que ha llevado a sus filas a decenas de miles de obreros y soldados, lanzando a millones de hombres a la acción política. La que fue pequeña organización de revolucionarios profesionales, se ha convertido en un gran partido revolucionario de masas; este es el sentido que hay que dar a la gran polémica acerca de la organización que tuvo lugar entre bolcheviques y mencheviques, resolviéndose a favor de los primeros. En realidad, el partido bolchevique, al tomar el poder, dio una solución definitiva a la cuestión teórica de la naturaleza de la revolución en Rusia que, desde 1905, subyacía en los conflictos organizativos entre socialdemócratas.
Los problemas de la revolución antes de 1905
En 1903, los bolcheviques y los mencheviques no parecen mostrar divergencias más que en cuanto concierne a la cuestión de los medios que permitiesen alcanzar el fin supremo, es decir, la conquista del poder por la clase obrera y la instauración el socialismo. No obstante, la polémica que se origino en el II Congreso, revela, en definitiva, divergencias más profundas. Karl Marx esperaba que la revolución se llevase a cabo con anterioridad en los países más avanzados donde una revolución burguesa, como la francesa de 1789, habría sentado ya las condiciones de desarrollo del capitalismo al destruir el poder de la aristocracia rural y del absolutismo. Los primeros discípulos rusos de Marx consideraron que la tarea revolucionaria inmediata en Rusia era el derrocamiento de la autocracia zarista y la consiguiente transformación de la sociedad desde una óptica burguesa y capitalista con la instauración de una democracia política. Los «marxistas legales», discípulos de Pedro Struve, llevaron esta tesis hasta sus últimas consecuencias, convirtiéndose entonces el propio Struve en el apóstol del desarrollo capitalista ruso y uniéndose al partido cadete y al liberalismo político. Si bien los pertenecientes al equipo de Iskra aceptaron construir un partido obrero, las discusiones que siguieron a la escisión constituyeron un claro exponente de su falta de armonía en cuanto a los objetivos inmediatos que tal partido debería asignarse. Los mencheviques acusan a los bolcheviques de abandono de las perspectivas de Marx, de intentar organizar artificialmente una revolución proletaria por medio de conspiraciones a pesar de que, en una primera fase, las condiciones objetivas sólo permitan una revolución burguesa. Los bolcheviques, por su parte, arguyen que los mencheviques se niegan a organizar y preparar una revolución proletaria, postergándola a un futuro bastante lejano; esta actitud termina por hacer de ellos los defensores de una especie de desarrollo histórico espontáneo que habría de conducir automáticamente al socialismo a través de una serie de «etapas» revolucionarias diferentes, burguesa-democrática la primera y proletario-socialista la segunda, y, por último, que este fatalismo les hace limitar, en lo inmediato, la acción de los obreros y de los socialistas en general, al papel de fuerza de apoyo para la burguesía en su lucha contra la autocracia y en favor de las libertades democráticas.
De hecho, los argumentos que desarrollan los mencheviques a partir de la escisión se asemejan cada vez más a los utilizados en Occidente por los mantenedores del socialismo reformista, habida cuenta de que, paradójicamente, no existe en Rusia una aristocracia obrera similar a la que, en los países avanzados, da una base social al reformismo.
La discusión a la luz de la revolución de 1905
Para todos los social-demócratas rusos, la revolución de 1905 ha sido una revolución burguesa en cuanto a sus principales objetivos, a saber, la elección de una asamblea constituyente y la instauración de libertades democráticas. Pero resulta no menos claro que tal revolución burguesa fue llevada a cabo íntegramente por la clase obrera, con sus instrumentos de clase, sus manifestaciones callejeras y sus huelgas, fue el resultado de la insurrección de los obreros de Moscú. A pesar de haberse dado algunos motines de soldados y de campesinos encuadrados en el ejército, así como de los breves destellos de algunas revueltas campesinas, en general el campo no se movilizó. El zarismo conservó, en definitiva, el control del ejército y los campesinos que lo integraban terminaron por aplastar al movimiento obrero. En cuanto a la burguesía, desde el momento en que la autocracia hizo las primeras concesiones, se echó atrás, abandonando la lucha a pesar de que sus aspiraciones distasen mucho de estar completamente satisfechas. Tanto los mencheviques como los bolcheviques se lanzaron a la acción revolucionaria con idéntica resolución y sin ningún tipo de reserva; el líder de uno de los motines más importantes fue el joven oficial menchevique Antónov-Ovseienko que encabezó la insurrección en su propia unidad. Tras de la derrota, unos y otros vuelven a ponerse de acuerdo en cuanto al análisis básico y a la explicación del fracaso: la burguesía ha retrocedido por miedo a las masas obreras y la pasividad de los campesinos ha resultado ser el principal obstáculo y el arma más importante de la contrarrevolución. Sin embargo, difieren en cuanto a las conclusiones que se pueden extraer de esta primera experiencia revolucionaria.
Los mencheviques, por su parte, no parecen excesivamente sorprendidos por el fracaso. Posteriormente, Plejanov ha sancionado como erróneo el recurso a las armas que tuvo lugar en Moscú. El desarrollo de los acontecimientos, en definitiva, confirma su conocida opinión de que una revolución socialista cuyo peso repose únicamente sobre la clase obrera , exige previamente un crecimiento de las fuerzas productivas a lo largo de una fase de desarrollo capitalista que sólo puede darse después de una revolución burguesa. Por tanto, es preciso distinguir las dos etapas por las que habrá de pasar Rusia desde su situación semi-feudal a la victoria del socialismo: en primer lugar una revolución burguesa y democrática que realizará una labor equivalente a la revolución francesa de 1789 y posteriormente, con vistas a la transformación capitalista de la sociedad, una revolución socialista encabezada por el proletariado que, de esta forma, se convertirá en la clase dominante desde el punto de vista numérico antes de serlo también desde el político. Estas dos fases históricas, estas dos etapas revolucionarias, estarán forzosamente separadas por un lapso de tiempo mas o menos largo. Este es el análisis que conduce a un cierto número de mencheviques a defender la idea de una alianza de los socialistas con la burguesía liberal en una primera etapa; así se justifica la tendencia que Lenin llamará «liquidacionista», dado su abandono del intento de construir un partido obrero al que ya no se considera instrumento indispensable de la victoria ni siquiera en la primera fase.
Para los bolcheviques la revolución de 1905 ha demostrado que el proletariado era capaz de acabar simultáneamente con sus dos enemigos, la autocracia y la burguesía, a condición de contar con el apoyo del campesinado que le faltó en 1905. Lenin manifiesta su acuerdo con los mencheviques al reconocer la necesidad para Rusia de pasar por la etapa de la revolución democrático burguesa antes que por la de revolución socialista proletaria; sin embargo, la experiencia de 1905, en su opinión, demuestra que, por temor a la clase obrera, la burguesía es incapaz de llevarla a cabo y que esto sólo puede hacerlo un proletariado que consiga aliarse con el campesinado hambriento de tierra. La revolución democrático-burguesa en Rusia no se hará pues, bajo la dirección de la burguesía como ocurrió en los países adelantados; sólo podrá llevarse a cabo si es dirigida por una «dictadura revolucionaria y democrática el proletariado y del campesinado» que «tal vez ofrecería la posibilidad de levantar a Europa», «ayudándonos en la empresa de completar la revolución mundial el proletariado socialista europeo al desembarazarse del yugo que le impone la burguesía» [1]. De esta forma Lenin, al tiempo que mantiene la distinción entre las dos etapas, introduce en su esquema dos elementos de transición que le permiten situar su análisis en concordancia con las célebres frases de Marx a propósito de la «revolución ininterrumpida» [2]: en determinadas circunstancias, la revolución socialista podría surgir simultáneamente en Rusia y en Europa, como consecuencia de la revolución democrático-burguesa rusa, lo que convierte la construcción de un partido obrero social-demócrata ruso en una necesidad insoslayable.
Trotsky es el único dirigente social-demócrata destacado que desempeña un papel importante en la revolución de 1905. A pesar de sus vínculos organizativos con los mencheviques, se opone de forma radical a sus concepciones teóricas; a esta época pertenecen los elementos esenciales de su teoría de la «revolución permanente». Para él, el rasgo más característico de la estructura social rusa es el desarrollo de una industria capitalista patrocinada por el estado y basada en los capitales extranjeros. Por tanto existe un proletariado, cuando todavía no se puede afirmar la existencia de una auténtica burguesía, lo que supone que, «en un país atrasado económicamente, el proletariado puede hacerse con el poder antes que en un país capitalista avanzado» [3]. Ahora bien, el desarrollo de la revolución de 1905 ha demostrado, a su vez, «que, una vez instalado en el poder, el proletariado, por la propia lógica de la situación, se verá impulsado a administrar la economía como un asunto de estado» [4], lo cual supone que la completa realización de la revolución democrático -burguesa por el proletariado implica automáticamente el paso simultáneo a la realización de la revolución socialista. Las condiciones exigidas por Lenin para la transición de la primera a la segunda etapa, a saber, el apoyo de los campesinos en su lucha por la propiedad de la tierra y el desarrollo de la revolución en los países avanzados, no son ya, para Trotsky, sino meros apéndices de la victoria final, rechazando así la fórmula de la «dictadura democrática encabezada por el proletariado y apoyada por el campesinado». La posibilidad de victoria del socialismo en un solo país le parece tan remota como al propio Lenin: «Sin el apoyo directo desde el estado, del proletariado europeo, la clase obrera rusa será incapaz de mantenerse en el poder y de transformar la transitoria supremacía del proletariado en dictadura duradera» [5].
Los socialistas y los soviets
Desde el punto de vista de los historiadores, el hecho capital de la historia de la revolución de 1905 es, sin duda alguna, el surgimiento de los soviets, gracias a los cuales triunfaron en 1917 tanto la revolución proletaria como el partido bolchevique. Tanto más interesante resulta constatar que los soviets no fueron organizados por una de las tendencias del movimiento obrero y que la polémica entre socialistas, después de 1905, parece no reparar en este punto.
El primer soviet apareció en Ivanovo-Voznessensk, llamado el «Manchester ruso»; tuvo su origen en un comité de huelga y en las asambleas que celebraban diariamente los obreros durante los 72 días que duró el conflicto [6]. La forma de consejo electo de delegados, sometidos al control directo de sus electores y a la revocabilidad de sus cargos, hizo así su aparición en Rusia; en adelante iba a ser adoptada en todos los centros obreros. Parece ser que el soviet de San Petersburgo surgió de la iniciativa de los impresores, empezando en seguida a ampliar su campo, captándose a los delegados de fábrica que representan a todos los obreros de la capital, a los representantes de los sindicatos no obreros y a la diferentes fracciones de la social-democracia. Este es el centro que dirige la huelga general, asumiendo, al mismo tiempo, la responsabilidad de asegurar el orden, regulando lo transportes y otros servicios públicos cuyo funcionamiento es imprescindible para su propio éxito; después de la vuelta al trabajo, el soviet impone igualmente la jornada de ocho horas en las fábricas. También toma la iniciativa de publicar un periódico diario, Izvestia (Las Noticias), organiza la lucha contra el impuesto, publica el célebre manifiesto en el que se advierte a los prestamistas extranjeros que la revolución no pagará los réditos de los préstamos rusos y, por último, impone, para hacer frente a la inflación creciente, el pago de los salarios en moneda convertible en oro. Por otra parte, el soviet de San Petersburgo impulsa y fomenta la organización de sindicatos y organiza unos grupos obreros de auto-defensa que reprimen el intento de pogrom que pretende llevar a cabo los «Cien Negros» [7]. El ejemplo que ofrece y la publicidad que adquiere su actividad originan la formación de soviets en todas las grandes capitales: sea cual fuere la ocasión que permite su creación o su punto de partida local, ya se trate de un comité de huelga, de un comité de acción o de una asamblea, los soviets de 1905 son consejos formados por delegados de los trabajadores que se agrupan en torno a los delegados de fábricas, elegidos por el conjunto de obreros organizados o independientes y que se componen de representantes cuyos electores pueden invocar en cualquier momento la revocabilidad de sus mandatos. A corto plazo, todos ellos acaban funcionando como autoridades revolucionarias que ejercen un poder antagónico al del Estado, un doble poder de hecho, que se apoya en el ejercicio de la autoridad de los trabajadores, generalmente represiva para las otras clases de la sociedad.
Los mencheviques, cuya propaganda no tuvo inconveniente en lanzar consignas como «Estado popular», «autoadministración» o «comuna», sostuvieron la creación de soviets, desempeñando en ellos un papel nada despreciable. Desde su perspectiva de revolución burguesa, sin embargo, no pueden considerarlos como órganos de un poder cuyo ejercicio duradero sea posible. Los mencheviques de San Petersburgo, influidos por Trotsky, actúan en contradicción con los dirigentes de la emigración. De hecho, la mayoría de los mencheviques considera a los soviets como el punto de arranque del partido de masas o de los sindicatos a la alemana que aspiran a construir y desarrollar según su esquema que supone que la sociedad rusa habrá de alinearse, según las pautas de la sociedad capitalista y democrática de Europa occidental.
Hemos visto hasta qué punto los bolcheviques desconfían de los soviets: algunos no ven en ellos sino el intento de construcción de un organismo informe e irresponsable que se enfrenta con la autoridad del partido. Los bolcheviques de San Petersburgo, comienzan por negarse a participar como tales en el soviet de delegados obreros y para decidirlos será preciso que se ejerzan el prestigio y la influencia de Trotsky sobre Krasin, representante del comité central. En general, los que más simpatizan con los soviets los consideran, en el mejor de los casos, como meros instrumentos auxiliares del partido, Ni siquiera el propio Lenin parece haberles dado la importancia y el significado que, en 1917, se verá obligado a reconocerles. De esta forma, tras la disolución del soviet de San Petersburgo, da la razón a los bolcheviques que se oponen a la admisión en ellos de los anarquistas: en su opinión, el soviet no es «ni un parlamento obrero ni un órgano de autogobierno proletario», se trata sencillamente de una «organización de lucha que se plantea unos objetivos determinados» [8]. En 1907 admite que sería necesario un estudio científico de la cuestión para tratar de averiguar si los soviets constituyen en realidad «un poder revolucionario» [9]. En el mes de enero de 1917, en una conferencia sobre la revolución de 1905 sólo menciona a los soviets de pasada, definiéndolos como «órganos de lucha» [10]. Tendrán que pasar algunas semanas antes de que su análisis se modifique por la influencia de Bujarin, del holandés Pannekoek y sobre todo, del papel desempeñado por los nuevos soviets rusos.
También respecto a esta cuestión, Trotsky aparece como una figura aislada y precursora. Desde el corazón mismo de la experiencia del soviet de San Petersburgo extrae sus conclusiones, hace balance de su acción y, por último, afirma: «Si duda alguna, en la próxima explosión revolucionaria, se formarán consejos obreros como este en todo el país. Un soviet pan-ruso de obreros, organizado por un consejo nacional (...) asumirá la dirección (...). El futuro soviet, deducirá de estos cincuenta días todo su programa de acción (...) , cooperación revolucionaria con el ejército, el campesinado y 1os sectores más humildes de las clases medias, abolición del absolutismo y destrucción de su aparato militar, abolición de la policía y del aparato burocrático, jornada de ocho horas, distribución de armas al pueblo y sobre todo a los obreros; transformación de los soviets en órganos revolucionarios de gobierno en las ciudades, formación de soviets campesinos para dirigir, desde el campo, la realización de la reforma agraria; elecciones para la Asamblea Constituyente» [11]. En otra ocasión afirma; «Este plan es más fácil de formular que de aplicar, mas, sí la revolución debe imponerse, el proletariado no puede menos que asumir tal papel. Cumplirá con esta tarea revolucionaria sin parangón en la historia universal» [12].
Tras de haber sido prácticamente el único en afirmar, como lo hizo ante sus jueces, que el soviet, «organización típica de la revolución», considerada como «organización del propio proletariado» se convertiría en el «órgano de poder de la clase obrera» [13], Trotsky permanecería apartado de la polémica fundamental de los social-demócratas a propósito de la participación en el gobierno provisional que habría de surgir de una nueva revolución. Los mencheviques se pronuncian en contra de tal participación, argumentando que es la burguesía la encargada de dirigir la revolución burguesa y que el papel de los socialistas debe ser permanecer en la oposición y rehusar cualquier participación en el poder puesto que a ellos corresponde el fortalecimiento de las posiciones de la clase obrera impidiendo al mismo tiempo un prematuro compromiso en la lucha por el socialismo. Por su parte, los bolcheviques afirmaban que, al renunciar a participar en un gobierno provisional, los social-demócratas renunciarían al mismo tiempo a la realización de la revolución democrática. Ciertamente, la Historia parece burlarse de ellos cuando, en 1917 , son precisamente los mencheviques los que aceptan la participación en el gobierno provisional, mientras que los bolcheviques les reprochan tal actitud, como si de una traición se tratara, ello se debía a, que, en aquella época, la construcción de los soviets se había convertido en la tarea de obreros y campesinos y este desarrollo revolucionario espontáneo y tumultuoso, había superado de manera definitiva las viejas polémicas, con idéntico efecto al que, algunos años antes, había tenido la guerra.
La guerra: nuevas posiciones
La guerra de 1914 va a trazar nuevas líneas de demarcación en las posiciones de los social-demócratas. Los grandes partidos de la II Internacional, los socialistas franceses y los social-demócratas alemanes -salvo el pequeño grupo internacionalista de Rosa Luxemburgo y Karl Liebknecht-, participan en la santa alianza; en ambos bandos, sostienen la defensa nacional, supeditan la lucha por el socialismo e incluso cualquier lucha obrera inmediata, a la necesidad de someter previamente por la fuerza de las armas al militarismo imperialista del enemigo. De hecho, en los países occidentales, los partidos socialistas optan por la preservación de los vínculos que les unen a sus respectivas burguesías, solidarizándose con ellas en el conflicto bélico: la Internacional, como organización obrera ha entrado en quiebra, puesto que sus dirigentes, sea cual fuere el país o el sistema de alianzas en el que se hallen incluidos, colocan su solidaridad nacional con el Estado por encima de la solidaridad internacional con los obreros de los demás países. En términos leninistas, durante este proceso, el reformismo se convierte en «social-chovinismo». En tales condiciones, no puede por tanto sorprendernos que la corriente patriótica haya sido menos vigorosa en Rusia que en Occidente: el reformismo no contaba allí con una base social propia y la declaración de guerra es utilizada de inmediato y sin ningún pudor por el gobierno zarista para justificar la prohibición de la prensa obrera de todas las tendencias. Los diputados bolcheviques y mencheviques de la Duma llegarán a un acuerdo a la hora de votar contra los créditos militares que sus correligionarios franceses y alemanes han aceptado de inmediato, por temor a perder en la represión todo aquello que todavía consideran como sus «conquistas».
La social-democracia rusa, sin embargo, va a sentir en su propia carne, todas las divisiones de la social-democracia internacional, si bien es distinta la relación de fuerzas, dadas las características específicas de la sociedad y el movimiento obrero rusos. Pléjanov condena, como si de una «traición» se tratase, el boicot socialista a los créditos militares, sosteniendo al propio tiempo el punto de vista de la defensa nacional: al igual que los socialistas franceses, opina que la derrota del imperialismo alemán, muralla del capitalismo y del militarismo europeos, propiciará, en definitiva, una victoria del socialismo, conciliando de esta forma una contradicción que es sólo aparente y e incidiendo con los socialistas alemanes que, por su parte, ven en la derrota zarista, bastión de la reacción, una muestra de la posible victoria del socialismo, conseguida en el país donde el partido es más fuerte... Junto a él se alinean la mayoría de los mencheviques emigrados, así como el secretariado extranjero; sin embargo, no consigue arrastrar a la totalidad de los militantes, pues numerosos mencheviques, que hasta entonces se encontraban a su derecha, se niegan a adoptar tal actitud patriótica.
Por su parte Lenin, que se ha refugiado en Suiza tras los problemas surgidos durante su residencia en Austria, redacta un manifiesto del comité central del partido en el que afirma: «No hay duda alguna de que el mal menor, desde el punto de vista de la clase obrera y de las masas trabajadoras de todos los pueblos de Rusia, sería la derrota de la monarquía zarista que es el más bárbaro y reaccionario de los gobiernos, el que oprime al mayor número de nacionalidades y a la mayor proporción de la población de Europa y Asia» [14]. Al reparar en el hundimiento de la II Internacional, el comité central bolchevique, retomando los principios que le han servido para construir su organización y con el fin de proponérselos a todos los socialistas, declara: «Que los oportunistas preserven las organizaciones legales al precio de traicionar sus convicciones; los social-demócratas, en cambio, utilizarán su espíritu organizativo y sus vínculos con la clase obrera para crear las formas de lucha legales, tendentes al socialismo y a la mayor cohesión proletaria , que corresponden a la crisis. Crearán tales formas de lucha ilegal no ya para combatir junto con la burguesía patriotera de su país, sino para luchar codo con codo con la clase obrera de todos los países. La Internacional proletaria no ha sucumbido ni lo hará. Las masas obreras crearán una nueva Internacional pese a todas las dificultades» [15]. En el mes de febrero de 1915, se celebra en Berna una conferencia de grupos bolcheviques emigrados en la que participan algunos recién llegados de Rusia como Bujarin y Piatakov, dicha conferencia se inclina por «la conversión de la guerra imperialista en guerra civil».
De esta forma y por iniciativa de los bolcheviques que se oponen al «defensismo» de los partidos de la II Internacional, surge una corriente «derrotista», partidaria de la construcción de una III Internacional. La capitulación de la II Internacional frente a la guerra ha creado las condiciones de una escisión definitiva del movimiento obrero mundial. Sin embargo, serán necesarios algunos meses aún para que los nuevos principios y tomas de postura triunfen, dentro de la nueva relación tanto de las fuerzas como de los prejuicios y de los antiguos puntos de vista.
En primer lugar, dentro de la emigración rusa, se escalonan múltiples posiciones, entre el defensismo de Pléjanov y el derrotismo deLenin. Tanto Mártov como muchos otros mencheviques se niegan a admitir que la victoria de los Habsburgos o de los Hohenzollern constituya un factor más o menos favorable para la causa del socialismo que la de los Romanov. Denuncian el carácter imperialista de la guerra, el terrible séquito de atroces sufrimientos que supone para los trabajadores de todos los países y afirman que los socialistas deben acabar con la guerra mediante la lucha por una paz democrática y sin anexiones; sobre esta base, prosiguen, puede reconstruirse la unidad de los socialistas de todos los países, cuya condición previa ha de ser la negativa a apoyar los créditos de guerra en los países beligerantes.
Por entonces, Trotsky está muy cerca de Mártov. Desde el verano de 1914, comienza a atacar violentamente a los social-demócratas alemanes y franceses con un folleto que lleva por título «La Internacional y la guerra».En él afirma. «En las presentes condiciones históricas, el proletariado no tiene interés alguno en defender una “patria” nacional anacrónica que se ha convertido en el principal obstáculo al desarrollo econmico. Por el contrario, desea crear una nueva patria más poderosa y estable, los Estados Unidos republicanos de Europa, como base de los Estados Unidos del mundo. En la práctica, al callejón sin salida imperialista del capitalismo, el proletariado sólo puede enfrentar, como programa del momento, la organización socialista de la economía mundial» [16]. Los mencheviques internacionalistas de Mártov y los amigos de Trotsky van a encontrarse, junto con algunos antiguos bolcheviques, en Nashe Slovo, el periódico ruso que se edita en París bajo la dirección de Antónov-Ovseienko.
Las posturas se definen a través de las polémicas. Desde noviembre de 1914, Trotsky afirma: «El socialismo reformista no tiene ningún futuro porque se ha convertido en parte integrante del antiguo orden y en cómplice de sus crímenes. Aquellos que esperen reconstruir la antigua Internacional, suponiendo que sus dirigentes pudieran hacer olvidar su traición al internacionalismo con una mutua amnistía, están obstaculizando de hecho el resurgimiento del movimiento obrero » [17]. En su opinión, la tarea inmediata es «reunir las fuerzas de la III Internacional». Por su parte, Rosa Luxemburgo acaba de adoptar una postura análoga: el ala revolucionaria de la social-democracia alemana se organiza en la ilegalidad. No obstante, Mártov está preocupado por la evolución de Trotsky y no cree que la nueva Internacional pueda aspirar a un papel, que no sea el de secta impotente. En el mes de febrero de 1915, Trotsky narra, en las páginas de Nashe Slovo, susdesacuerdos con los mencheviques y su ruptura, en 1913, con el bloque de Agosto. Nashe Slovo, se convierte en el núcleo mismo del internacionalismo socialista, situado en la encrucijada de todas las corrientes internacionalistas rusas: en torno de Antónov-Ovseienko, de Trotsky y de Mártov se encuentran antiguos bolcheviques otzovistas como Manuilsky, antiguos conciliadores como Sokólnikov, militantes que han roto con el menchevismo como Chicherin y Alejandra Kolontai., amigos de Trotsky cómo Yoffe, internacionalistas cosmopolitas entre los que se cuentan el búlgaro-rumano de educación francesa Christian Rakovsky, Sobelsoön, llamado Karl Rádek, oriundo de la Galitzia, medio polaco, medio alemán -y también la italo-rumana Angélica Balabanova.
Trotsky presiona a Mártov para que rompa con los «social-chovinistas». Lenin acusa a Trotsky de querer preservar los vínculos que le unen a ellos. En el mes de julio, Trotsky escribe que los bolcheviques constituyen el núcleo del internacionalismo ruso. Mártov rompe entonces con él y abandona el periódico. En el mes de septiembre, treinta y ocho delegados de doce países, incluidos los de las naciones beligerantes., se reúnen en la localidad suiza de Zimmerwald. En esta ocasión, Lenin defiende la tesis derrotista: transformación de la guerra imperialista en guerra civil y constitución de una nueva Internacional. La mayoría, que es más pacifista que revolucionaria, no le sigue; se adopta empero, por unanimidad, un manifiesto redactado por Trotsky, en el que se lleva a cabo un llamamiento a todos los trabajadores para poner fin a la guerra. En 1915, cuando los diputados bolcheviques se encuentran encarcelados, los mencheviques aceptan participar en la Santa Alianza y su líder Chjeidze parece retractarse de los acuerdos tomados en Zimmerwald. Vera Zasúlich y Potrésov, los viejos jefes mencheviques, apoyan a Pléjanov. Trotsky sigue titubeando y se pregunta, en mayo de 1916, si los revolucionarios «que no cuentan con el apoyo de las masas» no se ven, por ello, «obligados a constituir durante un cierto período el ala izquierda de su Internacional » [18].
Lenin y Trotsky siguen polemizando en torno al «derrotismo », en el que Trotsky no encuentra ninguna ventaja decisiva, aparte de las acusaciones de sabotaje que se hacen aquellos que están firmemente dispuestos a proseguir la lucha revolucionaria sin preocuparse del resultado de la guerra; también discuten a propósito de los «Estados Unidos de Europa», consigna que Lenin considera contemporizadora, y que corre el riesgo de frenar la lucha revolucionaria que se lleva a cabo en cada país, al implicar, aparentemente, que la revolución no puede triunfar más que simultáneamente en todos los países de Europa. Como ha demostrado Isaac Deutscher, las diferencias entre los dos hombres son mínimas y se alimentan fundamentalmente de la desconfianza surgida de las antiguas querellas. El diario ruso de Nueva York Novy Mir,en el que, junto con Trotsky, colaboran la ex menchevique Kolontai, el bolchevique Bujarin y el revolucionario ruso-americano Volodarsky, constituye, a principios de 1917, un fiel exponente de esta fusión de todos los internacionalistas rusos –incluidos los bolcheviques-, que los «periodistas» van a convertir en consigna fundamental, y que Bujarin, en oposición a Lenin, quiere transformar en primera piedra para la edificación de una nueva Internacional.
Las fuerzas socialistas en Rusia
Durante cierto tiempo, todas las organizaciones socialdemócratas parecieron desaparecer. La tendencia patriótica parece arrastrar incluso a revolucionarios profesionales como el obrero Voroshilov, que se enrola en el ejército zarista llegando a, ser suboficial. Los bolcheviques y los mencheviques internacionalistas son perseguidos con dureza. Los defensistas evitan poner en peligro con su actividad la Unión Sagrada que preconizan. En el mes de noviembre de 1914, el partido bolchevique es decapitado por la detención, en una conferencia, de sus delegados y del buró ruso del comité central. Todos ellos son juzgados, condenados y deportados. Kámenev, ante el tribunal, mantiene una actitud firmemente internacionalista, mas no abandona su solidaridad con el derrotismo tal como lo define el manifiesto del comité central.
Hasta la primavera de 1916, Lenin y Zinóviev no consiguen desde Suiza, restablecer el contacto con lo poco que ha quedado de la organización. En torno a Shliapnikov se ha reconstruido un «buró ruso» y éste, a su vez, ha restablecido personalmente el enlace con el obrero Zalutsky y con el estudiante Skriabin, alías Mólotov. Empiezan a publicarse algunos periódicos ilegalmente en Petrogrado, Moscú y Jarkov. El metalúrgico Lutovinov consigue, en enero de 1917, reagrupar a los militantes de la región del Donetz y organizar una conferencia regional. Las condiciones de trabajo son extremadamente precarias: cada vez que en Moscú se consigue reconstruir una dirección ésta es inmediatamente desarticulada y detenidos sus miembros. Cuando el movimiento obrero empieza a rehacerse a partir de 1916, los grupos proletarios que se constituyen suelen ser autónomos: así ocurre en Moscú con el de la Tverskaia, con el comité del partido del radio de Pressnia y, en Petrogrado, con la organización inter-radios que sostiene el principio de la reconstrucción de un partido abierto a todos los internacionalistas. Esta última organización, resueltamente adversa al defensismo menchevique pero enemiga igualmente de los principios organizativos de los bolcheviques, ha conseguido establecer, durante unos meses un precario contacto con Trotsky y la redacción de Nashe Slovo. En conjunto siguen siendo muy escasas las posibilidades de acción; serán precisos tres años de matanzas en las trincheras, de sufrimientos en la retaguardia y de irrefrenable ira popular para que con la revolución de febrero y la irrupción. de las masas, hasta entonces pasivas, en la calle, los reagrupamientos que se habían estado gestando en la emigración tomen cuerpo en Rusia.
La revolución de febrero
Con el año 1917 se inicia una nueva era. La guerra ha agudizado en todos los países las contradicciones, afectando profundamente a la estructura política y a la económica. La prolongación de la matanza suscita sentimientos de rebeldía. Los jóvenes se sublevan contra la guerra, azote de su generación, que todos los días engulle a centenares de ellos, y éste es, asimismo el sentimiento de las familias a las que mutila. En Alemania, en Francia, en Rusia, en todos los paísesbeligerantes, aparecen los primeros síntomas de una agitación revolucionaria: como el propio Lenin había previsto, el séquito de sufrimientos que acompaña a la guerra imperialista parece poner al orden del día su transformación en guerra civil, incluso cuando la lucha se inicia bajo el pabellón del pacifismo.
El imperio zarista, como se ha repetido en numerosas ocasiones, constituye «el más débil de los eslabones de la cadena del imperialismo». Desde 1916 empieza a dar indicios de debilidad. El zar, desacreditado por el favor con que la zarina distingue al canallesco Rasputín, pero convencido, no obstante, de su autoridad, se convierte en un personaje discutido hasta en las más altas esferas de la burocracia y del ejército. Durante los dos primero años de la guerra, ésta no ha reportado más que desastres militares: a partir de 1916, sus exigencias contribuyen a desorganizar toda la actividad económica. Los transportes, que operan con un material utilizado muy por encima de su resistencia, son cada vez más inseguros. Escasean los víveres, tanto para la población urbana como para los ejércitos. Los precios emprenden un ascenso vertiginoso. El invierno de 1916-17 asesta de hecho al régimen un golpe mortal. La disciplina se relaja entre la tropa desmoralizada cuyas bajas se distribuyen por igual entre las causadas por el frío y el hambre las que provoca el fuego enemigo. El descontento cunde en las fábricas y barrios obreros de las grandes ciudades. Por último, en el mes de febrero, estalla la crisis: el día 13, 20.000 obreros paran el trabajo en celebración del segundo aniversario del proceso de los diputados bolcheviques; el día 16 se raciona el pan; se agotan los «stocks» de carbón y el día 18 se despide a los obreros de la fábrica Putilov; el día 19 varias panaderías son asaltadas. El día 23 las obreras textiles de Petrogrado inician las primeras manifestaciones callejeras para conmemorar el día internacional de la mujer. La huelga se generaliza espontáneamente el día 24, imponiéndose, en las algaradas, los gritos antigubernamentales y pacifistas junto con las reivindicaciones referentes al abastecimiento de víveres. Suenan los primeros disparos.. El día 25 aparecen, entre los soldados, que ese día disparan al aire, los primeros indicios de simpatía por los manifestantes. Durante toda la jornada del 26 se producen motines en los diferentes regimientos de guarnición en la capital. Por último, el día 27 la insurrección obrera y la sublevación de los soldados se unen: la bandera roja ondea sobre el Palacio de Invierno.
Mientras se organizan las elecciones en el soviet de Petrogrado, los diputados pertenecientes a la oposición liberal constituyen, urgentemente un «gobierno provisional». El zar abdica. Durante los días siguientes, el movimiento revolucionario se extiende. Mientras tanto, los decretos del gobierno provisional confieren una base legal al desmantelamiento del antiguo régimen, liberando a los presos políticos, otorgando la amnistía, concediendo la igualdad de derechos, incluidos los de las nacionalidades, y la libertad sindical, anunciando igualmente la Próxima convocatoria de una Asamblea Constituyente. Por su parte, el soviet de Petrogrado, que ha organizado sus propias comisiones de barrio, una, comisión de abastecimientos y otra militar, lanza, presionado por los obreros y por los soldados, el famoso Prikaz n.º 1, que ha de constituir el instrumento de la desintegración del ejército y la debacle final de toda disciplina; de esta forma, durante las semanas siguientes, el gobierno provisional pierde la única fuerza de la que habría podido disponer. Losproblemas decisivos, inclusive el de la atribución del poder, se plantean con posterioridad a aquél que ha originado la insurrección, la guerra.
Los bolcheviques y el doble poder
La revolución de febrero de 1917, la llamada «insurrección anónima», ha sido un levantamiento espontáneo de las masas, sorprendiendo a todos los socialistas, incluso a los bolcheviques, cuyo papel, como organización, fue nulo durante su puesta en funcionamiento, a pesar de que sus militantes desempeñasen individualmente una importante labor en las fábricas y las calles como agitadores y organizadores. El 26 de febrero, el buró ruso, encabezado por Shliapníkov, recomendaba todavía a los obreros actuar con prudencia: sin embargo, algunos días después, se crea de hecho una situación de doble poder. Por un lado, se encuentra el gobierno provisional, integrado por parlamentarios representantes de la burguesía, cuyo empeño es reparar los daños sufridos por el aparato de estado zarista, al tiempo que se esfuerzan en construir uno nuevo y en encauzar la revolución; frente a ellos, se hallan los soviets, auténticos parlamentos de diputados obreros que han sido elegidos en las fábricas y en los barrios de las ciudades, depositarios de la voluntad de los trabajadores que los nombran y renuevan sus cargos. Desde estos dos órganos de poder se afrontan dos concepciones de la democracia, la representativa y la directa, y detrás de ellas, dos clases, la burguesía y el proletariado a los que la caída del zarismo dejaba de pronto frente a frente.
Sin embargo, el choque aún va a tardar en producirse. Los mencheviques y los S. R. ostentan la mayoría en los primeros soviets y en el primer congreso pan-ruso. En conformidad con sus análisis, no intentan luchar por el poder. En su opinión, sólo un poder burgués puede ocupar el lugar del zarismo, convocar elecciones para una Asamblea Constituyente y negociar una paz democrática sin anexiones. A su ver, los soviets han sido el instrumento obrero de la revolución democrático -burguesa y, en la república burguesa deben seguir constituyendo posiciones de la clase obrera. Sin embargo, no consideran en absoluto la posibilidad de exigir un poder que la clase obrera aún no está capacitada para ejercer y que, según ellos, deberá exigir posteriormente para sí, conforme al planteamiento de una revolución espontánea que los socialistas deben cuidarse mucho de «forzar». Lenin resumirá tajantemente tal actitud al afirmar que equivale de hecho a una «entrega voluntaria del poder de estado a la burguesía y a su gobierno provisional».
Los bolcheviques, el poder y la conciliación
Las primeras tomas de posición de los bolcheviques son bastanteindecisas. Su primer manifiesto público del 26 de febrero, redactado por Shliapníkov, Zalutsky y Mólotov, al igual que los primeros números de la Pravda, denuncian al gobierno provisional, constituido por «capitalistas y grandes terratenientes », reclaman un «gobierno provisional revolucionario», la convocatoria por parte del soviet de una Constituyente, elegida por sufragio universal y cuya misión sería sentar las bases de una «república democrática». No obstante, Mólotov se encuentra en minoría en el comité de Petrogrado cuando presenta una moción en la que se pide que se califique de «contra-revolucionario» al gobierno provisional: por el contrario, el comité propone apoyar al gobierno «mientras sus actos correspondan a los intereses del proletariado y de las amplias masas democráticas del pueblo». La Pravda ha vuelto a aparecer el día 5 de marzo, exigiendo que se entablen «negociaciones con los proletarios de los países extranjeros para poner fin a la matanza», se trata obviamente, de un punto de vista inequívocamente «internacionalista» y sensiblemente diferente de la tesis derrotista desarrollada por Lenin desde 1914, y adoptada por el comité central emigrado.
El día 13 de marzo, los dirigentes deportados, liberados por el gobierno provisional, llegan a Petrogrado: Muránov, Kámenev y Stalin. vuelven a tomar la dirección de la organización bolchevique. En la línea de Pravda se produce un giro radical a partir del momento en que Stalin se hace cargo de su dirección. Los bolcheviques adoptan en lo sucesivo la tesis de los mencheviques según la cual es preciso que los revolucionarios rusos prosigan la guerra para defender sus recientes conquistas democráticas de la agresión del imperialismo alemán. Kámenev redacta varios artículos abiertamente defensistas, en los que puede leerse que «un pueblo libre responde con balas a las balas». Hacia el final del mes, una conferencia bolchevique adopta esta línea a pesar de algunas resistencias, aceptando la propuesta de Stalin que afirma que la función de los soviets es «sostener al gobierno provisional en su política durante todo el tiempo en que siga su camino de satisfacción de las reivindicaciones obreras» [19]. De hecho, tales posturas sólo difieren de las sustentadas por los mencheviques en cuestiones de matiz, pues estos son igualmente partidarios de un «apoyo condicional». En tales condiciones, no puede extrañarnos que la propia conferencia del 1 de abril, a propuesta de Kámenev y Stalin, acepte considerar la reunificación de todos los social-demócratas que les propone, en nombre del comité de organización, el menchevique Tsereteli. La vieja tesis conciliadora parece imponerse.
De hecho, esta actitud de los bolcheviques está dictada obviamente por su antiguo análisis de las tareas que una revolución debe realizar: Febrero ha marcado el comienzo de la revolución burguesa y, como explica Stalin, es el momento de «consolidar las conquistas democrático-burguesas», objetivo que sólo puede alcanzar un gobierno burgués al que se preste ayuda condicional, controlado por tanto por el mismo proletariado que se ha agrupado en los soviets. Con este proceder dan la razón a Trotsky que, después de 1905, había pronosticado que su concepción de una revolución por etapas diferenciadas acarrearía «en el proletariado una autolimitación burguesa-democrática» [20]. Sin embargo, hay una minoría de metalúrgicos, encabezada por Shliapníkov, que pronto será secundado por Kolontai, que se resiste a adoptar esta postura. Su tesis de que los soviets constituyen ya un embrión de poder revolucionario, converge en esté punto con las posturas que mantiene la organización inter-radios.
Las tesis de abril
El retorno de Lenin, el día 3 de abril, va a alterar profundamente la situación en las filas bolcheviques y, más adelante, en el propio proceso revolucionario. Desde que recibió las primeras noticias de Rusia, Lenin estuvo muy alarmado por los indicios de conciliación que observaba en la política bolchevique. Desde Zurich dirige cuatro cartas a la Pravda –las llamadas «Cartas desde lejos»- en las que afirma que es preciso constituir una milicia obrera cuya misión habrá de ser la de convertirse en el órgano ejecutivo del soviet, además hay que preparar de inmediato la revolución proletaria, denunciar los tratados de alianza con los imperialistas, negarse en rotundo a caer en la trampa del «patriotismo» y tratar de conseguir la metamorfosis de la guerra imperialista en guerra civil. Sólo la primera de las cuatro cartas será publicada, pues los dirigentes bolcheviques, asustados por el carácter radical de este punto de vista prefieren suponer que Lenin está mal informado. La única solución que le resta es tratar de volver a Rusia por cualquier medio para convencer a sus compañeros. Los Aliados le niegan todo tipo de visado de tránsito, recurre entonces a la negociación con la embajada alemana, por medio del socialista suizo Platten: Lenin y sus compañeros atravesarán Alemania en un vagón «extraterritorializado», comprometiéndose a intentar obtener, en contrapartida, la entrega de un número igual de prisioneros alemanes. Con esta concesión, el Estado Mayor alemán cree introducir en Rusia un nuevo elemento de desorganización de la defensa que terminará por facilitar su victoria militar, cuando en realidad lo que hace es permitir involuntariamente el retorno y el triunfo de un hombre que ha dirigido todos sus esfuerzos a la destrucción de los imperialistas.
El marinero bolchevique Raskólnikov ha relatado en sus memorias, como Lenin, cuando acababa de entrar en el vagón de ferrocarril que le esperaba en la frontera rusa, emprendió una acalorada diatriba contra Kámenev y las tesis defensistas de sus artículos en Pravda. El día 3, en la estación de Petrogrado, vuelve a fijar su postura, esta vez en público. Le recibe una delegación del soviet de Petrogrado presidida por Chjeidze, que pronuncia un discurso de bienvenida en el que afirma que hay que «defender a la revolución de todo ataque que pudiera producirse tanto en el interior como en el exterior». Volviendo la espalda a los dignatarios oficiales, Lenin se dirige entonces a la muchedumbre, compuesta por obreros y soldados, que ha acudido a esperarle y saluda en ella a los representantes de «la revolución rusa victoriosa, vanguardia de la revolución proletaria mundial» [21]. Luego se une a sus amigos bolcheviques y comienza a desarrollar su feroz critica de la política menchevique que pretende defender las conquistas de febrero al tiempo que mantiene una lucha supuestamente patriótica en alianza con los rapaces imperialistas. Dichas tesis abruman al equipo dirigente, cuyo análisis y orientación contradicen punto por punto. Este análisis aparecerá el día 7 del abril en la Pravda, firmado por Lenin y con el título: «De las tareas del proletariado en la presente revolución.»
Adoptando tácitamente la tesis de la revolución permanente afirma: «El rasgo más característico de la situación actual en Rusia consiste en la transición de la primera etapa de la revolución, que entregó el poder a la burguesía, dada la insuficiencia tanto de la organización como de la conciencia proletarias, a su segunda etapa, que ha de poner el poder en manos del proletariado y de los sectores más pobres del campesinado» [22]. Califica de «ineptitud» y de «evidente irrisión» las exigencias de la Pravda que pide a un gobierno capitalista que renuncie a las anexiones, cuando resulta «imposible terminar la guerra con una paz verdaderamente democrática si antes no se vence al capitalismo». El propósito del partido bolchevique, minoritario en el seno de la clase obrera y de los soviets, debe ser explicar a las masas que «el soviet de diputados obreros es la única forma posible de gobierno revolucionario» y que el objetivo de su lucha es construir «no una república parlamentaria sino una república de soviets de obreros, de campesinos pobres y de campesinos, de todo el país, desde la base a la cima» [23]. Los bolcheviques no se ganarán a las masas, afirma, sino «explicando pacientemente, con perseverancia, sistemáticamente» su política: «No queremos que las masas nos crean sin más garantía que nuestra palabra. No somos charlatanes, queremos que sea la experiencia la que consiga que las masas salgan de su error» [24]. La misión de los bolcheviques es «estimular de forma real tanto la conciencia de las masas como su iniciativa local, audaz y decidida,- estimular la realización espontánea, el desarrollo y consolidación de las libertades democráticas, del principio de posesión de todas las tierras por todo el pueblo» [25]. De esta iniciativa revolucionaria habrá de surgir la experiencia que dará a los bolcheviques la mayoría en los soviets: entonces habrá llegado el momento en que los soviets podrán tomar el poder y aplicar las primeras medidas recomendadas por el programa bolchevique, nacionalización de la tierra, y los bancos, control soviético de la producción y, de la distribución. La última de las tesis de Lenin se refiere al partido cuyo nombre y programa propone cambiar; «ya es tiempo de quitarse la camisa sucia», afirma al sugerir cambiar la etiqueta de «social-demócrata» por la de «comunista», ya que, según él, en el momento presente se trata de «crear un partido comunista proletario » «cuyas bases han sido sentadas ya por los mejores elementos del bolchevismo » [26].
De esta forma, sobre todos los puntos decisivos, a saber, la línea a seguir respecto a la guerra, al gobierno provisional y a la propia concepción del partido, Lenin se opone a la política aplicada por los bolcheviques hasta su llegada. Esto es lo que obliga a Kámenev a escribir en Pravda que «tales tesis no representan sino la opinión personal de Lenin». Al recordar las decisiones adoptadas anteriormente, afirma: «Aquellas resoluciones siguen siendo la plataforma en que nos basamos y las defenderemos tanto contra la desintegradora del “hasta el final revolucionario” como contra la crítica del camarada Lenin. El esquema general de Lenin nos parece inadmisible porque considera que la revolución democrático-burguesa ha terminado ya y plantea la necesidad de transformarla inmediatamente en revolución socialista».
La discusión que se inicia de esta forma brutal va a proseguir durante algunos días. De un lado se encuentran Kámenev, Ríkov y Noguin, a los que Lenin llama «viejos bolcheviques» no sin cáustica ironía, que le acusan de haber adoptado las tesis de la revolución permanente. En el otro bando se agrupan Lenin, Zinóviev y Bujarin. Stalin, al parecer, adoptó inmediatamente las tesis de Lenin. La conferencia nacional que se reúne el 24 de abril, agrupa 149 delegados elegidos por 79.000 miembros de los que 15.000 son de Petrogrado. Contra Lenin, Kámenev afirma: «Es prematuro afirmar que la democracia burguesa ha agotado todas sus posibilidades» cuando «las tareas democrático-burguesas siguen inconclusas». Al mismo tiempo sostiene que los soviets de obreros y soldados constituyen «un bloque de fuerzas pequeño-burguesas y proletarias», también opina que «si la revolución democrático-burguesa hubiera terminado, dicho bloque (...) no tendría ya un objetivo cierto y entonces el proletariado tendría que luchar contra el bloque pequeño-burgués». Su conclusión es: «Si adoptáramos el punto de vista de Lenin, nos veríamos desprovistos de tareas políticas, nos convertiríamos en teóricos, en propagandistas, publicaríamos, sin duda, excelentes estudios sobre la futura revolución socialista, pero permaneceríamos al margen de la realidad viva como militantes políticos y como partido político definido» [27]. En consecuencia, Kámenev propone conservar la línea adoptada en el mes de marzo y «vigilar atentamente, desde los soviets, al gobierno provisional». Ríkov consagra su intervención al problema de la, revolución socialista: «¿De dónde, se pregunta, surgirá el sol de la revolución socialista ?» y responde: «A juzgar por la situación en conjunto y por el nivel pequeño-burgués de Rusia, la iniciativa de la revolución socialista no nos pertenece. No contamos con fuerza suficiente ni con las necesarias condiciones objetivas. Se nos plantea el problema de la revolución proletaria mas no debemos sobrestimar nuestras fuerzas. Ante nosotros se alzan gigantescas tareas revolucionarias, pero su realización no nos llevará más allá del ámbito del sistema burgués» [28].
En el ínterin, la situación política ha experimentado una rápida evolución. Unos días antes de la conferencia del partido, una declaración del «cadete» Miliukov, Ministro de Asuntos Exteriores, afirma que el gobierno provisional está decidido a respetar todos los compromisos contraídos con los aliados, asegurando que «todo el pueblo aspira a proseguir la guerra mundial hasta la victoria final», tal declaración provoca manifestaciones populares los días 20 y 21 de abril y origina una crisis ministerial que no será resuelta hasta el día 5 de mayo. La radicalización de las masas y la resuelta actitud de los soldados que, en parte, se niegan a cargar contra los manifestantes corroboran los argumentos de Lenin en tan gran medida como la declaración defensista del ministro cadete. Desarrolla entonces sus argumentos contra los «viejos bolcheviques», afirmando que «la revolución burguesa ha concluido en Rusia y la burguesía conserva el poder en sus manos», pero la lucha por la tierra, el pan y la paz no podrá ser llevada a cabo mas que con el acceso de los soviets al poder, estos sabrán «mucho mejor, de forma más práctica y más segura como encaminarse hacia el socialismo». La dictadura democrática del proletariado y del campesinado es una antigua fórmula que los «viejos-bolcheviques» han «aprendido ineptamente en lugar de analizar la originalidad de la nueva y apasionante realidad». Asimismo, recuerda a Kámenev la frase de Goethe: «Gris es la teoría, amigo mío, y verde el árbol de la vida» [29]. Lenin se burla ferozmente de las propuestas de control de los soviets sobre el gobierno, exclamando: «Para controlar hay que tener el poder. Nada supone el control cuando son los controlados los que poseen los cañones. Controladnos, dicen los capitalistas, que saben que, en la actualidad, nada puede negarse al pueblo. Mas, sin el poder, el control no es más que un concepto pequeño-burgués que dificulta la marcha y el desarrollo de la revolución rusa» [30].
Por último, Lenin parece triunfar en cuanto se refiere a los puntos fundamentales, oponiéndose alternativamente a mayorías de diferente importancia: sobre la cuestión de la guerra consigue, salvo 7 abstenciones, la unanimidad de la conferencia, en la resolución de «iniciar un trabajo prolongado» con el fin de «transferir a los soviets el poder del estado» consigue 122 votos a favor, 3 en contra y 8 abstenciones; sin embargo, en la resolución en que se afirma la, necesidad de emprender la vía de la revolución socialista, sólo reúne 71 de un quórum de 118. En las resoluciones que se refieren al partido es vencido, siendo el único en votar a favor de su moción de abandono del nombre de «social-demócratas»; a pesar de su advertencia de que la «unidad con los defensistas supondría una traición», la conferencia acepta la constitución de una comisión mixta de bolcheviques y mencheviques para el estudio de las condiciones de unificación en los términos en que, hacia un mes, había sido defendida por Stalin. A pesar de los viejos bolcheviques, aferrados a antiguos análisis, Lenin ha conseguido «enderezar» al partido; su victoria, empero, dista mucho de ser total, ya que, de los ocho camaradas que, como él, han sido elegidos para formar parte del comité central, uno de ellos, Stalin, ha adoptado sus tesis a última hora, cuatro más, Kámenev, Noguín, Miliutin y Fedorov, son miembros de la oposición de viejos bolcheviques y sólo Zinóviev, Svérdlov y el jovencísimo Smilgá han apoyado a Lenin desde la apertura de la discusión.
Sin embargo, bastarán algunas semanas para que el desarrollo del movimiento revolucionario y la lucha por la mayoría que llevan a cabo los bolcheviques dentro de los soviets, arrastren al partido en su totalidad a aceptar sin reservas las tesis que Lenin desarrollará, semanas más tarde en El Estado y la revolución, obra en la que considera a los soviets como un «poder del mismo tipo que la Comuna de París», originada no ya por «una ley discutida y votada previamente en un Parlamento, sino por una iniciativa de las masas que surge desde abajo, por una «usurpación directa» [31], constituyéndose así una teoría que será la base misma de la acción de los bolcheviques durante los meses siguientes así como del triunfo de la revolución.
El partido de Lenin y de Trotsky
La conferencia de abril provoca la partida de la extrema derecha constituida por los defensistas Voitinsky y Goldenberg, acelerando el proceso de unificación con los mencheviques internacionalistas. Numerosas organizaciones social-democratas autónomas se habían integrado ya con anterioridad a esta fecha, en el partido bolchevique. Sin embargo, en Petrogrado, la organización inter-radios había permanecido apartada. Este grupo, vinculado con Trotsky, había tomado postura a favor del poder soviético, mas el giro de la Pravda, tras de la vuelta de Kámenev y Stalin, le había disuadido de emprender la fusión de manera inmediata a pesar de estar resuelto a ella desde principios del mes de marzo [32]. No obstante, el problema vuelve a plantearse tras de la victoria de las tesis de Lenin en el partido bolchevique. Después de un largo periplo desde el Canadá a Escandinavia, Trotsky ha regresado a Rusia el 5 de mayo. De inmediato se integra en la organización inter-radios, donde militan numerosos mencheviques internacionalistas, Yureniev y Karajan, antiguos bolcheviques y, en general, los militantes que se han visto vinculados a él desde hace varios años: Joffe, Manuilsky, Uritsky, de la Pravda y Pokrovsky, Riazánov y Lunacharsky de Nashe Slovo.
Al día siguiente de su llegada, toma postura ante el soviet de Petrogrado tan inequívocamente como lo había hecho Lenin y en el mismo sentido que él, anunciando que la revolución «ha abierto una nueva era, una era de sangre y fuego, una lucha que no es ya de nación contra nación, sino de clases sufrientes y oprimidas contra sus gobernantes». Afirmando que los socialistas deben luchar para dar «todo el poder a los soviets», concluye, «¡Viva la revolución rusa, prologo de la revolución mundial!» [33]. El día 7 de mayo, en una recepción organizada por la organización ínter-radios y los bolcheviques en su honor, afirma haber abandonado definitivamente su viejo sueño de unificación de todos los socialistas, declarando que la nueva Internacional no puede construirse sino a partir de una ruptura total con el. social-chovinismo. A partir del día 10 vuelve a encontrarse con Lenin.
En lo sucesivo los dos hombres se ven separados por muy pocas diferencias y lo saben. Lenin tiene prisa en integrar a Trotsky y a sus compañeros en el partido. De hecho ya ha propuesto a Trotsky como redactor jefe de la Pravda pero su iniciativa no ha sido secundada. No obstante, le pide que se integre en el partido y ofrece, sin condiciones, cargos de responsabilidad en la dirección de la organización y en la redacción de la Pravda a Trotsky y a sus amigos. El amor propio y algunas reticencias, que tal vez pesan más en sus compañeros que en él mismo, retienen a Trotsky. Sin duda el recuerdo de las viejas querellas está más grabado en su memoria que en la de Lenin, a pesar de que éstas estén ampliamente superadas. Subraya que el partido bolchevique se ha «desbolchevizado». que ha adquirido un punto de vista internacional y que ya nada les separa, mas ésta es precisamente la razón que le lleva a desear el cambio de etiqueta. «No puedo considerarme como un bolchevique» afirma. Desearía que se celebrase un congreso fundacional y que se diese un nuevo nombre a un nuevo partido, que se enterrase el pasado de forma definitiva. Lenin no puede aceptar hacer tamaña concesión al amor propio de Trotsky: él está orgulloso del partido y de su tradición, tiende a salvaguardar también el amor propio de los bolcheviques veteranos que ya ha sido considerablemente vejado durante las discusiones de abril y que le reprochan su alianza con Trotsky al que siguen considerando como un enemigo personal. Tras de haber impuesto sus tesis, resultaría excesivo querer imponer un hombre: los bolcheviques seguirán siendo bolcheviques y Trotsky acudirá por si mismo ya que sus reservas son un tanto derisorias.
Durante las semanas siguientes, efectivamente, Trotsky se convierte sin proponérselo, frente a las masas de las que es el orador preferido, en un auténtico bolchevique. Tras las manifestaciones armadas de julio es detenido y encarcelado junto con buena parte de los bolcheviques, antiguos y modernos, a los que el segundo gobierno provisional, en el que participan los mencheviques, ha acusado a la vez de ser agentes alemanes y de haber preparado una insurrección armada. Ni él, ni Lenin, que ha pasado a la clandestinidad, participan en el VI Congreso que comienza el 26 de julio y se autodenomina «Congreso de Unificación». Los delegados participantes han sido elegidos por 170.000 militantes de los que 40.000 pertenecen a la ciudad de Petrogrado. El partido bolchevique de 1917, el partido revolucionario cuya constitución pedía Lenin en abril, en torno a los «mejores elementos del bolchevismo», ha nacido de la confluencia, en el seno de la corriente bolchevique, de las pequeñas corrientes revolucionarias independientes que integran tanto la organización inter-radios como las numerosas organizaciones social-demócratas internacionalistas que, hasta entonces, habían permanecido al margen del partido de Lenin.
De esta forma cristaliza la concepción del partido que Lenin defiende desde hace años: la fracción bolchevique, como él lo esperaba, ha conseguido imponer su concepción del partido obrero y atraer a ella a los demás revolucionarios. Esta es la historia tal como la han visto y vivido los contemporáneos. Más de diez años habrán de transcurrir para que empiece a ser deformada sistemáticamente. En 1931, al explicar lo que para los bolcheviques había supuesto la constitución del partido en 1917, Karl Radek recordaba que había «acogido a lo mejor del movimiento obrero» y que, como si hubiese surgido directamente de la fracción de 1903, no debían olvidarse las corrientes y arroyos» que, en 1917 se habían vertido en él. Sin embargo, como esta realidad histórica era inadmisible para el pequeño grupo de hombres que, con Stalin, se habían adueñado del poder, no se escatimó, desde entonces ningún medio para borrarla. Al volver a escribir la historia en nombre de las exigencias de la política estalinista, Kaganóvich exclamó: «Es preciso que Rádek comprenda que la teoría de los arroyuelos sienta las bases de la libertad de grupos y facciones. Si se tolera un “arroyuelo” habrá que ofrecerle la posibilidad de contar con una “corriente” (...) Nuestro partido no es un depósito de aguas turbias, sino un río tan poderoso que no puede admitir arroyuelo alguno, pues cuenta con todas las posibilidades para arrastrar cuantos obstáculos se encuentren en su cauce» [34].
En realidad, los acontecimientos posteriores al VI Congreso, constituyen una prueba fehaciente de la bondad de aquella teoría: la fuerza del partido unificado viene de la fusión total de las diferentes corrientes, al menos en tan gran medida como la diversidad de itinerarios que les han llevado, a través de una serie de años. de lucha ideológica, a la lucha común en pro de la revolución proletaria. La dirección elegida en agosto es fiel reflejo de la relación de fuerzas. Lenin es elegido miembro del comité central con 133 votos sobre 134 votantes, le sigue Zinóviev con 132 y Trotsky y Kámenev con 131. De los 21 miembros 16 pertenecen a la fracción bolchevique, que incluye al letón Reizin y al polaco Dzerzhínsky. Miliutin, Ríkov, Stalin, Svérdlov, Bubnov, Muránov y Shaumián son los típicos komitetchíki que han estado tantos años encarcelados o deportados como en la clandestinidad y que sólo han pasado breves temporadas en el extranjero. Kámenev, Zinóviev, Noguín, Bujarin, Sokólnikov y Artem-Sergueiev han pasado períodos en el extranjero, compartiendo a veces con Lenin, las responsabilidades de la emigración. La mayoría de ellos ha chocado en algún momento con él: Ríkov cuando en 1905 se erigió en portavoz de los komitetchiki, Noguín y Sokólnikov, junto con Ríkov una vez más, en 1910 como conciliadores, Bujarin y Dzerzhínsky, durante la guerra en lo referente a la cuestión nacional, Muránov, Kámenev, Ríkov, Stalin y Miliutin en el período de marzo-abril. Otros han tenido más complejos itinerarios personales en la fracción o al margen de ella: Krestinsky, viejo-bolchevique, trabajó durante la guerra con los mencheviques de izquierda de Máximo Gorki, Sokó1nikov, también veterano, ha sido conciliador y, posteriormente, durante la guerra, colaborador de Nashe Slovo, antes de volver a Suiza con Lenin. Kolontai, vieja militante, fue menchevique a partir de 1903, empezó a aproximarse a los bolcheviques en 1914 y se unió a ellos en 1915. Por último Trotsky, al igual que Uritsky y el miembro suplente Yoffe, los veteranos de la Pravda vienesa, nunca han sido bolcheviques. El partido bolchevique protagonista de octubre, que para el mundo entero habrá de ser «el partido de Lenin y Trotsky», acaba de nacer: como lo afirma Robert V. Daniels, «la nueva dirección lo era todo salvo un grupo de disciplinados papanatas» [35]. Tal y como aparece entonces, representa ya perfectamente la imagen del joven pero ya curtido partido: Lenin, con 47 años, es el decano del comité central del que once miembros cuentan entre 30 y 40 años y tres menos de 30 años. Su benjamín Iván Smilgá, tiene 25 años, es militante bolchevique desde 1907.
De julio a octubre
Las jornadas de julio han supuesto un giro decisivo. Los obreros de Petrogrado, contra la voluntad de los dirigentes bolcheviques, han iniciado una serie de manifestaciones armadas que el partido consideraba prematuras. No obstante, la influencia de los militantes ha evitado la derrota al permitir una retirada ordenada: las manifestaciones no se han convertido en una insurrección que habría condenado al aislamiento a una posible «Comuna» petrogradense. Sin embargo, el gobierno no de a de explotar la situación y golpea duramente a los bolcheviques: por todas partes, los locales del partido son asaltados, su prensa es prohibida, las detenciones prosiguen. Los bolcheviques no corren el riesgo de ser sorprendidos, cuentan con locales, con material y con el hábito delfuncionamiento en la clandestinidad. La Pravda desaparece pero es sustituida por una gran cantidad de hojas clandestinas y, enseguida, por un periódico «legal», de distinto nombre. Trotsky, Kámenev y otros son detenidos, mas numerosos militantes, provistos de documentación falsa, pasan a la clandestinidad, zafándose de la detención merced a la utilización de redes clandestinas que han sido preservadas desde febrero y a las nuevas posibilidades de acción ilegal que han abierto las responsabilidades que muchos de los militantes ostentan en los soviets. El comité central decide preservar a Lenin de la represión: pasará a Finlandia, en donde se esconderá, bajo una falsa identidad, hasta el mes de octubre. Mientras tanto, la prensa burguesa intenta abrumar de calumnias a los bolcheviques; con falsos documentos les acusa de haber recibido oro de los alemanes, insiste acerca de la leyenda del «vagón blindado», pidiendo la cabeza de los traidores. El partido sufre una serie de golpes graves pero la organización sobrevive y continúa su actividad como deslumbradora confirmación de las tesis de Lenin sobre la necesidad en todas las circunstancias, de estar preparados para las tareas del trabajo ilegal.
Los ministros burgueses han suscitado una crisis ministerial. El día 23 de julio, el laborista Kerensky -Compañero de viaje burgués de los S. R.- forma un nuevo gobierno provisional en el que los ministros «socialistas» se encuentran en mayoría. En su opinión, el objetivo es consolidar el nuevo régimen en primer lugar manteniéndose en la guerra. Al mismo tiempo es preciso reforzar el Estado; se restablece la pena de muerte como prerrogativa de los tribunales militares, vuelve a funcionar la censura, el ministro del Interior tiene de nuevo autoridad para prohibir periódicos, y para efectuar detenciones sin orden judicial.
Sin embargo, la propaganda de los conciliadores no seduce ni a los obreros, que han sido testigos de la represión de los bolcheviques, ni a los burgueses que desearían una acción más seria. La crisis económica empeora: los industriales llevan a cabo un verdadero sabotaje, tanto para preservar sus propiedades como para mostrar las consecuencias de la «anarquía revolucionaria», a la que. desean endosar la responsabilidad de la miseria reinante. La caída del rublo continúa y se acelera: en octubre su valor se reduce al 10 por 100 del de 1914. Las empresas cierran, siguen produciéndose lock-outs, que dejan sin trabajo a centenares de miles de obreros hambrientos que, inevitablemente, adoptan las consignas de «control obrero» y nacionalización, difundidas a partir de julio por los bolcheviques.
Lo fundamental, no obstante, es el movimiento que, con algunos meses de retraso, comienza a conmover el campo. Desde el mes de febrero, los gobiernos provisionales en los que se encontraban los ministros S. R., tradicionales defensores de los intereses del campesino, habían multiplicado las promesas de reforma agraria, manifestándose incapaces de todo punto de llevarlas a la práctica. Los bolcheviques que, gracias al ejército, han multiplicado sus contactos con los campesinos, llaman a la acción directa, a la ocupación de las tierras: a partir de la cosecha se inicia una auténtica revolución agraria, el pueblo quema las mansiones, las cosechas son incautadas y las tierras ocupadas, primero bajo la dirección de los comités agrarios y, más adelante, bajo la de los soviets campesinos. El gobierno primero exhorta a la paciencia, al respeto del orden y de la propiedad, más adelante recurre a los odiados cosacos para reprimir a los campesinos rebeldes; a partir de entonces, los bolcheviques carecen de verdaderos impedimentos para demostrar a los campesinos que ellos son sus únicos amigos.
A primeros de agosto, Kerensky convoca una Conferencia de Estado, es decir, una especie de sucedáneo del Parlamento. que agrupa a los representantes de organizaciones políticas, sociales, económicas y culturales de todo el país: de ella espera conseguir un nuevo compromiso, el «armisticio entre el capital y el trabajo». Los bolcheviques la boicotean y las fuerzas contrarrevolucionarias, que consideran que la misión de los conciliadores ha concluido, aprovechan para agruparse. Los industriales y los generales llegan a un acuerdo: ha llegado el momento de asestar un golpe definitivo al movimiento revolucionario. El encargado de darlo es Kornilov, el generalísimo de Kerensky, «supremo salvador»: el día 25 de agosto envía contra la capital a una división de cosacos con mandos de su confianza. La impotencia de Kerensky, al que abandonan los ministros burgueses en cuanto habla de destituir al generalísimo, unida a la complicidad de los aliados, salta de esta forma a la vista de todos. No obstante, el golpe de estado sólo tarda unos días en venirse abajo. Los ferroviarios se niegan a hacer circular los trenes. Los propios soldados, en cuanto se enteran de la tarea que se les va a encargar, se amotinan y los oficiales se encuentran solos, bastante satisfechos empero de no haber sido ejecutados por sus propios hombres. En el momento decisivo, los bolcheviques han salido de su semi-clandestinidad, pronunciando un llamamiento a la resistencia dentro de los soviets, que son los únicos organismos que logran capear el temporal de aquella semana, en que los últimos restos del aparato estatal parecían estar desvaneciéndose. Los marineros de Kronstadt acuden en auxilio de la capital y empiezan por abrir las puertas de las prisiones para liberar a los militantes bolcheviques detenidos durante el mes de julio, encabezados por Trotsky. Por doquier se constituyen destacamentos de guardias rojos, organizados por los bolcheviques; en los regimientos proliferan los soviets de soldados que dan caza a los kornilovistas e infieren a la oficialidad una serie de golpes mortales.
Por tanto, el golpe de estado, sirve fundamentalmente para invertir por completo la situación a favor de los bolcheviques que, en lo sucesivo, se beneficiarán de la aureola de prestigio que les da su victoria sobre Kornilov. El día 31 de agosto, el soviet de Petrogrado vota una resolución, presentada por su fracción bolchevique, que reclama todo el poder para los soviets. El espíritu de esta votación se ve solemnemente confirmado el día 9 de septiembre por una condena terminante de la política de coalición con los representantes de la burguesía en el seno de los gobiernos provisionales; los mencheviques, a partir de entonces, navegan contra la corriente pues, uno tras otro, los soviets de las grandes ciudades -el de Moscú el día 5 de septiembre y más tarde los de Kiev, Saratov e Ivanovo-Voznessensk- alinean su postura con la del soviet de la capital que, el día 23 de septiembre, eleva a Trotsky a la presidencia. A partir de entonces estaba claro que el II Congreso de los soviets, cuya inauguración estaba prevista para el día 20 de octubre, había de exigir el poder, condenando al mismo tiempo, la alianza de mencheviques y S. R. con los ministros burgueses. Frente a esta perspectiva, el comité ejecutivo pan-ruso de los soviets, presidido por el menchevique Tsereteli, trata de ensanchar la base de la coalición a la que apoya, mediante la convocatoria, en base al modelo de la Conferencia de Estado, de una Conferencia Democrática que, a su vez, designa un Parlamento provisional.
El problema de la insurrección
Desde su retiro en Finlandia, Lenin ha tardado poco en comprender hasta qué punto la situación ha cambiado radicalmente: el día 3 de septiembre, en un proyecto de resolución, se refiere a «la rapidez de huracán, tan increíble» con que se desarrollan los acontecimientos. Todos los esfuerzos de los bolcheviques, escribe, deben «tender a no demorarse en el curso de los acontecimientos, para poder guiar lo mejor posible a obreros y trabajadores». Asimismo opina que tal «fase crítica conduce inevitablemente a la clase obrera -tal vez a una velocidad peligrosa- a una situación en la que, como consecuencia de una serie de acontecimientos que no dependen de ella, se verá obligada a afrontar, en un combate decisivo, a la burguesía contrarrevolucionaria, para conquistar el poder» [36]. El día 13 de septiembre, considera que el momento decisivo ha llegado y dirige al comité central dos cartas que deben ser discutidas en su reunión del día 15. «Tras de haber conseguido la mayoría en los soviets de las dos capitales, los bolcheviques pueden y deben tomar el poder.» Presiona al comité central para que someta la cuestión al órgano que, de hecho, constituye su congreso, es decir, el conjunto de sus delegados en la Conferencia Democrática, «voz unánime de aquellos que se encuentran en contacto con los obreros y soldados, con las masas» [37]. Lenin afirma igualmente: «La Historia jamás nos perdonará si no tomamos el poder ahora» [38]. Los bolcheviques deben presentar su programa, el de los obreros y campesinos rusos, en la Conferencia Democrática y después, «lanzar a toda la fracción en las fábricas y cuarteles». Una vez concentrada en ellos, «seremos capaces de decidir cual es el momento en el que, hay que desencadenar la insurrección» [39].
Ahora bien, Lenin está separado de la mayoría de los dirigentes bolcheviques por una distancia igual a la que mediaba entre ellos durante el mes de abril. El día 30 de agosto la Pravda, dirigida por Stalin, ha publicado un articulo de Zinóviev que: lleva por titulo «Lo que no hay que hacer», en él recuerda la suerte de la Comuna de París y pone en guardia contra todo intento prematuro de tomar el poder por la fuerza. Esta es la opinión. que el partido ostentaba en julio, pero Lenin consideraba que la situación se había modificado considerablemente. Sin embargo, sus cartas no lograron convencer al comité central. Kámenev se pronuncia en contra de las propuestas de Lenin y exige que el partido tome medidas contra cualquier intento de insurrección. Trotsky es partidario de la insurrección, pero piensa que esta debe ser decidida por el congreso pan-ruso de los soviets. Por ultimo, la mayoría de los miembros del comité central se inclina por la postura de Kámenev que propone que sean quemadas las cartas de Lenin, dejándolas sin contestación.
A partir de entonces Lenin inicia la batalla. Sabe que ha convencido plenamente a Smilgá, presidente del soviet regional del ejército, de la armada y de los obreros de Finlandia: empieza a conspirar con él contra la mayoría del comité central, le utiliza para «hacer propaganda dentro del partido »en Petrogrado y en Moscú, examina con él los más diversos planes para poner en marcha la insurrección y bombardea al comité central con una serie de cartas vehementes que denuncian los «titubeos» y «vacilaciones» de los dirigentes. El comité central decide, entre tanto, por la mayoría mínima de 9 votos contra 8, seguir a Trotsky y Stalin que han propuesto boicotear el Parlamento provisional que ha de surgir de la Conferencia Democrática, pero la fracción bolchevique en ésta acepta la postura de Ríkov y Kámenev que se oponen a la insurrección y son partidarios de la participación en el Parlamento provisional. El día 23, Lenin escribe al Comité Central: «Trotsky era partidario del boicot. ¡Bravo, camarada Trotsky! La moción de boicot ha sido rechazada por la fracción bolchevique, de la Conferencia Democrática ¡Viva el boicot! ». Exige la convocatoria de un congreso extraordinario del partido que discuta la cuestión del boicot y afirma que en ningún caso puede aceptar el partido la participación: «Hay que conseguir que las masas discutan la cuestión. Es necesario que los obreros conscientes se hagan cargo del asunto, provoquen el debate y presionen a los «medios dirigentes» [40]. El día 29 de septiembre, en una carta dirigida al comité central, afirma que considera inadmisible que no se haya respondido a sus cartas y mas aun, que la Pravda censure sus artículos, pues ello reviste toda la apariencia de «una delicada alusión al amordazamiento y una invitación a retirarse». También escribe: «Debo presentar mi dimisión del comité central y así lo hago, reservándome el derecho de hacer propaganda en las filas del partido y en el congreso, pues mi másprofunda convicción es que, si esperamos al congreso de los soviets y dejamos escapar la ocasión ahora, provocaremos la derrota de la revolución» [41]. Vuelve a la carga el 1 de octubre: «esperar es un crimen» [42].
La mayoría del comité central duda, conmovido por la discusión y, por fin, decide pedir a Lenin que haga un viaje clandestino a Petrogrado para discutir con él el problema de la insurrección. Por otra parte, durante los días siguientes, la situación se modifica dentro del propio partido: Trotsky logra convencer a los delegados bolcheviques del Parlamento provisional de que deben boicotearlo tras una abierta declaración de beligerancia en la sesión inaugural: abandonarán la sala una vez que él, en nombre de todos, haya exclamado « ¡La revolución está en peligro! ¡Todo el poder a los soviets!». Los bolcheviques de Moscú, representados por Lómov, exigen que se decida la insurrección. El día 9, Trotsky consigue que el soviet de Petrogrado resuelva la formación del comité militar revolucionario, llamado a constituirse en estado mayor de la insurrección. El 10 de octubre, Lenin, disfrazado y afeitado, llega a Petrogrado, discute apasionadamente y consigue por fin que, por 10 votos contra 2, se acepte una resolución en favor de la insurrección que está ya «indefectible y completamente madura», invitando a «todas las organizaciones del partido a estudiar y discutir todas las cuestiones de carácter práctico en función de dicha directiva».
Los dos adversarios de esta resolución son Zinóviev y Kámenev que, desde el día siguiente apelan contra la decisión del comité central en su «Carta acerca del momento actual», dirigida a las principales organizaciones del partido. «Estamos firmemente convencidos, escriben en ella, que en la actualidad convocar una insurrección armada supone jugarse a una sola carta no solamente la suerte de nuestro partido sino también la de la revolución rusa e internacional. No hay duda alguna de que existen situaciones históricas en las que una clase oprimida debe reconocer que vale más dirigirse hacia la derrota que rendirse sin lucha. ¿Acaso se encuentra la clase obrera rusa hoy en una situación similar? ¡No, cien mil veces no. (...) En tanto en cuanto dependa de nosotros la elección, podemos y debemos limitarnos en la actualidad a una postura defensiva. Las masas no desean luchar (...) Las masas de soldados nos apoyan (...) por nuestra consigna de paz (...) Si nos viéramos obligados a iniciar una guerra revolucionaria (...) nos abandonarían de inmediato» [43]. A su ver el mayor peligro lo constituye la sobreestimación de las fuerzas proletarias ya que el proletariado internacional no está dispuesto para apoyar la revolución rusa.
Sin embargo los preparativos continúan: el día 11 los delegados bolcheviques que acuden al congreso desde la zona norte son convocados en Petrogrado: a partir del día 13, los navíos de la armada, controlados por Smilgá, ponen su radio a disposición de la propaganda bolchevique, haciendo un llamamiento a los delegados para que se reúnan antes de la fecha prevista. El día 16 de octubre, se reúne un comité central ampliado que ratifica por 19 votos contra 2 y 4 abstenciones, la decisión del día 10, rechazando, después una moción de Zinóviev que propone la suspensión de los preparativos de la insurrección hasta que se celebre la reunión del Congreso de los Soviets. Esa misma tarde Kámenev presenta su dimisión como miembro del comité central.
El día 17 de octubre, el periódico menchevique Nóvaya Zhizn, dirigido por Máximo Gorki, publica una información referente a la «Carta acerca del momento actual». Al día siguiente, cuando en el cuartel general del soviet de Petrogrado. el Instituto Smolny, se celebra una conferencia ilegal de delegados de regimientos, destinada a conocer exactamente el estado de las fuerzas militares con que cuenta la insurrección, Zinóviev y Kámenev responden al periódico de Gorki, aprovechando para desarrollar, públicamente en esta ocasión, sus argumentos contra la insurrección, dejando no obstante entrever, con una frase de doble sentido, que el partido no se ha pronunciado aún de forma. definitiva. Se trata de una grave indisciplina: Trotsky acaba de ser nombrado delegado ante la guarnición de la fortaleza de Pedro y Pablo, cuya actitud es vacilante, con el fin de convencerla para que se una al bando de los insurrectos, su intento se ve coronado por el éxito. Lenin, en dos cartas, una dirigida a todos los miembros del partido y otra al comité, central, reacciona muy violentamnente; en ellas llama a Zinóviev y Kamenev «esquiroles», y exige su expulsión del partido. Más adelante, envía a Rabotchii Put -la nueva Pravda- un artículo encendidamente polémico contra los adversarios de la insurrección, sin nombrar a Zinóviev y Kamenev. Al haberse visto Trotsky obligado a desmentir que se hubiera decidido la insurrección, Zinóviev y Kámenev utilizan tal declaración para encubrir su comportamiento.
El día 20 de octubre, Rabotchii Put publica simultáneamente la continuación del. articulo de Lenin, la declaración de Zinóviev en la que se refiere al mentís de Trotsky y una nota de la redacción, escrita por Stalin en términos conciliadores, que parece implicar un cierto rechazo de la actitud de Lenin: «La aspereza del tono del camarada Lenin no altera el hecho de que permanecemos todos de acuerdo en cuanto a los puntos fundamentales ». Esa misma tarde, en la, sesión del comité central en la que Svérdlov lee la carta de Lenin, Trotsky ataca violentamente a Stalin por su nota conciliadora. Stalin ofrece entonces su dimisión y, más adelante, aboga por la conciliación, pidiendo al comité central que se niegue a aceptar la dimisión presentada por Kámenev. En definitiva. la dimisión de Kámenev se acepta por 5 votos contra 4: Zinóviev y él son conminados, por resolución del comité, a no volver a tomar posición públicamente contra, las decisiones del partido.
La insurrección
La decisión sobre la insurrección, se desarrolla por tanto prácticamente a la vista de todos, en un ambiente ultrademocrático, que desmiente eficazmente la pertinaz leyenda de un partido bolchevique de robots. A pesar de la designación por parte del comité central de un buró político que ha de encargarse de supervisar los preparativos, éstos se llevan a cabo bajo la dirección del comité militar revolucionario. El 22 de octubre, la tripulación bolchevique del crucero Aurora, recibe la orden de permanecer en el mismo lugar, cuando el gobierno provisional, por su parte ha ordenado que leve anclas. El día 23, el comité envía sus delegados a todas las unidades militares, cuyos representantes acaban de publicar un comunicado en el que afirman no reconocer la autoridad del gobierno provisional. Durante la noche, el gobierno se decide a actuar, prohibe la prensa bolchevique, clausura sus imprentas y llama a Petrogrado a todos los cadetes de la academia. El comité militar revolucionario envía entonces un destacamento que abre de nuevo la imprenta de la Pravda. Durante la jornada del 24, en los cuarteles, se distribuyen armas a todos los destacamentos obreros; durante la tarde, los marineros de Kronstadt acuden a Petrogrado; de Smolny, sede del comité, parten los destacamentos que van a ocupar todos los puntos estratégicos de la capital. Veinticuatro horas más tarde caerá el Palacio de Invierno, tras de algunas salvas, disparadas por el Aurora. La insurrección ha triunfado.
En el seno del partido bolchevique, la polémica parece haberse extinguido con el comienzo de la acción: Kamenev que ha dimitido el día 20 del comité central, participa no obstante en su reunión del 24; pasa la noche del 24 al 25 en Smolny, al lado de Trotsky, encargado de dirigir la insurrección: Lenin ha de unirse enseguida a ellos. Cuando, en la tarde del 25 de octubre se inaugura el congreso de los soviets, Kamenev es propuesto para ocupar la presidencia en representación del partido bolchevique.
En realidad, antes incluso de que el congreso proceda a efectuar la votación, que ha de dar a la insurrección el refrendo revolucionario esperado por los dirigentes bolcheviques, el desarrollo del movimiento de masas es, una vez más, el encargado de eliminar las divergencias. En todo el país se discute en asambleas de obreros, de campesinos y de soldados, en ellas se argumenta, se ataca o se defiende la decisión de la insurrección. John Reed ha escrito uno de estos debates, celebrado en el regimiento motorizado de ametralladoras. En él, el bolchevique Kirilenko, acaba de dar fin a un violento duelo oratorio, que le ha enfrentado con los adversarios mencheviques y S. R. de la insurrección. Los soldados asistentes votan: unos cincuenta se sitúan a la derecha de la tribuna, lo que equivale a condenar la insurrección, pero varios centenares de ellos se aglomeran a la izquierda aprobándola. El periodista americano concluye: «Imaginémonos esta lucha repetida en cada uno de los cuarteles de la ciudad, de toda la región, en todo el frente, en toda Rusia. Imaginémonos a todos los Krilenko faltos de sueño que vigilan cada regimiento, que saltan de un lugar a otro, discutiendo, amenazando, suplicando. Imaginemos esta misma escena repetida en todos los locales sindicales, en las fábrica, en las aldeas, a bordo de los barcos; pensemos en los cientos de miles de rusos, obreros, campesinos, soldados y marineros que contemplan a los oradores, esforzándose intensamente por comprender, y tomar luego una decisión reflexionando con agudeza y decidiendo por fin con tan pasmosa unanimidad. Así era la Revolución rusa» [44].
El II Congreso y el problema de la coalición.
De los 650 diputados del congreso pan-ruso de los soviets, 390 son bolcheviques, 150 S. R. aproximadamente votarán con ellos. El presidium del nuevo comité ejecutivo comprende 14 bolcheviques de un total de 25 miembros. Al lado de los dirigentes del partido, los miembros del comité central Lenin, Trotsky, Zinóviev, Kámenev, Rikov, Noguin y Kolontai, figuran veteranos militantes como Riazánov, Lunacharsky, Murálov, al que Trotsky llama Muránov, el letón Stutchka, y los dirigentes de la insurrección como Antónov-Ovseienko, del comité militar revolucionario, Krilenko y el jovencísimo Skliansky. Durante la discusión llegan noticias exaltantes: la caída del Palacio de Invierno, el paso al bando revolucionario de las tropas enviadas por Kerensky precisamente para destruirlo. La minoría, compuesta por mencheviques del ala derecha y S. R., abandona la sala. El congreso aprueba la insurrección, vota los célebres decretos que inician el régimen soviético y ratifica por aclamación al nuevo gobierno de «comisarios del pueblo» -apelación que ha sido propuesta a última hora por Trotsky y que ha sido adoptada entusiásticamente por Lenin- que ha presentado el comité central bolchevique: está compuesto por 15 miembros, todos ellos bolcheviques, de los cuales 4 son obreros. Posteriormente designa un comité ejecutivo que comprende 71 bolcheviques y 29 S. R. disidentes, partidarios de colaborar en el poder con los bolcheviques y pertenecientes al ala izquierda de su partido. La sesión se levanta después de quince horas de debate en dos días. La hoja parece haber sido vuelta definitivamente.
No obstante, la polémica que se ha desarrollado en el partido antes de la insurrección vuelve a suscitarse inmediatamente después de la victoria. Los delegados asistentes al II Congreso han votado al favor de una resolución, presentada por el menchevique internacionalista Mártov y apoyada por el bolchevique Lunacharsky, que solicita que el consejo de comisarios del pueblo comprenda representantes de otros partidos socialistas.. En opinión de muchos militantes, incluidos los bolcheviques, el consejo de comisarios netamente bolchevique no puede ser sino una solución provisional, la única solución es un gobierno de coalición de los partidos socialistas. El comité ejecutivo del Vikhjel, sindicato de los ferroviarios, retoma, algunos días más tarde, la consigna de coalición y, para dar más peso a su aserto, amenaza con cortar las comunicaciones del gobierno si éste no emprende de inmediato la formación de un gobierno socialista de coalición.
El día 29 de octubre, el comité central, del que están ausentes Lenin, Trotsky y Stalin y, más tarde, el comité ejecutivo del congreso de los soviets, acepta negociar. Una delegación, encabezada por Kámenev, acepta la invitación de los ferroviarios tomando contacto con los representantes de los mencheviques y de los S. R. . Estos últimos, alentados entre bastidores por los diplomáticos aliados, si se da crédito al testimonio de Jacques Sadoul, exigen que los guardias rojos sean desarmados, que se constituya un gobierno de coalición que no incluya ni a Lenin ni a Trotsky y que, en principio respondería no ante los soviets sino ante «las amplias masas de la democracia revolucionaria», fórmula esta que ciertamente resulta demasiado omnicomprensiva para no caer en la ambigüedad. Los parlamentarios del ejecutivo de los soviets, inclusive los bolcheviques Riazánov y Kámenev. aceptan que la discusión se inicie con estas bases, firmando con sus interlocutores un llamamiento en pro del alto-el-fuego, cuando ya se están enfrentando los cosacos del general Krasnov, en su avance hacia Petrogrado, con los guardias rojos de Trotsky. A su vuelta, Trotsky les acusa ante el comité central de haber considerado e incluso preparado una condena de la insurrección así como de haber sido burlados por sus adversarios. Lenin llega aún más lejos y propone la inmediata ruptura de las negociaciones. Riazánov y Lunacharsky declaran estar conformes con la eliminación de Lenin y Trotsky del gobierno si dicha condición es indispensable para la constitución de una coalición de todos los socialistas. El comité central rechaza esta postura y vota a favor de Trotsky que propone proseguir las negociaciones en base a la búsqueda de condiciones que habrán de garantizar al partido bolchevique, una cierta preponderancia en el seno de la coalición con los partidos socialistas que se han opuesto al poder ostentado por los soviets a condición de que acepten reconocer éste como un hecho consumado, asumiendo sus responsabilidades al respecto.
No obstante la minoría bolchevique no se resigna, pues cree que la resolución del comité central impedirá de hecho cualquier tipo de coalición. Kamenev, que sigue presidiendo el comité ejecutivo de los soviets, propone la dimisión del consejo de comisarios del pueblo exclusivamente bolchevique presidido por Lenin y la oportuna constitución, en su lugar, de un gobierno de coalición. Volodarsky opone a esta moción la que ha sido adoptada por el comité central. Durante la votación, numerosos comisarios del pueblo como Rikov, Noguín, Lunacharsky, Miliutin, Teodorovich, así como algunos responsables del partido como Zinóviev, Lozovsky y Riazánov votan en contra de la resolución presentada por su propio partido. Al día siguiente, otro bolchevique, Larin, presenta al ejecutivo una moción acerca de la libertad de prensa, censurando la represión gubernamental contra la prensa derechista y la prohibición de los periódicos que llaman a la insurrección armada contra el gobierno bolchevique. La moción es rechazada con una mayoría de sólo dos votos. Lozovsky y Riazánov han votado una vez más contra el gobierno. Conminados para que se sometan a la disciplina, parte de los miembros de la oposición dimiten aparatosamente de sus responsabilidades para protestar contra la «catastrófica política del comité central» y contra «el mantenimiento de un gobierno puramente bolchevique por medio del terror político» [45]. Lenin. en una proclama que se difunde por todo el país, les da el nombre de desertores. En su opinión no puede haber ningún tipo de vacilación: si la oposición no acepta las decisiones de la mayoría debe abandonar el partido. Afirma: «La escisión será un hecho enormemente lamentable. No obstante, una escisión honrada y franca es, en la actualidad, preferible con mucho al sabotaje interior y al no cumplimiento de nuestras propias resoluciones» [46].
No habrá escisión en definitiva, La oposición es condenada por el conjunto de los militantes y por los mismos mítines de obreros y soldados que aprobaron la insurrección. Por otra parte, enseguida aparece con extrema claridad la evidencia de que los mencheviques y los dirigentes S. R. nunca han pensado sino en plantear a los bolcheviques la alternativa entre el suicidio político que supondría la eliminación de Lenin y Trotsky, y la negativa a constituir una coalición que justificaría entonces una lucha contra ellos con todos los medios a su alcance. Parte de los S. R. se niegan a seguir a la mayoría de sus dirigentes por el camino que conduce a la lucha armada contra el régimen soviético: el nuevo partido que integran los S. R. de izquierda, al darse cuenta de que los mencheviques y S. R. se niegan en realidad a formar parte de la coalición, acepta compartir el poder con los bolcheviques delegando a algunos de sus miembros en el consejo de comisarios del pueblo. De los miembros de la oposición, Zinóviev es el primero en volver, y reconsiderar su dimisión. El día 21 de noviembre escribe: «Nuestro derecho y nuestro deber es advertir al partido de sus propios errores. Sin embargo permanecemos con el partido. Preferimos cometer errores con millones de obreros y de soldados y morir con ellos antes que separarnos de ellos en esta hora decisiva de la historia. No habrá, no puede haber, una escisión en el partido» [47]. Kámenev, Miliutín, Ríkov y Noguin siguen su ejemplo el 12 de diciembre, esperando un poco más de tiempo antes de asumir sus responsabilidades. Kámenev, sustituido por Svérdlov en la presidencia del ejecutivo de los soviets, será enviado a Europa Occidental. El único en mantener su postura será Lozovsky, que será finalmente expulsado, fundando un efímero «Partido Socialista Obrero».
No habrá crisis en las filas del partido bolchevique cuando se plantee el problema de la Asamblea Constituyente cuya mayoría pertenece a los S. R. de derechas, por haber sido designados los candidatos antes de la escisión. Bujarin propone entonces una desautorización de los diputados derechistas y la proclamación de una convención revolucionaria, ante esta postura el politburó bolchevique manifiesta cierta vacilación. No obstante Lenin conseguirá imponer fácilmente su punto de vista: al haber rechazado la Constituyente una «declaración de los derechos del pueblo trabajador y explotado» que retomaba en lo esencial las decisiones del II Congreso de los soviets, probando así su deseo de poner en cuestión tanto la propia revolución como el nuevo poder soviético, es disuelta por los guardias rojos el 19 de enero. Ningún bolchevique ha de protestar contra la disolución de una asamblea cuya elección, en su momento, había sido una de las principales consignas de agitación empleadas por el partido. Las tesis de abril habían triunfado por tanto de forma, definitiva.
La fisonomía del partido victorioso
En lo sucesivo, el partido bolchevique ha de soportar la parte más esencial de las responsabilidades del nuevo régimen. En todo el mundo, los especialistas se preguntan ¿,Acaso van a perdurar estos energúmenos? Lenin responde: «La burguesía sólo reconoce que un estado es fuerte cuando, haciendo uso de todo el poder del aparato gubernamental, consigue movilizar a las masas en el sentido deseado por los gobiernos burgueses. Nuestra concepción de la fuerza es diferente. Para nosotros lo que da su fuerza a un estado es la conciencia de las masas. El estado es fuerte cuando las masas saben todo, pueden juzgar sobre cualquier cosa y actúan siempre con perfecta conciencia» [48]. Los bolcheviques tienen fe en el futuro porque creen ser una mera vanguardia de la revolución mundial, pero también porque saben que su fusión con los elementos activos de la clase obrera es tan absoluta que resulta imposible discernir si ha sido el partido el que los ha integrado o si han sido ellos los que se han adueñado del partido para convertirle en su organización. Esta es la opinión que ya en el mes de julio ha sido expresada por Volodarsky en los siguientes términos: «En las fábricas disfrutamos de una influencia formidable, ilimitada. El trabajo del partido es realizado principalmente por los propios obreros. La organización ha surgido de la base y esta es la razón de que pensemos que no se dislocará» [49].
En efecto, ningún argumento es más eficaz a la hora de desmentir abiertamente la tenaz. leyenda del partido bolchevique monolítico y burocratizado, que el relato de estas luchas políticas, de estos conflictos ideológicos, de estas indisciplinas públicas y reiteradas que, en definitiva nunca son sancionadas. Son las masas revolucionarias las que sancionan las decisiones que, por otra parte, habían sugerido con sus iniciativas: Lenin, que ha sido el primero en estigmatizar a Kámenev y Zinóviev, llamándolos «cobardes» y «desertores», en el calor de la acción, una vez superada esta etapa, es igualmente el primero en manifestar su vehemente anhelo de conservarlos en el partido, donde se les necesita pues ocupan un lugar que haría difícil su inmediata sustitución. A finales de 1917, el partido tolera más que nunca los desacuerdos e incluso la indisciplina, en la medida que la pasión y la tensión de las jornadas revolucionarias los justifican y en cuanto que, cuando el acuerdo sobre el objetivo de revolución socialista resulta fundamental, aquel que se refiera a los medios a emplear no puede resultar más que de la discusión y de la convicción.
En realidad, la postura de los conciliadores tenía su fundamento en la antigua teoría de las distintas etapas de la revolución que sólo fue abandonada después del triunfo de las tesis de abril; la ruptura con ella no podía llevarse a cabo en sólo unas pocas semanas, al menos en la mente de aquellos que la habían desarrollado y esta es la explicación de la actitud de Zinóviev y Kámeney. Ciertamente, basándose en sus escritos de noviembre de 1917, resulta fácil sugerir, como hace Robert Daniels, que los adversarios bolcheviques del monopolio bolchevique del poder, habían presentido el peligro de degeneración implícito en un partido que se identificase con el Estado. De hecho resulta imposible ir más allá de la aseveración de Deutscher: «La historia habría de justificar tal presentimiento a pesar de que, cuando sobrevino, careciese aparentemente de base» [50].
En realidad, ni Lenin ni Trotsky ni los otros dirigentes bolcheviques preveían ni deseaban, en aquella fecha, un monopolio bolchevique del poder. Lenin había efectuado un llamamiento para que se intentase «la última oportunidad de garantizar un desarrollo pacífico de la revolución, la pacifica elección de los diputados del pueblo, la lucha pacífica de los partidos en el seno de los soviets, la puesta a prueba en la práctica del programa de los diferentes partidos y la pacífica transición del poder de un partido a otro » [51]. Inmediatamente después de la revolución, el comité central declaraba aún: «En Rusia ha sido conquistado el. Poder soviético y el paso del gobierno de un partido soviético a otro queda asegurado sin ninguna revolución por la simple renovación de los diputados en los soviets» [52]. No obstante, en aquel momento, los mencheviques habían abandonado la sala de sesiones del II Congreso de los soviets donde se encontraban en completa minoría; los S. R. y ellos se negaban a aceptar la oferta bolchevique de gestión mancomunada en los soviets: unos consideraban la lucha armada al lado de los jefes militares de la oligarquía y de los Aliados, mientras que los otros se preparaban a tomar posiciones por encima de la confusión imperante.
Si, años más tarde, los soviets han de verse reducidos a una mera concha vacía frente al todopoderoso aparato bolchevique, será porque, fundamentalmente, en la época en que los soviets aun eran organismos vivos, el partido bolchevique había sido el único en defender su poder mientras que los mencheviques y social-revolucionarios, leales oponentes o colaboradores de la república burguesa, se habían negado a desempeñar este papel en la república soviética de consejos de obreros, campesinos y soldados.
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[1] Lenin, Obras Escogidas, Ed. Progreso t. 1, pág. 535-536.
[2] lbidem, pág. 540.
[3] Trotsky, 1905, Resultados y Perspectivas, Ed. Ruedo Ibérico, t II, pág. 171
[4] lbidem, pág. 199.
[5] Ibídem, pág. 237.
[6] Anweiler, Die Rätebewegung in Russland, págs. 49-52.
[7] Ibídem, págs. 53-58.
[8] Ibídem, pág. 100.
[9] Ibídem, pág. 103.
[10] Ibídem, pág. 103.
[11]Trotsky, Historia del Soviet (Istoria Sovieta Rabóchij Deputátov), citada por Deutscher, El profeta armado págs. 145-146.
[12] Ibídem,
[13] Trotsky, «Discurso ante el tribunal, 19 de septiembre de 1906», citado por Fourth International, marzo de 1942. pág. 85.
[14] Cahiers du bolchevisme nº 24, agosto de 1925, pág. 1511
[15] Ibídem, pág. 1512
[16]Citado por Deutscher, op, cit:., pág, 203.
[17] Ibidem. pág205.
[18] Ibídem. pág. 221.
[19]Citado por E. H. Carr, t. 1, pág. 92.
[20]Trotsky, 1905.
[21]Citado por Carr. op. cit. 1, págs. 94-95.
[22]Lenin, Oeuvres Complétes, t. XXIV, pág. 12.
[23] Ibídem. pág. 13.
[24] Ibídem, pág. 15.
[25]Lenin.Oeuvres choisies, t. II, pág. 23
[26] Ibídem, pág. 15.
[27]Yaroslavsky,, op. cit., pág. 262.
[28] Ibídem, pág. 263.
[29]Lenin, Oeuvres Complétes, t. XXIV, pág. 35
[30] Yaroslavsky, op. cit,., pág. 263.
[31] Lenin. 0euvres Complétes, t. XXIV. págs.28-29.
[32]Según Shlniapníkov. (N. dc1 T.)
[33] Deutscher. op. cit., pág. 238.
[34]Kaganóvitch, «Discurso pronunciado en el Instituto de profesores rojos», Corr. Int. n.º 114, 23 de diciembre de 1931, pág. 1260.
[35] R.V. Daniels, The conscience of revolution, pág. 49.
[36]Lenin, Oeuvres Complétes, t. XXV, pág. 243.
[37] Ibídem, t. XXVI, págs. 10-12.
[38] Ibídem, pág. 12.
[39] Ibídem, pág. 18.
[40] Ibídem, pág. 51.
[41] Ibídem, págs. 78-79.
[42] Ibídem, pág. 139.
[43] Bunyan y Fisher, The bolshevik revolution, págs. 59-62.
[44] Reed, op. cit., pág. 153.
[45]Bunyan y Fisher. op. cit. pág. 204.
[46]Lenin, 0euvres Complétes, t. XXVI. pág. 293.
[47]Pravda, 21 de noviembre de 1917, citado por Serge. El año I de la revolución rusa, Ed. Siglo XXI pág. 104.
[48]Lenin. Oeuvres Choisíes, t. II, pág. 150.
[49]Citado por Trotsky, Histoire, t. III, pág. 364,
[50] Deutscher, op. cit., pág. 310..
[51]Lenin, Oeuvres Choisies., t. II, pág. 150
[52] Ibídem, pág. 282.
CAPÍTULO V
LOS PRIMEROS PASOS DEL RÉGIMEN SOVIÉTICO Y LA PAZ DE BREST-LITOVSK
El aislamiento respecto a las restantes tendencias socialistas en que quedan, tras la toma del poder, los bolcheviques, no es en modo alguno un hecho fortuito. Los dirigentes del partido S. R. que, durante su paso por el poder, se han mostrado incapaces de satisfacer las reivindicaciones de las masas que figuraban en su programa, así como de romper con la burguesía y con los aliados, no están dispuestos a secundar a los que pretenden emprender tales tareas después de su fracaso. Los mencheviques, por su parte, consideran entonces -y seguirán haciéndolo más tarde- como una locura sanguinaria la toma del poder por un partido obrero, cuando, según ellos, Rusia sólo está madura para una revolución burguesa y una república democrática. Ni por un momento han pensado unos y otros que ante el régimen nacido de octubre pudiera abrirse un futuro esperanzador. Al igual que los partidos burgueses y los elementos oligárquicos, esperan un derrumbe que consideran inevitable. Todos ellos son de la opinión de que conviene acelerarlo, buscando el mal menor, aislando al máximo a los dirigentes bolcheviques. Los mencheviques más cercanos a la revolución e incluso el historiador Sujánov, bolchevique «en una cuarta parte», opinan que la idea de construir un estado socialista en un país atrasado es una verdadera utopía, pero, por encima de todo, piensan que lo verdaderamente catastrófico es la destrucción del antiguo aparato de Estado, que, en las condiciones de guerra y total hundimiento económico en que se encuentra Rusia, no puede conducir más que a la destrucción de las fuerzas productivas esenciales del país. No obstante, si bien Sujánov no desea aislarse «de las masas y de la propia revolución» con el abandono de los soviets, en cambio, la mayoría de los dirigentes S. R. y mencheviques, al mismo tiempo que proclaman su resolución de luchar contra los bolcheviques «sin la burguesía, en nombre de la democracia» prefieren romper estos vínculos antes que aquellos que les unen a la burguesía internacional ya que, por supuesto, no comparten las esperanzas de revolución mundial de los bolcheviques y piensan que el apoyo de los Aliados ha de ser indispensable para construir una Rusia burguesa y democrática cuando sobrevenga el final de las hostilidades. Este es el origen de su fidelidad a la alianza militar durante su paso por el gobierno provisional, así como de las disposiciones favorables de muchos de ellos a los avances de los Aliados que quieren mantener, a Rusia en la guerra cueste lo que cueste, sosteniendo, desde el día siguiente a la insurrección, los esfuerzos que, en primer lugar, tienen por objeto eliminar a Lenin y a Trotsky durante la discusión sobre la coalición. y, más tarde, apoyar la legitimidad de la Asamblea Constituyente que ha sido disuelta en enero de 1918.
De hecho, los bolcheviques, a partir del mes de febrero, se habían limitado a encabezar una ola revolucionaria que ellos no habían provocado, orientándola ya que no dominándola. Los mencheviques y los S. R., al romper con ellos, rompían también con este movimiento y corrían el riesgo inmediato de quedar aprisionados por las fuerzas burguesas cuyo apoyo aceptaban. Por su parte, los bolcheviques se encontraban en la necesidad imperiosa de concretar la victoria revolucionaria satisfaciendo las principales reivindicaciones de las masas. Este será el. objetivo de los grandes decretos del II Congreso de los soviets. El decreto sobre la tierra, abole la propiedad privada de los predios. «La tierra no puede ser vendida, ni comprada, ni alquilada, ni utilizada como garantía ni alienada en modo alguno. La tierra pasa a ser propiedad de la nación y sus productos revertirán sobre aquellos que la trabajen». La socialización de la tierra no figuraba en el programa del partido bolchevique, no obstante fue implantada porque este era el deseo de la inmensa mayoría del campesinado. Tal medida figuraba en el programa de los S. R. y había sido retomada por los miembros de su ala izquierda, aliados de los bolcheviques entre el campesinado, concretando de esta forma la alianza de los aldeanos con el poder soviético, único capaz de llevar a la práctica su programa. De la misma forma, el decreto sobre control obrero responde al deseo de los obreros de tomar a su cargo la dirección de las fábricas, evitando así que la insuficiencia de conocimientos técnicos provoque el caos en la producción industrial.
Sin embargo,. la realización de. la parte más, sustancial del programa de la revolución, de la reivindicación primordial de las masas, a saber la paz, resultaba infinitamente más ardua. En realidad, de todos modos era preciso introducir esta formidable insurrección en un nuevo marco, organizar la energía revolucionaria que emana de millones de hombres, mantener el funcionamiento de una economía gravemente deprimida y hacer frente al peligro de una contrarrevolución armada o no; no obstante, la guerra obligaba a los bolcheviques a emprender esta tarea inmensa bajo la amenaza de los ejércitos alemanes a lo largo de un frente de varios millares de kilómetros: ahora bien, al no producirse. un levantamiento revolucionario en los países. beligerantes, y sobre todo en Alemania, la paz no podía constituir más que una capitulación sobre la que pesarían sin duda las peores condiciones de inferioridad.
El aislamiento político de los bolcheviques acarreaba igualmente el endurecimiento de su autoridad respecto a todos aquellos que. no consideraban aún la insurrección como un hecho consumado. Trotsky había confiado a Sadoul su deseo de conseguir una. coalición auténtica: en caso contrario, precisaba, «para evitar nuevos intentos antibolcheviques, será preciso ejercer una despiadada represión y el abismo se ahondará todavía más»[1]. Los bolcheviques, con plena conciencia de todos estos peligros, se esforzaron en resistir, a la espera del socorro que habría de llegarles de la Europa industrial y, sobre todo, de la Alemania obrera. «No ha sido nuestra voluntad, dirá Lenin, sino las circunstancias históricas, la herencia del régimen zarista y la debilidad de la burguesía rusa las causas de que (nuestro) destacamento se haya anticipado a los otros destacamentos del proletariado internacional: no lo hemos querido, han sido las circunstancias las que lo han impuesto. Pero debemos permanecer en nuestro puesto hasta que acuda nuestro aliado el proletariado internacional»[2] . Para «permanecer en su puesto», los bolcheviques no veían otro medio que el de proseguir e intensificar la actividad de las masas que les había llevado al poder. «Recordad, decía Lenin a los obreros y campesinos rusos, que, en la actualidad, sois vosotros mismos los que dirigís el Estado: nadie os ayudará si no permanecéis unidos, haciéndoos cargo de todos los asuntos del Estado»[3] .
El sistema soviético
El único sistema que, según Lenin, permite «dirigir el estado a una cocinera», es el sistema de los soviets. En vísperas de la insurrección de octubre, se encuentran por doquier, ejerciendo la totalidad o una parte importante del poder. La insurrección se lleva a cabo en su nombre y el 11 Congreso pan-ruso así lo ratificará entregando, a todos los niveles «el poder a los soviets». El verdadero sentido de dicha medida viene definido por el llamamiento del comité ejecutivo del 4 (17) de noviembre de 1917, que ha sido redactado por Lenin: «Los soviets locales pueden, según las condiciones de lugar y de tiempo, modificar, ensanchar y completar los principios básicos establecidos por el gobierno. La iniciativa creadora de las masas, éste es el factor fundamental de la nueva sociedad (...) El socialismo no es el resultado de los decretos venidos desde arriba. El automatismo administrativo y burocrático es extraño a su espíritu, el socialismo vivo, creador, es la obra de las propias masas populares»[4].
La estructura de la organización, así como los principios en que habrá de basarse su funcionamiento, serán enunciados en las circulares del consejo de comisarios del pueblo, y del comisariado del interior. La del 5 de enero de 1918 estipula: «Los soviets son, en todas partes, los órganos de la administración del poder local, debiendo ejercer su control sobre todas las instituciones de carácter administrativo, económico, financiero y cultural. (...) Todo el territorio debe ser cubierto por una red de soviets, estrechamente conectados unos con otros. Cada una de estas organizaciones hasta la más pequeña, es plenamente autónoma en cuanto a los cuestiones de carácter local, pero debe adaptar su actividad a los decretos generales y a las resoluciones del poder central y de las organizaciones soviéticas más elevadas. De esta forma, se establece una organización coherente de la República Soviética, uniforme en todas sus partes» [5]. La constitución soviética de 1918 retomará este esquema en su artículo 10, al afirmar que «toda la autoridad en el territorio de la. R. S. F. S. R.[6], se encuentra en manos de la población trabajadora organizada en los soviets urbanos y rurales», y en el artículo 11: «la autoridad suprema (...) se encuentra en manos del Congreso Pan-Ruso de los Soviets y, en los intervalos entre congresos, en las de su Comité Ejecutivo»[7].
Los soviets son congresos que, en la medida de lo posible, agrupan a los trabajadores en sus propios lugares de trabajo, en el marco de su vida social. De hecho, sólo los soviets campesinos suponen una democracia directa basada en unas asambleas generales en las que los asistentes pueden prescindir de los delegados, discutir entre ellos y tomar decisiones respecto a sus problemas. Durante cierto tiempo, serán los únicos en recibir la apelación de soviets, pues a los consejos de diputados se los conocerá como sovdepi. Los representantes de los soviets. campesinos integran el soviet de distrito, los delegados del distrito, a su vez, forman parte del soviet comarcal, de la misma forma que los soviets de fábrica y de barrio integran los soviets de las ciudades. En este nivel, se encuentran los soviets obreros y campesinos: el congreso comarcal rural y el congreso de ciudad, urbano, se integran en un congreso provincial, por encima del cual se hallan los diferentes congresos regionales que nombran a sus representantes en el congreso pan-ruso de los soviets. y al que los soviets de las grandes ciudades delegan directamente sus representantes.
El derecho de voto para los soviets no es ni «universal» ni «igualitario»: la dictadura del proletariado es ejercida únicamente por los proletarios; no tienen derecho a voto los hombres y mujeres que emplean asalariados, ni aquellos que no viven de su trabajo, es decir, los hombres de negocios, los curas, y los monjes. (No obstante, respecto a la concepción llamada «leninista» de la dictadura del proletariado que fue ampliamente difundida en años posteriores, resulta interesante recordar. la postura que mantuvo Lenin en 1918: «Hoy, todavía, conviene afirmar que la restricción del derecho electoral es un problema particular de cada nación [...] Sería un error afirmar de antemano que todas o la mayoría de las futuras revoluciones proletarias en Europa,. habrán de restringir forzosamente los derechos electorales de la burguesía»[8] . La representación de los obreros es más importante que la de los campesinos. Los soviets rurales tienen un diputado por cada 100 habitantes con un mínimo de tres y un máximo de cincuenta, los soviets comarcales tienen un diputado por cada 1.000 habitantes.o diez miembros del soviet local y los provinciales uno por cada 10.000 electores o cien diputados. Sin embargo, en el congreso regional, hay un diputado por cada 25.000 electores rurales y uno por cada 5.000 electores urbanos. En los congresos pan-rusos se da la misma proporción: los obreros cuentan con un diputado por cada 25.000 electores, mientras que los campesinos sólo tienen uno por cada 125.000. Este es el resultado práctico de las condiciones de la fusión entre el congreso de los soviets obreros y el de los soviets campesinos: los bolcheviques defenderán esta desigualdad con el argumento de la necesidad de que la clase obrera disfrute, dadas las condiciones rusas de aquella época, de la hegemonía, negándose al mismo tiempo a elevar esta práctica a la calidad de principio universal.
Aparte de ésta, existen pocas normas generales salvo el principio fundamental. de la revocabilidad de los mandatos; a este respecto Lenin declara: «Toda formalidad burocrática así como cualquier tipo de limitación desaparecen de las elecciones, las propias masas determinan la forma y el ritmo de las elecciones con pleno derecho a revocar a sus representantes »[9]. No obstante, se fija la duración del mandato de los soviets locales en tres meses, estableciéndose al mismo tiempo como principio la reunión del Congreso pan-ruso de los soviets al menos dos veces al año.
El funcionamiento
No existe ningún estudio acerca del funcionamiento de los primeros soviets si se exceptúa el excelente esbozo de Hugo Anweiler. No obstante, puede afirmarse que, en los meses que siguieron a la insurrección de octubre, los soviets extendieron rápidamente su autoridad al conjunto del territorio sustituyendo a los consejos municipales de los cuales se disuelve el 8,1 por 100 en diciembre, el 45,2 por 100 en enero de 1918, el 32,2 por 100 en febrero y el resto entre marzo y mayo del mismo año[10] . En la mayor parte de las ciudades, sobre todo en las más grandes, una parte del aparato administrativo municipal continúa funcionando bajo el control del soviet. Los soviets de los tramos intermedios, distrito y comarca o zona, que han desempeñado un importante papel en la extensión de la red soviética, deben interrumpir enseguida su actividad. Numerosos soviets locales se comportarán como verdaderos gobiernos independientes, proclamando minúsculas repúblicas soviéticas que cuentan con su propio consejo de comisarios del pueblo. Ya sea ésta la realización del Estado-comuna o, por el contrario, la demostración de la insuficiencia del nuevo Estado proletario, en cualquier caso, Lenin, tras el inicio de la guerra civil, insistirá en afirmar que esta diseminación era necesaria: «En esta aspiración al separatismo, escribe, existía algo sano y provechoso en la medida que se trataba de una aspiración creadora»[11].
El establecimiento del poder central y su funcionamiento habrán de chocar más adelante con otro tipo de dificultades y conocerán nuevos ensayos. Los comisarios del pueblo se encuentran con ministerios desiertos o revolucionados, se enfrentan con toda clase de obstáculos, desde la falta de llave para entrar en el despacho hasta la huelga del personal. Los primeros servicios de la mayoría de los comisariados son improvisados manu militari por destacamentos revolucionarios de militantes obreros o soldados: de esta forma organizan para Trotsky el Comisariado de Asuntos Exteriores los marineros de Markin mientras que el de trabajo es puesto en funcionamiento para Schliapnikov por los metalúrgicos del sindicato. Cuando las bandas de pillaje penetran en las bodegas de las mansiones y aristocráticos hoteles para adueñarse de los vinos y de la vodka, son los grupos de intervención integrados por obreros o por marineros bolcheviques o anarquistas los que les dan caza, vuelan las cavas y destruyen los «stocks» del «vodka que adormece al pueblo». Los primeros intentos contrarrevolucionarios en Petrogrado chocaron con partidas armadas de este tipo; los responsables, vencidos, serán acusados ante asambleas reunidas espontáneamente, auténticos tribunales integrados por obreros voluntarios o elegidos.
Esta vanguardia obrera, constituye, durante algunos días, la única fuerza verdaderamente organizada al servicio de un gobierno cuya entidad se va definiendo muy. gradualmente. El Congreso pan-ruso habrá de reunirse tres veces en seis meses y, en el ínterin, su autoridad es ejercida por el comité ejecutivo que elige. No obstante este último cuenta con más de doscientos miembros lo que le convierte en un organismo demasiado embarazoso para el poder ejecutivo, que se le asigna: esta es la razón de que designe a los comisarios del pueblo cuyo consejo formará el verdadero gobierno. Cada comisario cuenta con un «colegio» de cinco miembros del comité ejecutivo que tienen derecho a apelar contra las decisiones ante el consejo o bien ante el comité ejecutivo. Los conflictos abundan en este período ya que los comisarios del pueblo tienen una cierta tendencia, urgidos por la necesidad, a actuar sin esperar el consenso del comité ejecutivo y, terminarán por dictar leyes, conservando posteriormente este derecho que, en un principio, no les había sido atribuido pero tampoco prohibido.
Los partidos y la democracia soviética
Los soviets, a todos los niveles, comprenden evidentemente miembros de los diferentes partidos. El hecho de que las elecciones se lleven a cabo casi siempre mediante la votación pública, excluye, hasta cierto punto a los representantes de las organizaciones derechistas en un principio, y más adelante a todos los pertenecientes a aquellos que reivindican la autoridad de la Asamblea Constituyente. No obstante, el comité ejecutivo elegido por el III Congreso comprende aún siete S. R. de derecha, junto a los 125 S. R. de izquierda y a los 160 bolcheviques.
Los S. R. de izquierda provenían de la tendencia del viejo partido encabezada por Natanson y Spiridovna, que, durante la guerra, había rechazado la política de unión sagrada. En el congreso de mayo de 1917, habían presentado su propia plataforma, pronunciándose a favor de la ruptura de todo tipo de alianza con los partidos burgueses, de la creación de un gobierno netamente socialista, de la paz inmediata, y de la socialización de la tierra. Habían sido expulsados por la dirección de su partido al haberse negado a obedecer a los dirigentes que, en señal de protesta, habían abandonado la sala en que se celebraba la sesión plenaria del II Congreso (que acababa de aprobar la insurrección de octubre), constituyéndose en esta fecha como partido independiente y consiguiendo, como hemos visto, una representación en el gobierno. Pertenecen a la mayoría y cuentan con 284 delegados en el IV Congreso y con 470 en el V sobre un total de 1.425 diputados. Incluso después de su abandono del gobierno, ocupan puestos importantes en el nuevo Estado, en el ejército y en la Cheka o policía especial destinada a la represión de actividades contrarrevolucionarias. Sus portavoces son Katz, alias Kaníkov, Karelin y, sobre todo, la prestigiosa María Spiridovna, legendaria terrorista y apóstol de la revolución campesina; su actividad consiste en asaetear a los dirigentes bolcheviques con críticas y ataques a veces muy violentos. Desde la insurrección de octubre hasta el comienzo de la guerra civil su prensa aparece con entera libertad.
Los mencheviques subsisten igualmente. Una fracción de los internacionalistas ha permanecido en el congreso de los soviets a pesar de la dimisión de la mayor parte de los diputados del partido. La reunificación entre los internacionalistas de Mártov y el partido de Dan se lleva a cabo en marzo de 1918 y a ella sigue un congreso que se celebra en mayo. Hasta el mes de mayo de 1918 aparece un órgano central de los mencheviques, Novy Luch, también aparecen Vpériod, que es el periódico del grupo de Mártov, y una decena más de publicaciones diarias o periódicas. No obstante, los mencheviques han de lamentarse de sufrir secuestros, prohibiciones y detenciones arbitrarias. Estas deben atribuirse más a circunstancias e iniciativas locales que a una política represiva de conjunto, aun cuando una importante fracción de los mencheviques continúa declarándose partidaria de una intervención extranjera y la mayoría insiste en su fidelidad a la Asamblea Constituyente.
Tanto antes como después de octubre, los anarquistas han desempeñado un importante papel. Su influencia es considerable entre los marineros de la flota del Báltico y ciertos regimientos, moscovitas sobre todo, han sido ganados a su causa. Se subdividen en un gran número de grupos, algunos de ellos, al tiempo que condenan la insurrección por haber dado origen a un nuevo «poder», aceptan defender la autoridad de los soviets mientras que otros la impugnan rotundamente. En general, están de acuerdo con los bolcheviques en el momento de la disolución de la Constituyente, cuya liquidación expresa será llevada a cabo precisamente por uno de ellos, el marinero Selezniak. A principios del año 1918, cuentan con sus propios locales, su organización, su prensa, su milicia o guardia negra y sus incontrolados a los que se acusa a menudo de bandidaje y pillaje. En el ejecutivo, su portavoz es Alejandro Gay, que confía a Sadoul su propósito de «cavar la tumba de los bolcheviques»[12] . En abril, la Cheka inicia una vasta operación contra ellos, rodea sus locales y lleva a cabo centenares de detenciones. La guardia negra es disuelta. Oficialmente esta depuración tiene por objeto desembarazarse de los elementos dudosos que se han infiltrado en sus filas; otro motivo ha sido la queja emitida por el coronel Robins, representante oficioso de los EE. UU. . No obstante, la mayoría de los arrestos no son definitivos, los militantes conocidos son liberados y, a falta de armas, conservan su prensa y sus locales. De hecho, numerosos militantes anarquistas son atraídos fuertemente por el bolchevismo en los inicios de la revolución, reconciliándose con la concepción que Lenin ostenta del Estado y con la imagen que de él dan los soviets: el ruso-americano Krasnotchekov y el franco-ruso Kibálchich, alias Víctor Serge, se unen al partido bolchevique; otros, sin llegar a afiliarse, colaboran asiduamente. Este es el caso de el ex presidiario Sandomirsky y de su compañero Novomirsky, del anarco-sindicalista Alejandro Schapiro y, sobre todo, del antiguo líder de los sindicatos revolucionarios americanos I. W. W., el ruso-americano Bill Chatov, que será uno de los fundadores de la república soviética de Extremo-Oriente y del Ejército Rojo. El propio Gay participará en la guerra civil en el bando rojo, siendo fusilado por los Blancos en 1919.
Así, penosamente a veces, funciona en el marco de los soviets un régimen pluripartidista que lleva aparejados, como consecuencia inevitable, los conflictos ideológicos y las pugnas retóricas y polémicas de la prensa. El lector ruso puede incluso seguir las actas de los debates del ejecutivo en donde se enfrentan los lideres de los diferentes partidos: León Sosnovsky, portavoz de la fracción bolchevique y Bujarin que es uno de los oradores gubernamentales con más audiencia, Gay, Mártov, Karelin y Spiridovna, bajo la autoritaria férula de Svérdlov, presidente de estentórea voz cuyo apodo es «cierra-bocas». Para los bolcheviques, esto supone un éxito indiscutible pues, de esta forma, su aislamiento deja de ser total y constituye la prueba de que su influencia no disminuye puesto que, después de la victoria, es posible descartar las medidas represivas que su precaria situación tal vez habría hecho aconsejable.
No obstante, en este cuadro de conjunto van a surgir innumerables dificultades, en particular en lo referente a la libertad de prensa. Los bolcheviques no tienen a este respecto una postura abstracta. Así lo expone claramente Trotsky ante el soviet de Petrogrado: «Todo hombre que cuente con un capital tiene derecho, al contar con medios suficiente., a abrir una fábrica, una tienda, un burdel o un periódico de su gusto (...) ¿Pero acaso los millones de campesinos obreros y soldados disfrutan de la libertad de prensa? Ellos no cuentan con la condición esencial de la libertad, es decir, con los medios reales y auténticos necesarios para la publicación de un periódico»[13]. Propone entonces la nacionalización de las imprentas y de las fábricas de papel, así como la atribución de facilidades de impresión a los partidos y grupos obreros con arreglo a su influencia real. En este sentido, Lenin redacta un proyecto en el que se reconoce a toda agrupación que represente por lo menos a diez mil obreros el derecho de editar un periódico, habilitándose incluso un fondo para su financiación[14]. Ninguno de estos proyectos llegará a realizarse y, de hecho, las únicas medidas que se tomaron fueron represivas. No obstante, las prohibiciones que siguieron a la amenaza de defender con las armas la causa de la Asamblea Constituyente, suscitaron encendidísimas protestas en las filas revolucionarias. El gobierno se encuentra, de hecho, presionado por dos necesidades contradictorias: la de tener que autorizar la manifestación de una oposición que considera legítima e incluso necesaria y, por otra parte, la de impedir que el adversario, utilice la prensa como un arma a la que teme, no sin razón, dada la situación rusa en la que los bulos, pánicos y rumores alarmistas pueden dar a la provocación un terreno abonado. Nada refleja esta doble preocupación mejor que el llamamiento emitido por Volodarsky, comisario de información, en la Krásnaya Gazeta de Petrogrado: «La libertad de criticar los actos de poder de los soviets, la libertad de agitación en beneficio de otro tipo de poder, se la daremos a nuestros adversarios. Si lo entendéis así os garantizamos la libertad de prensa. Pero renunciad a las noticias falsas, a la mentira y a la calumnia»[15]. El propio Volodarsky caería el 21 de junio, víctima de las balas de los terroristas S. R., aquellos mismos a los que había ofrecido la libertad de expresión a condición de que renunciasen a la violencia verbal...
En esta fecha, la situación empeoró gravemente. Desde el mes de marzo aumenta la escasez de alimentos, los efectos del. hambre surgen por doquier dejando, según la expresión de Kayúrov «a las ciudades hambrientas cara a cara con cien millones de campesinos hostiles»[16] que empiezan a rebelarse contra las requisas. Los agentes de los Aliados, es decir, los generales zaristas preparan el contraataque empuñando las armas. Por añadidura, el problema de la paz divide profundamente a la mayoría soviética, alzando a los S. R. de izquierda contra los bolcheviques y fraccionando a los propios bolcheviques: el tratado de Brest-Litovsk va a sancionar de un momento a otro la amputación de una parte importante del territorio ruso. Tanto la guerra como el fundamental imperativo de ponerla fin, rápidamente, sirvieron pues, para trastocar intensamente los elementos básicos del problema de la democracia soviética.
El Comité Central y el problema de la paz
Las tesis de abril habían planteado el problema conforme a las perspectivas de Lenin y Trotsky acerca de la revolución europea: la guerra sólo concluiría con una paz democrática en el caso de que el poder de Estado pasara, en otros países beligerantes, a manos del proletariado. Lenin y Trotsky afirman en diferentes ocasiones que la revolución rusa no podría sobrevivir sin la victoria de la revolución europea. Este es, pues, el enfoque desde el que hay que comprender las ofertas de paz que se hicieron a todos los beligerantes y que se acompañan de un inmenso esfuerzo para llegar a las masas mediante la propaganda revolucionaria y la confraternización. No obstante, durante las semanas que siguen a la victoria de Octubre, no se produce ningún movimiento revolucionario en Europa. Para el gobierno bolchevique, la paz se convierte en una necesidad absoluta, tanto para satisfacer al ejército y al campesinado como para ganar tiempo con vistas a la revolución europea.
La maniobra es delicada: es preciso, simultáneamente, negociar con los gobiernos burgueses y luchar políticamente contra ellos, es decir, utilizar las negociaciones como una plataforma de la propaganda. revolucionaria. Hay que evitar cualquier apariencia de compromiso con uno u otro de los clanes imperialistas, tratando no obstante de evitar que la Rusia revolucionaria cargue con las consecuencias de una paz política entre imperialistas, que, por añadidura, atajaría la revolución que les amenaza en el interior. Las negociaciones del armisticio se inician en Brest-Litovsk en noviembre de 1917 entre una delegación alemana y una delegación rusa pues los aliados se han negado a participar en unas negociaciones generales. El armisticio, que se firma el día 2 de diciembre, establece un statu quo territorial (permaneciendo los ejércitos ruso y alemán en sus respectivas posiciones) y proporciona a la delegación rusa importantes satisfacciones morales: las tropas alemanas del frente ruso no serán transferidas al frente occidental, se organizan «relaciones» entre los soldados rusos y alemanes, es decir, se ofrecen unas condiciones optimas para la confraternización y el desarrollo de la propaganda revolucionaria de los rusos.
En las conversaciones de paz que comienzan el día 22 de diciembre, Trotsky encabeza la delegación rusa, convirtiéndose, con dicho cargo, en el fiscal de todos los pueblos al enfrentarse con la diplomacia imperialista, y utilizándolo igualmente para ganar tiempo y desenmascarar la política alemana. Sin embargo, el día 5 de enero, el general Hoffmann juega su carta: Polonia, Lituania, Rusia Blanca y la mitad de Letonia deben permanecer ocupadas por el ejército alemán. Los rusos tienen un plazo de diez días para contestar sí o no. ¿Deben pues ceder al cuchillo que amenaza con decapitarles? ¿Pueden oponer resistencia, como siempre habían afirmado que harían en semejantes circunstancias, declarando la «guerra revolucionaria»? Ni Lenin, que defiende la primera de estas posturas, ni Bujarin, partidario de la segunda, consiguen la mayoría en el comité central que, por último, resuelve seguir a Trotsky por 9 votos contra 7, la resolución adoptada es poner fin a la guerra sin firmar la paz. Trotsky informará a la delegación alemana de que «Rusia, al mismo tiempo que se niega a firmar una paz con anexiones, declara el fin de la guerra». Los delegados rusos abandonan Brest-Litovsk. Por su parte, Alemania, que acaba de firmar un tratado de paz con un gobierno fantoche de Ucrania, comunica que considera la actitud rusa como una ruptura del armisticio. El día 17, los alemanes lanzan una ofensiva en todo el frente. Lenin propone al comité central volver a emprender las conversaciones de paz. Su moción es derrotada por 6 votos contra 5. Frente a él, Bujarin y Trotsky han impuesto la decisión de «retrasar el comienzo de nuevas negociaciones de paz hasta que la ofensiva alemana sea suficientemente clara y se revele su influencia sobre el movimiento obrero»[17]. Pero Lenin considera que estas son frases huecas y que, de hecho, la mayoría del comité central rehuye sus responsabilidades. Plantea entonces la cuestión de qué se hará si el ejército alemán sigue avanzando y la revolución no estalla en Alemania: esta vez, el comité central parece opinar, por 6 votos contra l, el de Joffe, y 4 abstenciones, que efectivamente habría que volver a emprender las negociaciones. En esta votación Trotsky se ha unido a Lenin. El día 18, el comité central debe reunirse de. nuevo pues el avance alemán progresa muy rápidamente en Ucrania. Lenin propone reemprender las negociaciones partiendo de las propuestas que la delegación rusa se ha negado a firmar con anterioridad: de nuevo le sigue Trotsky y la moción se acepta por 7 votos contra 5. El gobierno, por consiguiente, tomará de nuevo contacto con el Estado Mayor alemán cuya respuesta llega el día 23 de febrero. Las condiciones han empeorado: esta vez se exige la evacuación de Ucrania, Livonia y Estonia. Rusia va a ser privada del 27 por 100 de su superficie cultivable, del 26 por 100 de sus vías férreas y del 75 por 100 de su producción de acero y de hierro [18].
En el comité central vuelve a iniciarse la discusión: Bujarin exige que se rechacen las condiciones alemanas y que se emprenda la resistencia a ultranza, es decir, la «guerra revolucionaria». Lenin solicita que se ponga fin a la «palabrería revolucionaria» y amenaza una vez más con dimitir si el comité central no adopta su postura. Stalin propone, como termino medio, que se vuelvan a emprender negociaciones. Lenin exige entonces que el comité central se pronuncie de una forma definitiva sobre la aceptación o el rechazo inmediatos de las condiciones alemanas, apoyando, por su parte, la aceptación que será adoptada por 7 votos contra 4. Trotsky no está convencido pero se niega a correr el riesgo de iniciar una guerra revolucionaria sin Lenin a la cabeza del gobierno. El mismo día, el comité ejecutivo de los soviets aprueba la resolución del comité central que defienden los bolcheviques por 116 votos contra 84, absteniéndose un gran número de diputados mencheviques. El tratado que mutila a Rusia es firmado el día 3 de marzo de 1918 en Brest-Litovsk.
Hasta el último momento se han considerado todas las eventualidades, inclusive las ofertas de ayuda material y militar comunicadas por los embajadores de los países aliados: por otra parte, sobre este punto se dan idénticos agrupamientos en el comité central, pues los partidarios de la “guerra revolucionaria” votan por el rechazo de la ayuda aliada. Frente a ellos se encuentra Trotsky, que es partidario de aceptarla, si llega el caso, y que cuenta con el apoyo de Lenin cuyo voto es a favor de «recibir patatas y municiones de los bandidos imperialistas»[19] .
El partido al borde de la escisión
La polémica que se ha entablado con ocasión del tratado de Brest-Litovsk ha estado a punto de provocar una escisión en el partido. A partir de la decisión del comité central, un grupo de responsables entre los cuales se encuentran Bujarin, Bubnov, Uritsky, Piatakov y Vladimir Smirnov dimiten de todas sus funciones y recobran su libertad de agitación dentro y fuera del partido. El buró regional de Moscú declara que deja de reconocer la autoridad del comité central hasta que se lleve a cabo la reunión de un congreso extraordinario y la convocatoria de nuevas elecciones. En base a la propuesta de Trotsky, el comité central vota una resolución que garantiza a la Oposición el derecho de expresarse libremente en el seno del partido. El órgano moscovita del . partido, el Social Demócrata, emprende una campaña contra la aceptación del tratado el día 2 de febrero. La República soviética de Siberia se niega a reconocerle validez y permanece en estado de guerra con Alemania.
El día 4 de marzo, el comité del. partido en Petrogrado publica el primer. número de un diario, el Kommunist, cuyo comité de redacción está formado por Bujarin, Karl Rádek y Uritsky, y que será en lo sucesivo el órgano público de la oposición que integran aquellos a los que ya se conoce como «comunistas de izquierda». La coincidencia de esta iniciativa con la celebración del congreso que había exigido la oposición y en el que sus tesis habían sido derrotadas, parece revelar su determinación a emprender el camino de la escisión, con la correspondiente creación de un partido rival de aquel que, esta vez por unanimidad, acaba de adoptar el nombre de «partido comunista».
De hecho los «comunistas de izquierda» enfrentan una línea completa a la propuesta por Lenin. La, brutal caída de la producción industrial ha obligado al consejo de comisarios del pueblo a restringir el alcance de las iniciativas desplegadas por los obreros en las factorías en que ondea la enseña del «control obrero». Primero en el comité central y más tarde en el congreso, Lenin ha promovido la adopción de toda una serie de enérgicas medidas para detener la desorganización de la industria, tales como el mantenimiento, durante todo el tiempo en que ello sea posible, de la antigua administración capitalista de las empresas, concesiones que aseguren los servicios de los especialistas y técnicos burgueses, restablecimiento del cargo de director y administrador y, por último, estímulo de la productividad obrera mediante un sistema de primas controlado por los sindicatos. Lenin no disimula que, en su opinión, el control obrero no es más que un mal menor que habrá que tolerar hasta tanto no pueda organizarse un control estatal. En estas medidas, los comunistas de izquierda sólo ven un retroceso de la revolución. Según Bujarin, el partido se encuentra en una fase decisiva de su historia: o bien la revolución rusa emprende la lucha, sin compromisos de ninguna especie, contra el mundo capitalista mediante la «guerra revolucionaria», al tiempo que perfecciona su obra en el interior con una nacionalización total y la delegación de la dirección de la economía a un organismo cuyo origen podría estar en los comités de control, o bien firma la paz con Alemania y emprende la vía del compromiso con el exterior y de la subsiguiente degeneración interior.
Lenin ha afirmado la necesidad de un período de «capitalismo de estado» que restablezca la economía; los comunistas de izquierda denuncian la aparición de relaciones «pequeño-burguesas» en las empresas y condenan la concepción «centralista burocrática» que las inspira, así como el abandono, en la práctica, de la tesis del «Estado-comuna administrado desde abajo » que debería constituir la base del Estado obrero. Bujarin se explaya entonces irónicamente acerca de la presencia, que en lo sucesivo será obligatoria al parecer, de un «comisario» al lado de cada una de aquellas cocineras llamadas a dirigir el Estado.
Lenin replica a esta acusación con un análisis de la situación «extraordinariamente penosa, difícil y peligrosa desde el punto de vista internacional; es necesario describir rodeos, retroceder; se trata de un compás de espera de nuevas explosiones revolucionarias en Occidente que se gestan laboriosamente, en el interior del país, es un período de lenta edificación, de inflexibles llamada al orden, una larga y encarnizada contienda que enfrenta al riguroso espíritu de disciplina proletario con el amenazante elemento que constituyen la abulia y el anarquismo pequeño-burgués»[20].
¿Puede verse, como afirma Robert V. Daniels,, en esta polémica el germen de los futuros conflictos, el enfrentamiento entre el aspecto realista y el utópico del bolchevismo? Subrayemos más bien, de acuerdo con E. H. Carr, que la discusión no concluye con la victoria de un principio sobre otro, pues no son principios los que se discuten. Ciertamente, Bujarin y sus compañeros temen que la aceptación de la paz con la amenaza de un cuchillo en la garganta, signifique el abandono de la política de revolución internacional y constituya en cierto modo, el prólogo de una especie de línea de coexistencia pacífica que sólo podría desembocar en la degeneración de la revolución. Sin embargo, Lenin no abandona la perspectiva de la revolución europea: «Es rigurosamente cierta la afirmación de que sin revolución alemana pereceremos», proclama[21]. Se niega a admitir el análisis de Riazanov que afirma que el partido se enfrenta al dilema de estar «con las masas campesinas o con el proletariado de Europa Occidental». Desea una paz inmediata que sería a la vez condición indispensable del apoyo campesino y tregua a la espera de refuerzos: «Sería un error basar la táctica del gobierno socialista de Rusia en el intento de determinar si la revolución socialista ha de estallar o no en Europa, y sobre todo en Alemania, durante los seis próximos meses»[22]. Mantiene también que «la revolución socialista debe sobrevenir y sobrevendrá de hecho en Europa», afirmando de nuevo: «Todas nuestras esperanzas en la victoria definitiva del socialismo están basadas en esta certidumbre, en esta previsión científica»[23] .
El restablecimiento de la cohesión
El partido ha de restablecer su cohesión durante los meses siguientes. A este respecto, la actitud de Trotsky es decisiva. «En la actualidad, no habría golpe más grave para la causa del socialismo que el que le infligiría el hundimiento del poder soviético en Rusia»[24] , ha declarado el comité central. Este afán suyo de preservar las oportunidades de la revolución europea y el hondo respeto que siente por Lenin, son las principales motivaciones de su actitud en el comité central y en el Congreso de marzo de 1918; en ambos organismos mantiene sus reservas y sus críticas pero multiplica igualmente sus esfuerzos para impedir las cristalización de las divergencias. Él es el que convence a Joffe y a Dzherzhinsky para que no sigan a Bujarin en su oposición pública y él es también el que, para conservarle, ofrece a Bujarin la total libertad de expresión dentro del partido. En este esfuerzo de síntesis que lleva a cabo para preservar la. democracia interna, dentro de una perspectiva de revolución internacional, él es, tras de haber impedido el estallido, el agente de la nueva cohesión.
Bujarin, que durante bastante tiempo parecía estar dispuesto a todo, vacila. Crear un nuevo partido comunista y emprender la lucha contra el que dirige Lenin, con la perspectiva de sustituirle en la dirección revolucionaria no es ninguna nimiedad. También los comunistas de izquierda temen una escisión, preñada de riesgos considerables y, en lo que a ellos concierne, de aplastantes responsabilidades. Kommunist, que ha sido transferido a Moscú, interrumpe su aparición diaria y se convierte en semanario. En el partido, la discusión no parece ser favorable a la oposición. Desde el mes de mayo, ha perdido la mayoría en Moscú y en la región del Ural, dirigida por Preobrazhensky. ¿Acaso los comunistas de izquierda han considerado una posible alianza «parlamentaria» con los S. R. de izquierda, enemigos como ellos de la firma del tratado, en el comité ejecutivo de los soviets? Parece ser que esta alianza les fue efectivamente propuesta: un pacífico cambio de mayoría dentro del ejecutivo habría,. de esta forma, provocado la sustitución del gobierno de Lenin por un gobierno Piatakov, partidario de la guerra revolucionaria. Bujarin que más adelante revelará estas conversaciones, precisa no obstante que los comunistas de izquierda rechazaron las ofertas de los S. R. de izquierda.
Precisamente la actitud de estos últimos será la que decida la vuelta de la oposición al partido. En el mes de junio, los s. r. deciden emprender una campaña terrorista con el fin de que se reanuden las hostilidades contra Alemania. Por orden de su comité central, un grupo de S. R. de izquierda del que forma parte el joven Blumkin, miembro de la Cheka, atenta con éxito contra la vida del embajador de Alemania, el conde Von Mirbach. Otros S.R. de izquierda, que también pertenecen a la Cheka, detienen a los responsables comunistas e intentan provocar un levantamiento en Moscú. Los comunistas de izquierda, con Bujarin a la cabeza, han de participar en la represión. Sin embargo, los debates del congreso de los soviets han mostrado el abismo que se abría entre los S. R. de izquierda y los bolcheviques. Los comunistas de izquierda deciden permanecer en el partido pues, en el momento de peligro, no tienen otra alternativa. En definitiva, la crisis interna ha servido para reforzar su cohesión. Lenin ha ratificado una vez más el derecho que tienen sus detractores a abandonar el partido escribiendo en la Pravda del 28 de febrero: «Es perfectamente natural que unos camaradas que se han opuesto con fuerza al comité central le condenen no menos enérgicamente y expresen su convicción de que la escisión es inevitable. Este es el más elemental de los derechos de los miembros del partido»[25].
Un año más tarde, el día 13 de marzo de 1919, dirá: «La lucha que se originó en nuestro partido en el curso del pasado año ha sido extraordinariamente fecunda; ha suscitado innumerables choques serios pero no hay lucha que no los tenga»[26]. Y es que, en esta fecha, hace ya diez meses que los oponentes se han reintegrado a sus funciones dentro del partido y luchan en todos los frentes. La guerra civil que se ha iniciado el 25 de mayo de 1918 con el alzamiento de la Legión Checoslovaca, va a durar treinta meses, agotando al país y absorbiendo todas las fuerzas de los revolucionarios. El mundo capitalista sostiene a los ejércitos blancos; para él como para los bolcheviques, el frente de la guerra civil es el de una lucha internacional en la que se afrontan el viejo mundo y la vanguardia de esos Estados Unidos Socialistas de Europa, que Trotsky, según le refirió a John Reed, consideraba el objetivo del mañana y que figuraban en el programa de la Internacional Comunista.
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[1] Sadoul, Notes sur la révolution.bolchevique, pág. 69.
[2]Lenin, Obras Completas, t. XXVII, pág. 395.
[3] Ibídem, t. XXVI, pág. 311:-
[4] Ibídem, t. XXVI, pág.. 300..
[5]Citado por Anweiler, op. cit., págs. 274-275.
[6]R.S.F.S.R.: República Sqcialista Federal Soviética Rusa. (N. del T.).
[7] Citado por Carr, op. cit. 15 pág. 149.
[8] Lenin, Obrea Completas, t. II, pág. 450
[9]Citado por Carr, op. cit., t. 1, pág. 148.
[10] Anweiler, op. cit., pág. 276.
[11] Lenin, Obras Completas, t. XXVIII, pág. 30.
[12] Sadoul, op. cit., pág. 296.
[13] Citado por Deutscher, El profeta armado, página 312 (nota 27).
[14]Lenin, Obras Completas, t. XXVIII, pág. 30.
[15]Citado por Serge, El año I de la Revolución Rusa, pág. 267.
[16]Ibídem, pág. 247.
[17] Bunyan y Fischer, op. Cit., págs 510-511
[18] Schapiro; C.P.S.U., pág. 186
[19] Citado por Carr, op. cit., t. III, pág. 146 (edición inglesa).
[20] Lenin, Obras Escogidas, t. 11, pág. 405.
[21] Ibídem, pág. 353.
[22] Ibídem, pág. 317.
[23] Ibídem
[24] Citado por Carr, La revolución Bolchevique, t. III, pág. 56
[25] Lenin, 0bras Completas, t. XXVII pág, 63.
[26] Ibídem, t. XXIX., pág. 71.